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Rompiendo el silencio

Ayako Kozuka
Japón

Ayako Kozuka, Japan

Cuando la bomba atómica fue lanzada sobre Hiroshima, yo me encontraba a tres kilómetros del punto cero. Tenía dieciséis años y trabajaba como asistente de administración en el Cuartel General de la Marina. Recuerdo que acababa de terminar la reunión matutina cuando sentí un resplandor y fui arrojada al otro extremo de la sala. Cuando recuperé el conocimiento, había gente caída por todos lados, y todo lo que veía estaba cubierto en llamas. Yo salí ilesa milagrosamente. Traté de ayudar desesperadamente a la gente. Una joven madre se me acercó pidiendo socorro. Su cuerpo estaba quemado y en su espalda cargaba un bebé sin cabeza. Ella se inclinó, tomó mi mano y su piel se desprendió. Estaba espantada. No podía dejar de temblar. Para volver a mi casa, tuve que cruzar un mar de fuego y cenizas. Jamás olvidaré el infierno que presencié. Luego de tres días, cuando llegué finalmente a mi casa, encontré a mi madre entre los escombros. Estaba tan preocupada que lloró de alivio al verme. Inmediatamente, corrió al patio trasero y al volver puso en mis manos unos tomates. Al principio no los pude reconocer porque la lluvia radioactiva los había dejado negros. Los devoré, pues no había comido en tres días.

Conté el testimonio de mi desgarradora experiencia a unos estudiantes de Kioto, en un seminario que se realizó el 6 de agosto de 2005, en ocasión del 60º aniversario de los bombardeos atómicos, con el afán de transmitir lo valioso que es la paz. Al hacerlo pensé en mis largos años de silencio. Muchos sobrevivientes no cuentan la tragedia que vivieron por temor a los prejuicios y a la discriminación. Yo también era así. Cuando me casé en 1947, callé el hecho a mi familia política. Mi madre falleció a los cuarenta y tres años por los estragos que causó la radiación en su cuerpo. Yo también sufrí con los efectos: la cantidad de glóbulos blancos en mi organismo es la mitad de lo normal. Fue latente el temor a morir y tanta la inseguridad de los efectos en los descendientes, que no quise tener hijos; pero tuve un niño y tres niñas.

En 1958, un amigo me habló sobre el budismo de Nichiren. Gracias a la oración, dejé de sentir temor gradualmente y empecé a sentir una firme decisión de vivir. Un año después de mi conversión, la cantidad de glóbulos blancos en mi sangre había llegado a la normalidad y mi vida había comenzado a mejorar. Pero cada 6 de agosto, lloraba sin consuelo agobiada por los recuerdos. Mis hijos me preguntaban por qué lloraba pero yo no les explicaba nada por temor a que ellos fuesen discriminados.  

En 1965, asumí el cargo de responsable de cabildo de la Soka Gakkai de mi vecindario, justo en el 20º aniversario de los bombardeos. Sentía mucha gratitud a la práctica budista que había cambiado mi vida y tras reflexionar decidí que consagraría mi vida a la paz. Así como poco después, conté por primera vez mi atroz experiencia en una reunión para jóvenes de la Soka Gakkai de mi localidad; les hablé lo sagrado que es la vida. Temí la reacción de mis hijos por habérselos ocultado, pero contrario a mi preocupación, ellos me alentaron a seguir relatando mis vivencias a más personas.

A partir de eso, trabajo como voluntaria contando mi experiencia, brindando sesiones de lectura de libros sobre la paz para niños, promoviendo la protección ambiental, presidiendo una liga de amas de casa de Kioto, e inclusive, he viajado a la China en 1980, representando a las víctimas de las bombas atómicas. Mis hijos también se han aunado a estas actividades por la paz. Cada uno de ellos ha creado una familia feliz. Mi hija tuvo un niño hermoso que ahora trabaja rebosante de salud. Tengo ocho nietos y dos bisnietos. Algo inimaginable. Ahora, me siento profundamente agradecida de haber sobrevivido. Continuaré hablando por la paz porque no debemos permitir que la tragedia de Hiroshima se repita. 

[Nota: Un artículo relacionado fue publicado en la edición de julio de 2007 de la revista SGI Quarterly.]

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