Convirtiendo el veneno en medicina

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[© Gary Waters/Ikon Images/Getty Images]

Todos queremos ser felices. Seamos o no conscientes de ello, casi todo lo que hacemos está motivado por este deseo. Sin embargo, a pesar de nuestros mejores esfuerzos e intenciones, nuestras acciones y la forma en que respondemos a las situaciones pueden terminar generando el efecto opuesto.

Esto es más fácil de observar en circunstancias extremas: en un conflicto o malentendido, en una relación romántica destructiva o en una adicción al juego. Pero esta misma dinámica se desarrolla a lo largo de la vida, a menudo de forma menos dramática, modelando la naturaleza y la calidad de nuestras vidas.

Respondemos de la forma acostumbrada a los sucesos de nuestras vidas, a menudo tratando de evitar aquello que resulta desafiante o incómodo. Después, cuando surgen las dificultades, podemos sufrir a causa de la desesperanza o el miedo.

Percibiendo la realidad de nuestras vidas

Desde una perspectiva budista, son las tendencias negativas de nuestras vidas, tales como el egoísmo, la codicia y la cobardía, las que habitan en la raíz del problema. Estas distorsionan nuestra capacidad de percibir claramente nuestra realidad, haciendo que respondamos a nuestro entorno y circunstancias de maneras que comprometen nuestra propia felicidad y nos llevan a atrincherarnos en patrones negativos de comportamiento. En última instancia, todas estas tendencias están ancladas en una falta de convicción en la dignidad y el potencial de nuestras vidas y de las vidas de los demás.

Cuando nos enraizamos en el sentido de la amplitud de nuestras vidas, podemos enfrentar directamente nuestras circunstancias con confianza y un espíritu abarcador. Esto libera nuestras cualidades innatas de valentía, sabiduría y compasión, lo que nos permite encauzar la situación hacia un resultado más positivo. La sabiduría nos permite elegir el tipo de respuesta y el curso de acción que conducirá a un cambio positivo, mientras que el coraje nos da la capacidad de enfrentar situaciones y perseverar hasta lograr un avance. La compasión expande y profundiza nuestra motivación al hacernos conscientes del sufrimiento de los demás, incluyendo a aquellos que están involucrados con nosotros en una situación difícil. Los miembros de la SGI se refieren a este proceso como “convertir el veneno en medicina”.

Un ciclo negativo

El ciclo negativo en el que exacerbamos o perpetuamos nuestro sufrimiento se define en el budismo como los “tres senderos de los deseos mundanos, el karma y el sufrimiento”. Son denominados “senderos” porque uno conduce al otro. Los “deseos mundanos” en este contexto no están referidos simplemente a anhelos, sino a todos los deseos, impulsos e ilusiones que surgen en ausencia de sabiduría y que conducen al sufrimiento. El deseo de escapar del sufrimiento impulsa nuestras acciones. Pero cuando esas acciones se basan en ilusiones acerca de la verdadera naturaleza de la vida y de la realidad, podemos tomar decisiones equivocadas y agravar aún más nuestros problemas. Este es el ciclo negativo de los impulsos ilusorios, el karma negativo (acción) y el sufrimiento.

Algunas escuelas budistas orientan a sus practicantes hacia la eliminación de los deseos como medio para romper este ciclo. Nichiren reconoció, sin embargo, que el esfuerzo por eliminar los deseos es, en última instancia, un propósito infructuoso, ya que algunos deseos, de hecho, crean valor y sostienen la vida.

En sus escritos, Nichiren describe cómo la fe en el Sutra del loto transforma los tres caminos de los deseos mundanos, karma y sufrimiento, en las tres virtudes del Buda: el cuerpo del Dharma (la verdad), la sabiduría y la emancipación.

La medicina del Sutra del loto

Nichiren percibió que, entre los sutras budistas, es el Sutra del loto el que enseña que la naturaleza de Buda es inherente a la vida de absolutamente todas las personas, incluidas aquellas normalmente consideradas incapaces de alcanzar la Budeidad. Con este fin, Nichiren cita un influyente texto budista del siglo III que afirma que “[el Sutra del loto] es como un gran médico capaz de convertir el veneno en medicina”. El Sutra del loto enseña, en otras palabras, que cada uno de nosotros ya posee la sabiduría, el coraje y las demás cualidades del Buda.

Convertir el veneno en medicina comienza cuando enfrentamos dificultades con la confianza de que poseemos en nuestro interior todos los recursos para superarlas.

En el contexto de nuestra vida cotidiana, el proceso de convertir el veneno en medicina comienza cuando enfrentamos dificultades con la confianza de que poseemos en nuestro interior todos los recursos para superarlas. Los problemas son problemas precisamente porque dudamos de nuestra capacidad para superarlos, pero cuando enfrentamos desafíos con fe en el potencial ilimitado de nuestra naturaleza innata de Buda, cambiamos nuestro estado de vida y transformamos nuestra ilusoria forma de responder ante ellos. Esto es lo que Nichiren llama el “cuerpo del Dharma” en relación al ciclo positivo descrito anteriormente. De esta confianza surge la sabiduría para percibir claramente nuestras circunstancias y el coraje para enfrentar y luchar en medio de las dificultades. De esta manera, podemos transformar nuestras circunstancias de manera concreta y experimentar una creciente sensación de libertad (emancipación). Tales experiencias, a su vez, refuerzan nuestra fe en nuestra inherente naturaleza de Buda.

Como afirma el presidente de la SGI, Daisaku Ikeda, convertir el veneno en medicina es “transformar hasta el peor de los males en el bien supremo”. Uno no vuelve simplemente al punto cero, sino que realmente gana con la experiencia que una vez pareció tan dolorosa. En palabras de Nichiren, “El veneno se convierte en dulce rocío [amrita], el más exquisito todos los sabores”.

La práctica budista enseñada por Nichiren, centrada en recitar Nam-myoho-renge-kyo, es, en cierto sentido, la práctica de afirmar la fe en nuestra Budeidad inherente. Esta fe nos permite convertir las experiencias difíciles en oportunidades para profundizar nuestra auto comprensión, fortalecer y desarrollar nuestro coraje y compasión, crecer en vitalidad y sabiduría y, finalmente, lograr un estado de vida infinitamente amplio.

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