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Los tesoros de mi vida

Ryan Hayashi
Estados Unidos

Mis padres se divorciaron cuando estaba en tercero. A partir de entonces, mi madre, mi hermana y yo nos mudábamos frecuentemente. De hecho, mientras estaba creciendo, tuve doce hogares en cuatro estados diferentes. Durante mi etapa en el instituto, recurrí a las drogas para poder lidiar con el estresante ambiente en casa. Comencé a fumar marihuana cada día y establecí una amistad con un chico que tenía una influencia muy negativa sobre mí. A medida que pasaba el tiempo, mi madre solía encontrar drogas, parafernalia relacionada y aparatos electrónicos que había robado del colegio, en mi armario. Se enfadaba mucho por ello, lo que a su vez seguía empeorando nuestra relación, que era como una espiral descendente.

En una ocasión, mi madre me miró directamente a los ojos y me dijo: "¡Si sigues juntándote con ese amigo, terminaras en la cárcel!". Tomo un mapa y seleccionó un lugar al azar, y cuatro días más tarde nos mudamos a Maine. No me pude despedir de ninguno de mis amigos. Sin embargo, a pesar de marcharnos a una nueva ciudad, mi comportamiento no cambio en absoluto.

En el último año de instituto, tuve un serio problema con la ley que me hizo reflexionar acerca de la dirección que estaba tomando mi vida. A pesar de que había crecido practicando el budismo de Nichiren, por primera vez en mi vida, comencé a recitar Nam-myoho-rengue-kyo sinceramente cada día sin falta. En este periodo, comprendí muchas cosas. Por ejemplo, empezaba a entender que todo lo que estaba experimentando en mi entorno exterior, era una estricta manifestación de mi negatividad interior.

A principios de año, mi madre me había alentado a solicitar una plaza en la Universidad Soka de Estados Unidos (SUA), una escuela de artes liberales fundada por el presidente de la SGI, Daisaku Ikeda, que se centra en el estudio de asuntos globales. A pesar de todo, siempre había conseguido escoger las asignaturas más avanzadas en la escuela y sacar sobresalientes. Además, también logré un buen resultado en la prueba de aptitud SAT. Escribí dos redacciones para la solicitud de ingreso basadas en los valores humanistas con los que crecí como integrante de una familia budista. Estos valores seguían siendo una parte esencial de mi vida, pero quizás estaban ocultos.

Con mi futuro en juego, me ofrecieron una beca completa para asistir a SUA. Fue impresionante, sobre todo porque mis padres no podían costearse los gastos para enviarme a la universidad.

Además, tuve la buena fortuna de que mi compañero de habitación era un chico que se convirtió en una influencia muy positiva en mi vida. Durante el primer año, manteníamos diálogos profundos sobre un gran número de temas, incluidos el budismo. Comencé a tomar muchísimo interés por las clases, estudiaba con entusiasmo y participaba en la escuela, entregándome de todo corazón. También conocí a personas maravillosas de todo el mundo que ahora se han convertido en amigos para toda la vida. Siento que crecí más durante ese único año que durante los dieciocho años anteriores de mi vida.

Durante el último año en SUA, pensaba en los pasos que tomaría después de graduarme. Con profundo agradecimiento por la educación que había recibido, recitaba daimoku con la decisión de ir a un lugar en donde pudiera devolver, de la mejor manera posible, la deuda de gratitud que mantenía con mis padres, con el fundador de la universidad SUA y sus donantes. Tras recitar daimoku con esta determinación durante varios meses, averigüé que había un programa titulado "Teach for America" (Enseña para los Estados Unidos).

A pesar de hacer frente a numerosos obstáculos durante el proceso de selección, me aceptaron y conseguí una plaza como profesor de matemáticas en un instituto en la región predominantemente latina del sur del estado de Nuevo México. Oraba para que me contrataran en una escuela en donde pudiera contribuir al máximo. Poco después, me asignaron una plaza en un instituto en una ciudad situada justo al otro lado de la frontera con Juárez, en México.

La comunidad de esta ciudad se enfrenta a tremendos desafíos como lo son la pobreza, el tráfico de drogas, la violencia de bandas y embarazos de adolescentes, entre otros. Logré una plaza en una escuela alternativa para apoyar a los estudiantes a los que les quedaban créditos pendientes o que eran expulsados de otros colegios. Mi trabajo consiste en hacer que los estudiantes se entusiasmen por las matemáticas.

De más está decir que durante el primer semestre tuve enormes dificultades. Solía ir al colegio con la sensación de no haber dormido, enfermo, sin experiencia y sin saber qué hacer. Durante ese tiempo leí una orientación del presidente Ikeda dirigida a los jóvenes que daban sus primeros pasos en el mundo laboral:

"Si se determinan a realizar tres veces más del esfuerzo habitual, serán la fuerza motriz del crecimiento y la mejora de su lugar de trabajo como de la comunidad en la que habitan. La fe es lo que les permitirá lograrlo".

Así, determiné vencer basado en el esfuerzo. A partir de entonces, siempre era el primer profesor en llegar al trabajo por la mañana y el último en marcharme.

Mientras avanzaba el semestre, comprendí que el método de enseñanza de las matemáticas conocido por los profesores como el modo tradicional que consiste en repetir mecánicamente la resolución de los ejercicios, no era adecuado para mis alumnos. Por eso, realicé una búsqueda de métodos alternativos, como el campo de las matemáticas para la justicia social, que enseña a los alumnos a utilizar los conceptos de las matemáticas como una herramienta para analizar las desigualdades sociales que experimentan en la vida. También traté de utilizar una aproximación al aprendizaje basada en el descubrimiento, método que permite a los estudiantes realizar sus propios hallazgos creativos de los conceptos matemáticos.

Durante el segundo semestre, reuní la valentía necesaria para visitar a algunos de mis alumnos para encontrarme con sus familias y conocerlos mejor. Ver la dura realidad que enfrentaban en la vida me llegó al corazón, y su resistencia me inspiró. Como resultado, pudimos fortalecer nuestra relación. Mis alumnos me han enseñado numerosas lecciones, incluida la importancia de realizar un esfuerzo consciente para reconocer, apreciar y atesorar las cosas positivas que suceden en el aula y en la vida. Siento que soy realmente privilegiado por haber tenido el gran honor de trabajar con ellos.

Volviendo la vista atrás, siento que sin los desafíos que tuve que enfrentar cuando estaba en el instituto, nunca hubiera podido experimentar la inmensa fuerza de Nam-myoho-rengue-kyo. Tampoco hubiera podido alentar a otros jóvenes, como mis amigos y estudiantes, que estaban pasando por problemas tan parecidos a los míos, y nunca habría desarrollado mi personalidad hasta el punto en el que lo he hecho. Avanzando basado en la fe, he podido experimentar el principio budista de "convertir el veneno en medicina". Estas experiencias se han convertido en los mayores tesoros de mi vida.

A partir de ahora, estoy determinado a contribuir al desarrollo de la educación para la creación de valor en los Estados Unidos para que cada joven pueda recibir el tipo de educación que hice yo en la SUA – un proceso de aprendizaje apasionante y alegre que fomenta la creatividad, perfecciona las capacidades para el razonamiento analítico y proporciona a los jóvenes las herramientas para transformar sus vidas y las sociedades.

También estoy determinado a responder a las expectativas de mi maestro, el presidente Ikeda, creando una maravillosa cultura de paz en los Estados Unidos, una cultura en la que los jóvenes que más han sufrido sean los más felices.

[Fuente informativa y fotográfica: World Tribune, edición del 14 de junio de 2014 y SGI]

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