Volver a la lista

Una transformación familiar

Ricky Ng
Canadá

Ricky (primero por la izquierda) con su familiaRicky (primero por la izquierda) con su familia

Mi infancia estuvo llena de desafíos y, durante mi etapa en la universidad, empecé a cuestionarme si alguna vez sería feliz o si entendería el verdadero significado de la vida. Había intentado practicar algunas religiones pero no respondían a mis inquietudes. Finalmente, siempre me encontraba lidiando con las limitaciones de mi vida: mi negatividad y un constante anhelo por todo. La diferencia entre la felicidad y la infelicidad me resultaba evidente, sin embargo, no lograba encontrar una manera de salir de la infelicidad.

El deseo de encontrar algo de lo que pudiera depender era tan apremiante que el budismo se convirtió en un imán que me atraía. Una chica me invitó a una reunión budista en el Centro Cultural de la SGI en Toronto. Allí, acribillé a preguntas a varios hombres acerca de la vida. Las respuestas que recibí me impactaron por su sinceridad y perspicacia. Una de ellas detallaba que la práctica diaria del budismo podría fortalecer mi débil estado de vida interior. Así, dejando a un lado todo escepticismo comencé a practicar.

La simple recitación de Nam-myoho-renge-kyo permitió que cualquier sentimiento negativo que tenía se transformara en un júbilo esperanzador. Me sentía "bien con el mundo" y era capaz de valorar a las personas tal como eran. A veces, las personas necesitan una completa explicación científica sobre el funcionamiento de la práctica, pero la única prueba que yo necesitaba, en ese momento, era que funcionara. Aunque solo estaba recitando diez minutos dos veces al día, lo hacía de manera constante y también asistía a las reuniones de diálogo en mi localidad. De esta manera, pude percibir que estaba comenzando a cambiar desde la base de mi vida.

No obstante, durante los dos primeros años desde que conocí la práctica en 2003, fui muy prudente al propósito del compromiso con la práctica y no recibí el Gohonzon. Para entonces, ya mantenía una relación sentimental con Carina, la chica que me había invitado a la primera reunión de diálogo, y quería estar completamente seguro de que no se trataba de algo que estaba haciendo por ella.

En una ocasión, me llamó mucho la atención un comentario que me hizo un responsable de la División de Hombres del grupo de diálogo. Me dijo que ya que era yo quien estaba recitando Nam-myoho-renge-kyo, era el único que podía guiar a mi familia a la "orilla de la felicidad". Estas palabras me llegaron al corazón. Mi familia siempre había tenido que lidiar con la infelicidad, y si había alguien que podía ayudar a mis padres y a mi hermano a ser absolutamente felices, ese era yo. Finalmente, me comprometí con la práctica y también con Carina, con quien me casé en 2010.

La dinámica de mi familia nunca había sido la mejor. Mis padres discutían a menudo y mis intercambios con ellos eran breves y fríos. Por ello, con la idea de transformar el karma de mi familia, decidí recibir el Gohonzon en 2005, tan solo unos meses antes de un festival cultural organizado por los jóvenes de la SGI de Canadá. Me comprometí seriamente a ayudar a mis padres y a mi hermano a descubrir la fuerza que Nam-myoho-renge-kyo podía ejercer en sus vidas, tal como había hecho yo. Donny, mi hermano mayor, pronto comenzó a practicar y se unió a la banda musical de jóvenes para el festival cultural. Con el apoyo y el aliento de uno de los jóvenes, Donny se volvió menos introvertido y más sociable y feliz. A mí me alegraba mucho ver a mi hermano relajado y tranquilo, sin preocuparse de lo que otros pensaran de él.

Cuando mi madre observó cuán sociable y seguro se había convertido su hijo mayor, comenzó a recitar daimoku también y, a través de su amistad con una responsable de la División de Mujeres que hablaba cantonés, se volvió más optimista y alegre. En 2009, mi madre y mi hermano recibieron el Gohonzon a la vez. Sin embargo, mi padre aún no había mostrado ningún interés por la práctica.

