Mi enfermedad hecha a medida

por Anne O’Sullivan, Irlanda

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La enfermedad es una oportunidad para desarrollar un estado de vida más robusto y vibrante. Anne O’Sullivan, una miembro de la SGI de Irlanda, hizo exactamente eso, emerger de su lucha con la enfermedad sintiéndose diferente sobre sí misma y con una nueva apreciación de lo que es estar vivo.

Anne O’Sullivan apoyada contra una valla [© Tara O’Reilly]

He estado practicando el budismo Nichiren desde que tenía 18 años. A pesar de esto, a veces experimentaba el sufrimiento más intenso en lo más profundo de mi vida, sintiéndome impotente para cambiar lo que sentía acerca de mi misma.

En febrero de 2000, me diagnosticaron colitis ulcerosa, una enfermedad inflamatoria del intestino (CU), pero me dijeron que era muy leve y que no me preocupara, ¡así que no lo hice! Mis síntomas desaparecieron y seguí con mi vida.

Dos años después, comencé a enfermar. Sufría de dolores de estómago paralizantes y viajes frecuentes al baño, donde perdía grandes cantidades de sangre. No podía comer y perdí peso rápidamente. Me ingresaron en el hospital y me dijeron que era debido a la colitis ulcerosa.

Los doctores descubrieron que la mayor parte de mi colon estaba inflamado y ulcerado. Salí del hospital completamente atónita. Siempre fue crucial para mí lucir bien y que la gente me dijera lo bien que me veía. De aquí proviene mi felicidad. Esta enfermedad desafió lo que yo pensaba que era mi propia identidad, ya que me definía por mi apariencia externa y los síntomas derivaron finalmente en un efecto directo en mi apariencia.

Entonces, de todas las enfermedades posibles de contraer, ¡obtuve una hecha a mi medida!

Recité Nam-myoho-renge-kyo para tener el coraje de enfrentar este desafío y con oraciones suficientemente poderosas como para creer que podría enfrentar esta enfermedad con una respuesta sólida.

Durante los siguientes años, estuve constantemente dentro y fuera del hospital. La medicación no funcionaba y mi condición empeoró. La remisión fue inalcanzable. La mayoría de los días sentía dolor y había días en que no podía salir de casa por la necesidad de ir al baño.

Una vez más, ingresé en el hospital, me administraron grandes cantidades de esteroides por goteo, pero mis síntomas empeoraron. Continué recitando para seguir adelante y obtener la mejor atención médica posible.

Determinación no miedo

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Mi primer pensamiento fue uno de miedo y me pregunté “¿Por qué yo?” El siguiente pensamiento fue sobre un fragmento de los escritos de Nichiren: “[...] los cobardes no obtienen respuesta a ninguna de sus oraciones”. Aunque estaba practicando el budismo, no creía realmente que pudiera transformar esta situación. En ese momento, me di cuenta de que había estado tomando mi vida por sentada durante años. Decidí que, sin importar qué, no sería derrotada.

La noche anterior a mi cirugía, experimenté los peores dolores estomacales y colapsé. Había enfermeras y doctores en todas partes, agujas clavadas en mí, oxígeno encendido, gente gritándome para mantenerme consciente. Pude sentir que mi vida se escapaba. Recuerdo haberle preguntado al médico: “¿Voy a morir?”. Su respuesta fue: “No si puedo evitarlo”.

En ese momento, una sensación de calma se apoderó de mí. Esa noche, recibí más de dos litros de sangre y me dijeron que si hubiera estado en casa habría muerto. Sentí tanta gratitud por haber estado en el lugar correcto en el momento correcto.

Cuando en realidad bajé para la cirugía, había abandonado el miedo y estaba totalmente lista.

El día que había estado esperando

A pesar de que la cirugía fue un éxito completo, me sentí miserable. Odiaba mi bolsa de ileostomía, que recogía los deshechos de mi cuerpo. Cada mañana, tendría que cambiar la bolsa y mirar un órgano que debería haber estado dentro de mí sobresaliendo de mi abdomen. Tenía miedo de tocarlo y odiaba mirarlo. Sintiendo que no tenía control, mi confianza se hundió a un mínimo histórico.

