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Una chica con garras

Sam Greene
Estados Unidos

Margaret Molloy
[Margaret Molloy]

 

Practico el budismo con mi familia en Los Ángeles. Yo comencé a jugar el fútbol desde los once años, en la época en que mis padres se divorciaron. Aunque me crié con grandes comodidades, tras la separación, la vida se hizo difícil y el fútbol se convirtió para mí en un escape. La dura situación económica, el arresto de mi padre por un problema tributario y el despido del entrenador del equipo de fútbol me hicieron en una joven taciturna y confundida, pero oré mucho buscando una salida.

Posteriormente, me hice integrante de un equipo en otro pueblo y seguí practicando el fútbol gracias al apoyo de muchos miembros de la SGI. Pero, fui causa de una tarjeta roja para el equipo. Al no poder jugar en dos partidos, comprendí que debía controlar mi ira. Gracias al aliento de mi madre, empecé a entonar daimoku antes de cada partido y vi resultados evidentes: ahora tenía más confianza, era más comprensiva y no me dejaba abatir por el ánimo de otros, ya sea el árbitro o el entrenador.

El gran desafío se presentó en 2004. Mi equipo era de poca talla, pero nos preparamos con garras y ganamos el Campeonato Nacional de Florida. Aunque mi madre no pudo ir al partido, durante el torneo se levantó a las seis de la mañana para orar por mí. Mi equipo logró también obtener una placa de reconocimiento del estado de California. Todas mis compañeras del equipo saben que practico el budismo por lo que me alientan a entonar antes de los penales y los partidos importantes.

Hace poco, mi padre fue liberado de prisión. Vino a verme jugar y está ayudando financieramente a mi madre. Gracias a la seguridad que eso me brinda, he mejorado mi técnica deportiva. El fútbol me ha enseñado a trabajar en equipo, a escuchar a los demás y a respetar las diferencias. Me ha enseñado a tener convicción. Tengo dieciséis años y me siento afortunada de tener cosas que me apasionan. Hace poco me galardonaron Jugadora del Año de la Liga Femenina Oceánica de California. Espero proseguir mis estudios en una buena universidad, para un día jugar por mi país y convertirme en una profesora que contribuya con el mundo. 

Sam (center) playing with her team

Sam (centro) con el equipo
Camarillo Eagles [©Jean Pritchard]

 

El gran desafío se presentó en 2004. Mi equipo era de poca talla, pero nos preparamos con garras y ganamos el Campeonato Nacional de Florida. Aunque mi madre no pudo ir al partido, durante el torneo se levantó a las seis de la mañana para orar por mí. Mi equipo logró también obtener una placa de reconocimiento del estado de California. Todas mis compañeras del equipo saben que practico el budismo por lo que me alientan a entonar antes de los penales y los partidos importantes.

Hace poco, mi padre fue liberado de prisión. Vino a verme jugar y está ayudando financieramente a mi madre. Gracias a la seguridad que eso me brinda, he mejorado mi técnica deportiva. El fútbol me ha enseñado a trabajar en equipo, a escuchar a los demás y a respetar las diferencias. Me ha enseñado a tener convicción. Tengo dieciséis años y me siento afortunada de tener cosas que me apasionan. Hace poco me galardonaron Jugadora del Año de la Liga Femenina Oceánica de California. Espero proseguir mis estudios en una buena universidad, para un día jugar por mi país y convertirme en una profesora que contribuya con el mundo.

[Nota: Un artículo relacionado fue publicado en la edición de julio de 2006 de la revista SGI Quarterly.]

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