Ricky con su padreRicky con su padre

El mayor obstáculo que existía para ayudar a mi padre a entender la manera en la que la práctica budista podía marcar una diferencia en su vida era su deficiencia auditiva. Debido a una severa infección de oídos cuando era joven, perdió la audición del oído derecho y tan solo podía oír un diez por ciento a través del oído izquierdo. A pesar de que había comenzado a utilizar audífonos hacía treinta años, su capacidad auditiva había empeorado y su sordera era casi total. Dependía completamente del cantonés que podía captar a través de la lectura labial. Yo deseaba profundamente hablarle de la práctica, pero como él no podía oír y yo no hablaba cantonés, era imposible. Tampoco podíamos comunicarnos por escrito, por eso era como si nuestra relación no existiera. No sabía cómo iba a ser posible que mi padre escuchase Nam-myoho-renge-kyo alguna vez, pero seguía orando con esperanza.

Después de un chequeo rutinario, el médico remitió a mi padre a un otorrinolaringólogo que le informó que era un candidato adecuado para un nuevo implante coclear que podría ayudarle a oír nuevamente. Los médicos anteriores habían asumido que su capacidad auditiva se había desvanecido completamente. Mi padre concertó una cita con un especialista para averiguar el estado de los nervios cocleares. Mi madre, mi hermano y yo estábamos muy contentos por él y junto con otros miembros de la SGI oramos por un resultado positivo. Las pruebas mostraron que, a pesar de no poder oír, los nervios de su oído izquierdo estaban intactos. El especialista recomendó que procediéramos con la cirugía y aunque el tiempo de espera para este tipo de operación era de un año, mi padre solo tuvo que esperar seis meses.

Numerosos miembros del grupo de origen chino de la SGI de nuestra zona se reunieron asiduamente para recitar daimoku por el éxito de la operación de mi padre. Me sentía profundamente conmovido viéndolo sentado en silencio entre los miembros sosteniendo el juzu. En ese entonces, yo oraba fervientemente por el éxito de la cirugía y me dediqué de lleno a estudiar las orientaciones del presidente de la SGI, Daisaku Ikeda, y los escritos de Nichiren Daishonin. Como dice Nichiren, recité Nam-myoho-renge-kyo "con la misma certeza con que una flecha apuntada al suelo no puede errar el blanco" (END, pág. 407). Mi deseo era que mi padre recobrase su capacidad auditiva.

Un mes después de la operación, el otorrino le colocó un audífono y lo encendió. Por primera vez en quince años, mi padre pudo oír. Su rosto se iluminó con una sonrisa de inmensa alegría. De acuerdo con las oraciones de mi madre, tuvo una recuperación rápida, sin dolor y sin necesidad de tomar medicamentos. Al llegar a casa, tras el aliento de mi madre, y para mi sorpresa, mi padre se puso de rodillas y recitó Nam-myoho-renge-kyo varias veces con agradecimiento por todo el apoyo que había recibido de los miembros locales de la SGI. En la actualidad, está más alegre. Esta experiencia ha sembrado una semilla de iluminación en su vida y ha hecho que mi familia tenga una fe más profunda.

A través de esta práctica he logrado deshacerme de tanto miedo, ira, ansiedad e infelicidad. Al estudiar las orientaciones del presidente Ikeda, mi maestro de vida, he aprendido a aceptar todos mis desafíos como una oportunidad para desarrollar una base firme e invencible. Como afirma el presidente Ikeda: "¿Por qué razón nos desafiamos? Para ser felices. Para construir un yo firme que nunca pueda ser derrotado. Para realizar nuestra revolución humana. También nos desafiamos en bien de la felicidad de los demás y por la paz y la prosperidad de la sociedad... la clave para vencer en cualquier empeño es, en primer lugar, vencer sobre uno mismo".

Ahora, hay dos cosas que me impulsan: el deseo de demostrar mi gratitud por haber encontrado el budismo de Nichiren y el deseo de trabajar por la paz mundial y la felicidad de todas las personas a través de los principios del budismo. El presidente Ikeda afirma: "el budismo de Nichiren es una gran filosofía de esperanza que nos empodera para seguir avanzando en nuestras vidas de manera valerosa y vigorosa, con renovada valentía y determinación, y la mirada puesta siempre en el presente y en el futuro, avanzando a partir de hoy".

[Fuente informativa y fotográfica: edición de septiembre de 2012 de la publicación Soka de la SGI de Canadá]

▲ Arriba