Budismo y dignidad humana

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[© iStock.com/Isabel Massé]

El debate mundial sobre los derechos humanos, que tiene lugar en sitios que van desde los pasillos de las Naciones Unidas hasta los extremos de las comunidades empobrecidas, ha puesto de relieve muchos sistemas de valores y cosmovisiones en conflicto. Individualismo frente comunitarismo. La modernidad frente a la tradición. Este contra Oeste. Norte contra Sur. Los derechos económicos y sociales, como el derecho al empleo y la vivienda digna, en comparación con los derechos civiles y políticos a la libertad de opinión y de expresión.

Sin embargo, al final, todos los conceptos sobre los derechos humanos, incluidos aquellos que no usan necesariamente la expresión “derechos humanos”, se basan en la forma de entender la dignidad humana. En otras palabras, las personas merecen un trato digno porque poseen dignidad humana, un tipo de valor inherente que es suyo por el simple hecho de ser humano.

En algunas tradiciones esta dignidad deriva de Dios, a cuya imagen se creó la humanidad. En otras, se dice que la capacidad única de pensar y razonar es la fuente de la dignidad humana. Sin embargo, y cada vez más, la idea de la dignidad humana como la base de los derechos y las prerrogativas sobre la naturaleza no humana está siendo suplantada por la idea de responsabilidades humanas especiales: ejercer una gestión responsable de la naturaleza y tratar a toda la vida con respeto.

¿Cómo entiende el budismo la dignidad humana? ¿De dónde brota? ¿Qué lo apoya y lo sostiene?

Un valor incalculable

El punto de partida para el budismo es el valor y la inviolabilidad de la vida. Por ejemplo, en una carta a un seguidor, Nichiren afirma que el valor de un solo día de vida supera a todos los otros tesoros. El budismo adquiere además la profunda visión de que la vida del individuo es inseparable del vasto universo.

artículo relacionado La gran revolución humana La gran revolución humana El presidente de la SGI, Daisaku Ikeda, examina el concepto de Revolución Humana en este extracto de la serie Conversaciones sobre la juventud: para los protagonistas del siglo XXI. Desde la perspectiva budista, dada la gran cantidad de formas de vida que colman el universo, la vida humana es un raro privilegio con especiales responsabilidades. Como afirma Nichiren, refiriéndose a un pasaje del Sutra del Nirvana: “Es muy raro nacer como ser humano. El número de seres dotados de vida humana es tan pequeño como la tierra que cabe sobre una uña”.

Lo que hace que la vida humana sea única es la escala de nuestra elección, el grado en que somos libres de elegir actuar para bien o para mal, para ayudar o para hacer daño.

Un libro reciente sobre los desafíos del envejecimiento presenta la historia de una mujer joven, casada y con hijos pequeños, que se encontró repentinamente en la posición de tener que cuidar a su suegra, postrada en una cama después de un derrame cerebral. Al principio, la joven no podía entender por qué le había pasado esto, por qué su ya exigente vida debía ser agobiada de esta manera. A través de su práctica budista, pudo darse cuenta de que podía, en función de cómo eligiera abordar esta situación, convertirla en una oportunidad para crear valor. Ella fue capaz de transformar sus sentimientos iniciales de resentimiento hacia la mujer mayor en un sentimiento de aprecio.

En última instancia, la comprensión budista de la dignidad humana está arraigada en la idea de que somos capaces de elegir el camino de la auto-perfección.

En última instancia, la comprensión budista de la dignidad humana está arraigada en la idea de que somos capaces de elegir el camino de la auto-perfección. En otras palabras, podemos hacer de esas dificultades, oportunidades para la creatividad, el crecimiento y el desarrollo. Este estado de auto-perfección, una condición de coraje, sabiduría y compasión completamente desarrollados, se describe como la Budeidad o la iluminación. La idea de que todas las personas, toda la vida, de hecho, tiene este potencial, se expresa mediante el concepto, enfatizado particularmente en la tradición Mahayana, de que todos los seres vivos poseen la naturaleza de Buda.

En términos concretos y prácticos, todo se reduce a la idea de que todos tienen una misión: un papel único que solo él o ella puede desempeñar, una perspectiva única que ofrecer, una contribución única que hacer. Como Daisaku Ikeda, presidente de la SGI, escribió recientemente en un libro para estudiantes de secundaria: “Que hayamos nacido en este mundo indica que cada uno de nosotros tiene una misión única que cumplir. Si así no fuera, jamás habríamos nacido. El universo no hace nada en vano. Todo tiene un profundo significado”.

La mujer mayor del relato anterior, también buscó encontrar una manera de usar sus capacidades severamente limitadas para contribuir al bienestar de la familia. Como todavía podía usar sus manos, comenzó a tejer, en parte como una forma de terapia, y en parte para hacer cosas útiles para la familia. También disfrutaba vigilando la casa cuando los demás estaban fuera.

Desde la perspectiva budista, siempre tenemos la opción de crear valor incluso desde la situación más difícil. A través de tales elecciones, podemos cumplir nuestro único propósito y misión en la vida, y de esta manera dar la máxima expresión al tesoro inherente de nuestra dignidad humana. Quizás no haya una base más sólida para los derechos humanos que un despertar generalizado a la dignidad humana que reside en cada uno de nosotros.

[Adaptado de un artículo de la edición trimestral de la SGI Quarterly de julio de 2000].

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