Lecciones sobre la prevención de la guerra nuclear

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Apartado ocho de trece de la propuesta de paz de 2018 del presidente de la SGI, Daisaku Ikeda, “La construcción de un movimiento popular hacia una era de los derechos humanos.”

Procesión de antorchas en Oslo la noche de la ceremonia del Premio Nobel de la Paz Procesión de antorchas en Oslo la noche de la ceremonia del Premio Nobel de la Paz [Foto © ICAN/Ari Beser]

A continuación, quisiera ofrecer algunas propuestas concretas referidas al tratamiento de cuestiones globales, con el enfoque de proteger la vida y la dignidad de cada individuo.

El problema de las armas nucleares es la primera área temática a la cual estarán orientadas dichas propuestas.

En julio de 2017, con el voto afirmativo de 122 naciones, la ONU aprobó el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN), que proscribe completamente estas armas en todas sus fases: desde el desarrollo, la producción y la posesión, hasta el uso o la amenaza de uso.

Cuando, en 1996, la Corte Internacional de Justicia (CIJ) emitió su opinión consultiva y dictaminó que la amenaza de uso o la utilización de arsenales nucleares eran, en términos generales, contrarias al derecho internacional, no pudo pronunciarse sobre un caso extremo hipotético en el cual estuviera en peligro la supervivencia de un Estado. El TPAN, en cambio, es una prohibición completa que no admite excepciones, ni siquiera en un caso como este.

En diciembre de 2017, en las Naciones Unidas se llevó a cabo una segunda ceremonia de firma, en coincidencia con el acto de otorgamiento del Premio Nobel de la Paz a la Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares (ICAN); esto permitió apreciar el interés y la labor constante por alcanzar la puesta en vigencia de dicho Tratado. Sin embargo y paralelamente, en los países poseedores de armas nucleares o que participan en alianzas nucleares existe la arraigada idea de que el enfoque del Tratado es poco realista.

En verdad, hay ejemplos de países que, habiendo poseído arsenales nucleares, han elegido el camino del desmantelamiento nuclear. Uno de ellos es Sudáfrica, que comenzó el proceso en 1990, un año después de que el presidente Frederik W. de Klerk pronunciara un discurso parlamentario comprometiéndose a finalizar el sistema del apartheid del régimen minoritario blanco. Con posterioridad a esto, Sudáfrica se sumó al Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares (TNP) en 1991 y, cinco años más tarde, fue signataria del Tratado de Pelindaba, que declaró zona libre de armas nucleares (ZLAN) a la totalidad del continente africano.

La primera ZLAN del mundo se estableció en América Latina y el Caribe, mediante el Tratado de Tlatelolco. Su preámbulo establece el propósito no solo de proscribir el flagelo de una guerra nuclear, sino incluso de lograr «la consolidación de una paz permanente fundada en la igualdad de derechos» [47] para todos. En otras palabras, fue el producto de una acción conjunta en pos de la desnuclearización y de los derechos humanos.

El ideal de la legislación internacional sobre los derechos humanos es proteger la vida y la dignidad de cada individuo en todos los entornos nacionales, aspiración en la cual no tiene ninguna cabida la permanente carrera armamentista nuclear.

artículo relacionado «Que nadie más deba sufrir lo que hemos padecido» «Que nadie más deba sufrir lo que hemos padecido» La sociedad civil desempeñará un importante papel en la universalización del Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares. Para apoyar esto, la SGI pondrá en marcha la segunda Década de los Pueblos para la Abolición Nuclear. Los esfuerzos para lograr aún mayores adhesiones al Tratado son vitales. Como muestran las tensiones en torno al programa de desarrollo bélico nuclear de Corea del Norte, en la comunidad internacional existe la auténtica preocupación de que las armas nucleares vuelvan a representar una amenaza creciente y un motivo de intimidación. Otro proceso inquietante en los últimos años ha sido el avivamiento de la disputa diplomática entre Rusia y los Estados Unidos por posibles violaciones al Tratado sobre las Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (INF).

