Los apegos y la liberación

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[© Digital Vision/Getty Images]

El budismo es una enseñanza de liberación centrada, precisamente, en liberar a las personas de los sufrimientos inevitables de la vida. Con este fin, las enseñanzas budistas tempranas se centraron en la impermanencia de todas las cosas. El Buda comprendió que nada en este mundo permanece igual; todo está en un estado de cambio constante. Las condiciones placenteras, las circunstancias favorables, nuestra relación con aquellos que apreciamos, con nuestra salud y bienestar —cualquier sensación de conformidad y seguridad que obtenemos de estas cosas están constantemente amenazadas por el flujo e incertidumbre de la vida y, en definitiva, por la muerte— el cambio más profundo de todos.

El Buda observó que la ignorancia de las personas sobre la naturaleza de cambio era la causa del sufrimiento. Deseamos aferrarnos a lo que valoramos, y sufrimos cuando la vida, en el proceso inevitable de cambio, nos separa de estas cosas. Según enseñó, la liberación del sufrimiento se da cuando somos capaces de poner fin a nuestro apego a las cosas transitorias de este mundo. En este sentido, la práctica budista está orientada a alejarse del mundo: la vida es sufrimiento, el mundo es un lugar inseguro; la liberación yace en liberarse de los apegos a los deseos y cuestiones mundanas, alcanzando una iluminación transcendente.

El Sutra del loto, sobre el que se basa el budismo Nichiren, es revolucionario en cuanto a que revierte esta orientación, anulando las premisas básicas de las enseñanzas tempranas del Buda y enfocando, al contrario, la atención de las personas a las posibilidades infinitas de la vida y la alegría de vivir en el mundo.

Es imposible vivir en el mundo real sin apegos y, desde luego, erradicarlos.

Donde otras enseñanzas habían considerado la iluminación, o la liberación definitiva de la budeidad como una meta a alcanzar en algún momento en el futuro, en las enseñanzas del Sutra del loto cada persona es un Buda, inherentemente y originalmente. A través de la práctica budista, desarrollamos nuestras cualidades iluminadas y las ponemos en práctica en el mundo real, aquí y ahora, en bien de los demás y con el propósito de transformar positivamente la sociedad. La verdadera naturaleza de nuestra vida posee en ese instante una amplia libertad y posibilidades.

Esta reorientación dramática llevada a cabo por el Sutra del loto está condensada en la clave y conceptos, aparentemente paradójicos, del budismo Nichiren cuando afirma que “los deseos mundanos son la iluminación” y que “los sufrimientos del nacimiento y la muerte son el nirvana”. La imagen de la flor pura de loto floreciendo en el pantano fangoso es una metáfora que resume tal perspectiva —libertad, liberación e iluminación— se forjan y manifiestan en medio del pantano oscuro de la vida con sus problemas, dolores y contradicciones.

Es imposible vivir en el mundo real sin apegos y, desde luego, erradicarlos. Nuestro afecto por los demás, el deseo de triunfar en nuestras empresas, intereses y pasiones, nuestro amor por la vida —todo esto son apegos y posibles causas de decepción o sufrimiento, pero son la esencia de nuestra humanidad y elementos de vidas comprometidas y realizadas.

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En su perspectiva adecuada —cuando los podemos ver claramente y dominarlos, más que ser dominados por ellos— los deseos y apegos nos permiten llevar vidas interesantes y significativas. Como dice el presidente de la SGI, Daisaku Ikeda, “Nuestra práctica budista nos permite discernir su verdadera naturaleza y hace que podamos utilizarlos como fuerza motriz para ser felices”.

Es nuestro pequeño ego, nuestro “yo inferior”, el que nos hace esclavos de nuestros deseos y nos hace sufrir. La práctica budista nos permite salir del caparazón de nuestro yo inferior y despertar a nuestro “yo superior”, nuestra naturaleza de Buda inherente.

Este sentido expandido del yo se basa en una clara conciencia del tejido interconectado de la vida de la que somos parte y que nos sustenta. Cuando despertamos a la realidad de nuestra vinculación con toda vida, podemos superar el miedo al cambio y experimentar la profunda continuidad que va más allá y por debajo del flujo interminable del cambio.

La naturaleza esencial de nuestro yo superior es el amor compasivo. La libertad definitiva se experimenta cuando desarrollamos la habilidad capaz de encausar toda la energía de nuestros apegos en una preocupación compasiva y en una acción por el bien de los demás.

[Cortesía de la entrega de SGI Quarterly de julio 2011].

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