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Transformando lo imposible

Patti Heckman
Estados Unidos

Patti Heckman

Hace siete años, comencé a trabajar en una empresa consultora dedicada a la asistencia y asesoramiento de compañías de seguros. En lo personal, gozaba de una buena reputación y continuamente obtenía excelentes evaluaciones de mi trabajo, aumentos de sueldo y bonificaciones.

Hace más de dos años, debido a la desaceleración de la economía, la empresa decidió llevar a cabo una reestructuración. Así fue que me trasladaron a otro departamento en el que tenía que realizar un trabajo distinto al que estaba acostumbrada.

Durante las casi tres décadas que llevaba practicando el budismo Nichiren, había aprendido el valor de tomar la determinación de dar lo mejor de mí, y así lo hice. No obstante, pronto me di cuenta de que todo era más difícil de lo que había imaginado. No tenía la formación necesaria para el nuevo puesto y la cantidad de trabajo era abrumadora.

Además, se había roto la comunicación entre mi jefa y yo. Cuando la consultaba sobre cuestiones que no entendía, respondía de forma abrupta y con impaciencia. Parecía no dudar a la hora de señalar mis errores en voz alta para que todos pudiesen oírla. Me fui encerrando en mí cada vez más y terminé aislándome.

Pasado un año en el que trabajé cada día hasta tarde, además de casi todos los fines de semana, me dijeron que no estaba entregando los proyectos dentro del plazo requerido, por lo que la facturación a los clientes se había reducido. Esta situación me desalentó enormemente y me sentí frustrada.

Desanimada, pedí orientación a una antecesora en la fe, que me alentó a utilizar la práctica budista para convertir el veneno en medicina.

Esta orientación se convirtió en el eje de mi oración. Recibí más críticas, me sentí más frustrada, y pasaron días en los que no tenía ningún tipo de comunicación con mi jefa, ni con mis compañeros y ni siquiera con mis clientes. Muy enfadada, me inscribí en un servicio de búsqueda de empleo, pensando que la manera de transformar la situación era encontrar un nuevo puesto de trabajo.

En enero de 2012, la valoración de mi gestión fue tan negativa que me dieron un ultimátum: debía transformar la situación en los siguientes treinta días o mi contrato de trabajo finiquitaría. Me sentí humillada, y me apresuré en buscar otro trabajo con la esperanza de encontrar un nuevo empleo antes de que se cumpliera el plazo de treinta días. Pensé: "¿porqué debo dejar que me traten así?". Yo estaba cumpliendo con mi parte, ya que estaba trabajando duro.

Sin embargo, mientras oraba, me di cuenta de algo sorprendente. A pesar de que en un principio había determinado dar lo mejor de mí en el trabajo, la realidad es que me había estado quejando. Incluso, había intentado buscar otro empleo estando muy enfadada debido a mi arrogancia y autojustificación.

Me di cuenta de que el veneno que debía transformar en medicina no era mi trabajo, sino mi resentimiento. Esta transformación implicaba cambiar la relación con mi jefa además de hacer que mi departamento, mi empresa e incluso mis clientes vencieran también en el proceso.

Mientras seguía orando de esta manera, mi resentimiento se fue convirtiendo, poco a poco, en agradecimiento. Durante los siguientes treinta días, mi jefa busco el tiempo para formarme cada día. A modo de agradecimiento, cuando me llamaba por teléfono, le contestaba con un "¡Hola!" muy alegre como si fuese mi mejor amiga, y ella respondía de la misma manera. Cuando me señalaba los errores, lo hacía con calidez y amabilidad. Esos treinta días pasaron a ser los más felices en mi trabajo desde que me trasladé a ese departamento.

Cumplido el plazo de los treinta días, seguía trabajando. Sin embargo, la verdadera victoria fue lograr transformar mi manera de pensar.

En julio de ese mismo año, durante una videoconferencia con los empleados de la empresa, mi jefa anunció que nuestro departamento había superado las dificultades. Por fin dejábamos atrás la situación crítica. Por primera vez, supe que éramos conocidos como el departamento con más bajo rendimiento de la empresa. Cuando mi jefa se convirtió en directora, estaba bajo mucha presión haciendo frente a pocos ingresos, controles de calidad y un nuevo equipo. Sentí compasión y mucho respeto por ella.

En enero, los resultados de la evaluación de mi desempeño del año 2012 pasaron de "Necesita mejorar" a las dos mejores calificaciones de "Excelente" y "Por encima de la media". Mi aumento duplicaba la media de la empresa. Mi jefa me expresó su agradecimiento por haber respondido a asuntos delicados con compostura y dignidad y por haber convertido una situación incómoda en una completamente placentera.

He aprendido que la mejor manera de ganarse el respeto de los demás, es siendo uno mismo un brillante ejemplo de una persona que jamás se deja vencer.

[Fuente informativa y fotográfica: SGI Quarterly]

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