Las políticas basadas en el poder de disuasión nuclear se asientan, fundamentalmente, en la amenaza que representaría su posible uso. Puesto a reflexionar sobre las fallas inherentes a este enfoque, recuerdo una observación de la filósofa Hannah Arendt (1906-1975), quien definió la «soberanía» como la expresión de un tipo de libre albedrío que busca prevalecer sobre el otro. Arendt contrastaba esta clase de arbitrio con el que imperaba en la antigua Grecia, donde la libertad era algo que cobraba cuerpo en las interacciones con los demás, en palabras y acciones imbuidas de una suerte de «virtuosismo». Según Arendt, desde el comienzo de la era moderna este entendimiento de la libertad fue suplantado por una libertad de elección afirmada en la voluntad individual: un libre albedrío donde está ausente el reconocimiento de la existencia del otro.

A causa del paso de la acción a la fuerza de voluntad, de la libertad como un estado de ser manifestado en acción al liberum arbitrium, el ideal de libertad dejó de ser el virtuosismo en el sentido que mencionamos antes y se convirtió en soberanía, el ideal de un libre albedrío, independiente de los demás y, en última instancia, capaz de prevalecer ante ellos. [48]

El ejemplo más extremo de una soberanía que busca imponerse a los demás se ve en los Estados que persiguen sus objetivos de seguridad mediante la posesión de armas nucleares y la amenaza de perpetrar la destrucción catastrófica que su poder les permitiría desencadenar.

En un sentido, la historia del derecho internacional puede verse como el esfuerzo sostenido por esclarecer la línea que los Estados soberanos no pueden cruzar, y por fijar esos límites como una norma consensuada por todos. En su obra Del derecho de la guerra y de la paz, Hugo Grocio (1583-1645), perturbado por las guerras que estremecían a Europa en los siglos XVI y XVII, exhortó a reconocer la humanidad inalienable de aquellos a quienes consideramos enemigos, y su derecho a que se cumpla lo que se les ha prometido. [49]

En el siglo XIX, esta idea cobró forma en la prohibición de ciertas armas y actos en tiempos de guerra. En el siglo XX, tras experimentarse dos guerras mundiales, condujo a que las Naciones Unidas proscribieran el uso o la amenaza de valerse de la fuerza militar en las relaciones internacionales. Hasta la fecha, los tratados de prohibición de armas biológicas y de armas químicas y, más recientemente, de minas terrestres y de municiones en racimo han dejado claro que el empleo de las mismas es inadmisible en cualquier circunstancia. Esto ha determinado una disminución en el número de países que proyectan adquirir ese tipo de armamentos.

El año pasado se cumplieron veinte años de la puesta en vigor de la Convención sobre las Armas Químicas. Hoy en día, la Convención cuenta con 192 Estados parte, y ya se han destruido alrededor del 90% de las existencias mundiales de armas químicas. [50] Una vez que una norma internacional queda firmemente establecida, adquiere un peso que incide no solo en la conducta individual de los Estados, sino en el rumbo general de la humanidad.

Beatrice Fihn, directora ejecutiva de ICAN, recalcó este aspecto en su discurso de aceptación del Premio Nobel de la Paz.

artículo relacionado La educación: un potencial transformador La educación: un potencial transformador por  María Guajardo,  Japón (Estados Unidos) María Guajardo, de la Universidad Soka, considera la conexión entre la educación y el empoderamiento. Hoy, ninguna nación del mundo se jacta de poseer armas químicas.

Ninguna nación sostiene que, en circunstancias extremas, es válido usar el gas nervioso sarín.

Ninguna nación proclama el derecho a desatar sobre el enemigo la plaga de la polio.

Esto es así porque se han establecido normas internacionales y se ha logrado un cambio en la percepción. [51]

Con la aprobación del TPAN, las armas nucleares han quedado definidas como armamentos cuyo uso es inaceptable en cualquier circunstancia.

El secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, ha advertido: «Las tensiones globales están en alza; se han hecho provocaciones, y se han dicho palabras peligrosas sobre el uso de las armas nucleares». [52] Precisamente porque vivimos en una época de pronunciado caos nuclear, debemos cuestionar con seriedad los supuestos en los cuales se asienta la política de la disuasión nuclear.

Aquí me gustaría considerar algunas de las lecciones que nos ha dejado la Guerra Fría, un período signado por el intercambio aparentemente interminable de «palabras peligrosas» sobre las armas nucleares y su posible utilización. Un reciente documental de televisión [53] reseñó la visita a los Estados Unidos de Nikita Khrushchev (1894-1971), el primer viaje oficial de un dignatario soviético a la potencia norteamericana. Este viaje tuvo lugar en setiembre de 1959, dos años después de que se lanzara con éxito el satélite Sputnik, que se sumaba al ensayo de un misil balístico intercontinental soviético.

Aunque la imagen de Khrushchev que predominaba en la opinión pública estadounidense era la de un líder peligroso y beligerante, y aunque esto le obligó a hacer frente a críticas políticas en cada lugar donde estuvo, quedó claro que el líder soviético disfrutó sinceramente de sus encuentros con la gente en el suelo norteamericano.

Pese a las diferencias en sus posturas, Khrushchev pudo establecer cierto grado de confianza entre los gobiernos de ambas potencias. Con todo, al año siguiente un avión espía U2 de los Estados Unidos fue derribado en el espacio aéreo de la Unión Soviética, y las relaciones bilaterales sufrieron un fuerte retroceso. En 1961 se produjo la crisis de Berlín, y el pico de tensión entre ambas naciones se alcanzó en 1962 con la crisis de los misiles cubanos, que se resolvió gracias al freno que impusieron a último momento el presidente John F. Kennedy (1917-1963) y el primer ministro Khrushchev, cuando todos temían el peor desenlace posible.

El documental termina imaginando el marco de pensamiento del líder soviético en esas jornadas y formulando esta pregunta sagaz: Aunque, desde luego, hubo razones de índole política que instaron a Khrushchev a ceder, ¿no podemos imaginar que el grato recuerdo de sus fugaces intercambios con los ciudadanos estadounidenses cumplió un papel a la hora de impedirle cruzar la raya e iniciar una guerra nuclear?

artículo relacionado La abolición de las armas nucleares: Avanzar más allá de la disuasión La abolición de las armas nucleares: Avanzar más allá de la disuasión La amenaza que suponen las armas nucleares está creciendo y la lógica de la disuasión nuclear no hace sino acrecentar la posibilidad de la guerra. Una cumbre entre los Estados Unidos y Rusia que incluyera un diálogo sobre la retirada de las armas del estado de máxima alerta revigorizaría el proceso de desarme nuclear. Si bien se trata de una pregunta conjetural, cuando me reuní años más tarde con el sucesor de Khrushchev, Alexei N. Kosygin (1904-1980), en setiembre de 1974, pude apreciar en él una clara conciencia del sufrimiento y de la masacre que un ataque nuclear desencadenaría sobre millones de ciudadanos comunes.

En ese momento, las relaciones de la Unión Soviética con los Estados Unidos y con la China eran cada vez más tensas. Decidido a hacer todo lo que estuviera a mi alcance para evitar una guerra nuclear, transmití al primer ministro Kosygin lo que había presenciado, tres meses antes, durante mi viaje a la China. Allí, había visto con mis propios ojos a los ciudadanos construir apresuradamente refugios contra un posible ataque soviético. En Pekín, también había observado, con honda consternación, a un grupo de estudiantes de enseñanza media básica cavando un refugio subterráneo en el patio de su escuela.

