Una familia feliz empieza por mí

por Gisselle Rivero, Venezuela

511

popularidad

El padre de Gisselle Rivero (a la izquierda), Gisselle, la madre y la hermana Giselle Rivero con su familia

Cuando era pequeña, mi padre, que todavía era joven, se trasladó a trabajar y estudiar a la capital, Caracas, para poder brindarnos un futuro mejor. A pesar de que me visitaba todos los fines de semana, yo no tenía una buena relación con él. Me regañaba mucho y peleábamos a menudo. Por esta razón me cerraba a él y evitaba hablarle. No me gustaba estar con él y sentía que, en cualquier momento, me regañaría o criticaría.

Cuando nació mi hermana, mis sentimientos negativos hacia él se intensificaron. Sentía que la trataba de manera diferente a mí y que la mimaba. Estaba llena de ira hacia él y sentía celos hacia mi hermana. Para esta época toda mi familia se había mudado a Caracas.

Aunque amaba a mi hermana, a veces la trataba del mismo modo en que mi padre me había tratado a mí a su edad. ¡Pero lo último que quería era actuar igual que él! Cuando me hablaron del budismo Nichiren decidí recitar Nam-myoho-renge-kyo para transformar la ira que sentía y tener una mejor relación con ella.

Después de un tiempo, mi actitud comenzó a cambiar y mi relación con ella empezó a mejorar. Según mi hermana iba creciendo, ella me observaba practicar el budismo y a la edad de doce años comenzó a practicar conmigo. Poco a poco, comenzamos a acercarnos más.

Cambiando mi perspectiva

Entonces decidí comenzar a practicar para mejorar mi relación con mi padre. Decidí que intentaría tratarlo de la manera que me gustaría que él me tratara, abrazarlo más, preguntarle cómo iba su trabajo y ayudarlo en la cocina. Como no éramos muy cariñosos entre nosotros, me propuse abrazarlo al menos una vez a la semana. Esto requirió mucho coraje de mi parte. Lentamente, nuestra relación comenzó a cambiar. Los abrazos ya no fueron planeados y se convirtieron en algo natural entre nosotros. Comenzó a contarme cosas acerca de su trabajo e incluso empezó a saludarme con un beso en la mejilla cuando llegaba a casa.

Gisselle Rivero y su hermana sentadas juntas Gisselle Rivero con su hermana

En un momento en el que terminé una relación sentimental larga, comencé a sentirme ansiosa y muchos días estaba muy triste. Por aquel entonces mi padre tuvo que viajar por negocios y estuvo fuera aproximadamente una semana. A diferencia de cuando era pequeña, el día en el que él debía regresar me sentí emocionada y ansiaba verlo. Hablamos, y por primera vez sentí que me había dicho que me amaba. Él me consoló diciendo que nadie muere por desamor. Después me dijo que todo lo que había hecho había sido por mí y por mi hermana, que siempre me apoyaría y que daría su vida por mí. Es un momento que quedará para siempre grabado en mi corazón.

Al esforzarme por transformar mi resentimiento a través de mi práctica budista, mi vida se ha expandido, permitiéndome entender mejor a mi padre, valorar los esfuerzos que hizo para asegurar un buen futuro para mi hermana y para mí, y comprender que me demostró su amor a su manera.

Poder sentir una genuina gratitud hacia mis padres es uno de los grandes beneficios de mi práctica budista. Estoy decidida a seguir construyendo una familia armoniosa, desarrollando mis mejores cualidades como persona para revelar mi verdadero potencial.

[Adaptado a partir de un artículo publicado en la edición de julio-septiembre de 2016 de Seikyo Criollo, SGI de Venezuela; foto cortesía de Gisselle Rivero]

─── otros artículos ───

Nuestro mensaje

arriba