Finalmente, llegó el día en que tuve mi reversión: tener mi intestino delgado unido a mi recto. Estaba loca por librarme de mi ileostomía. Finalmente iba a ser normal y podría continuar con el resto de mi vida. La operación fue según lo planeado, y me fui a casa corriendo con mi cuerpo modificado.

Sin embargo, poco después de la cirugía, volví a estar mal. Me diagnosticaron la enfermedad de Crohn, que es como la colitis ulcerosa, pero que afecta a todo el tracto digestivo. Me dijeron que no había cura y que tomaría fuertes medicamentos, incluidos esteroides, por el resto de mi vida.

La forma en que lo vi fue que podía darme por vencida o seguir adelante. Decidí continuar porque no había manera de que me diera por vencida. Oré fuertemente, sin retroceder, para ver los resultados de mis oraciones.

Saboreando los buenos días

Anne O’Sullivan sentada en la puerta de su casa [© Tara O’Reilly]

La vida después de la cirugía estaba llena de altibajos. La enfermedad estaba constantemente activa, y me dieron muchos medicamentos diferentes para tratar de controlar la inflamación. Durante más de un año, entré al hospital cada cuatro semanas para quedarme en una cama durante seis horas y recibir un anticuerpo artificial infundido en mí.

Encontré difícil manifestar alegría por nada; sentí que nada estaba cambiando, de hecho, solo empeoraba. Sin embargo, aprendí a apreciar los días en los que me sentía bien. El segundo presidente de la Soka Gakkai, Josei Toda, a menudo decía que una persona que padece una enfermedad, sabe realmente cómo saborear profundamente la vida. Oré con sincera gratitud por esos preciosos días. Los momentos en los que pude asistir a las reuniones de la SGI fueron grandes logros para mí y me estimularon en mi lucha.

Como ningún medicamento estaba funcionando para controlar mi enfermedad de Crohn, la única opción que quedaba era extirparme el recto y vivir con una ileostomía de por vida. Devastada, me fui a casa, lloré, grité y arrojé cosas, y finalmente me arrastré hasta el Gohonzon para orar. Tuve que reunir todo mi coraje para seguir luchando y creyendo que tenía el poder y los recursos internos para superar esto.

Espíritu de lucha

Me lancé a mi práctica budista: recité más y estudié los escritos de Nichiren y del presidente de la SGI, Daisaku Ikeda. Eran mis compañeros constantes y me ayudaron a mantener a raya mi oscuridad. Día a día, comencé a sentirme más fuerte. Mi cuerpo estaba roto, pero mi espíritu de lucha era feroz. Empecé a sentir una sensación de bienestar dentro de mí que me ayudó a seguir adelante.

Mi práctica budista fue mi arma para desterrar cualquier duda y convocar la sabiduría para cuidar lo mejor posible de mi cuerpo.

Finalmente, llegó el día en que tuve mi cirugía, y oré con la determinación de que sería la última. Estaba nerviosa y temerosa de lo que vendría después y de cómo lidiaría con una ileostomía de por vida. Sin embargo, decidí que, sin importar lo que sucediera, no dejaría que se convirtiera en una fuente de infelicidad para mí.

La cirugía tomó más de ocho horas y fue un éxito completo. No tengo absolutamente ningún problema con mi ileostomía. Es lo que me mantiene con vida.

Esta enfermedad ha sido mi mayor beneficio. Desde cierta perspectiva, estaba “indispuesta” antes de enfermarme. Mi actitud no era saludable ya que constantemente buscaba la felicidad fuera de mí, lo que siempre me conducía a más sentimientos de insatisfacción.

La enfermedad me llevó a comprender que la fuente de la verdadera felicidad está dentro de mí. Ahora tengo completa convicción en el poder de mis oraciones. Todavía tengo la enfermedad de Crohn, pero los síntomas no son nada en comparación con lo que sufrí.

Han pasado más de cinco años desde que se diseñó mi ileostomía, y la vida es muy diferente para mí. Esta experiencia me ha permitido alentar a otros que luchan por no ser derrotados y creer en su enorme potencial. El presidente Ikeda dijo una vez: “Sin dificultades, no puede haber alegría”. Estoy tan agradecida de estar viva y aprovechar al máximo todos los días. Ahora sé que ningún obstáculo es demasiado grande para vencer.

[Adaptado del número de abril 2017 de la revista Art of Living, SGI-Reino Unido]

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