Le transmití el temor que había percibido en el pueblo chino y le pregunté al mandatario si la Unión Soviética tenía intención de lanzar un ataque contra este país. Me respondió con firmeza que los soviéticos no tenían ningún propósito de atacar ni de aislar a la China. Ese mismo año, volví a esta nación llevando conmigo este mensaje. La experiencia me reveló cuán importante es que los líderes de los Estados con armas nucleares siempre tengan presente a los millones de personas —y a los muchos niños— que viven bajo la amenaza de las armas nucleares.

En este mismo tenor, recientemente hemos conocido el testimonio de la conmoción que sintió el presidente de los Estados Unidos Ronald Reagan (1911-2004) en 1982, cuando observó en la pantalla de una computadora la simulación de un ejercicio militar donde aparecían como puntos rojos las ciudades estadounidenses destruidas por un ataque nuclear soviético. La cantidad de puntos crecía a cada segundo, hasta que «antes de que el presidente terminara de beber el primer sorbo de café, el mapa se había cubierto de rojo por completo». [54] Se dice que Reagan se puso de pie asiendo con fuerza la taza, transfigurado por lo que acababa de ocurrir ante sus ojos.

Esta debe de haber sido la conciencia con que, tiempo después, Reagan se prestó al diálogo con la Unión Soviética y mantuvo una serie de cumbres con el entonces secretario general Mijaíl Gorbachov, con quien firmó el Tratado sobre las Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio.

Con el objetivo de dar visibilidad a estas realidades, la SGI organizó junto a ICAN la muestra «Todo lo que atesoras: Por un mundo libre de armas nucleares». Los paneles iniciales de la exposición invitan a los espectadores a considerar qué cosas valoran y consideran importantes. La respuesta, como es lógico, varía en cada individuo. Pero estamos convencidos de que la solidaridad popular necesaria para poner fin a la era de las armas nucleares solo podrá gestarse en la medida en que entendamos que la utilización de estas armas destruiría todo lo que cada persona valora.

Como se vio en la crisis de los misiles cubanos, donde las provocaciones mutuas fueron creciendo en escala hasta llegar casi a un punto extremo, no tenemos forma de saber en qué momento el «equilibrio del terror» podría desplomarse como resultado de un error de cálculo o de una suposición equivocada. Los líderes de los Estados poseedores o dependientes de armas nucleares necesitan tomar clara conciencia de la precariedad de ese equilibrio.

En 2002, en un período de gran tensión entre la India y Pakistán, las gestiones diplomáticas de los Estados Unidos fueron clave para permitir a ambas partes actuar responsablemente. El secretario de Estado Colin Powell, quien medió entre ambos países, exhortó al presidente pakistaní a recordar que el uso de las armas nucleares no era una opción. Lo interpeló diciéndole:

¿Quiere ser el primer líder o país en usar estas armas desde agosto de 1945? ¡Vuelva a mirar las imágenes de Hiroshima y de Nagasaki! [55]

Los pakistaníes, al igual que los indios, fueron persuadidos por este argumento, y de ese modo se pudo controlar la crisis.

A mi entender, estas lecciones de la historia enseñan que lo que ha impedido la guerra nuclear hasta el momento no necesariamente ha sido la lógica de la disuasión basada en el equilibrio del terror, sino algo por completo distinto.

Un factor ha sido el esfuerzo por no cerrar sino mantener líneas de comunicación entre los países en conflicto. Otro ha sido tener muy presente la magnitud del sufrimiento humano que cualquier detonación nuclear provocaría en millones de civiles, evidente en los horrores de Hiroshima y Nagasaki.

Notas

47. OPANAL: «Tratado para la proscripción de las armas nucleares», 6.
48. Arendt: Entre el pasado y el futuro, 235.
49. Véase Grocio: Del derecho de la guerra y de la paz, 221-223.
50. Véase OPAQ: «20 Years of the OPCW».
51. ICAN: «Nobel lecture».
52. Guterres: «Secretary-General’s Video Message».
53. Toidze: Khrushchev Does America.
54. Hoffman: The Dead Hand, 39.
55. Yoshida: «Japan Still Clings».

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