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Lucha contra la enfermedad hereditaria

Nicki James
Reino Unido

Nicki JamesNicki James

El fallecimiento de mi abuela a los cincuenta y dos años y el deterioro de la salud de mi madre luego de que yo nací en 1966, pusieron en alerta a mi familia sobre la existencia de un trastorno genético hereditario: la insuficiencia renal en la adultez. Crecí llena de ira y angustia viendo a mi madre sufrir por la enfermedad. Estaba convencida de que mi destino sería el mismo. Después de convertirme al budismo de Nichiren, pasaron varios años hasta que hice acopio de valentía para orar por el cambio de lo inevitable y afrontar el desafío. Lo que me permitió dar el gran salto fue la experiencia que contó una miembro de la SGI que decidió enfrentar con la fe una enfermedad en la familia.

En 2002, mi salud comenzó a manifestar deficiencias. Al año siguiente, la condición de mi madre empeoró irreversiblemente. Al ver a mi madre en el filo de la muerte, deseé intensamente que mi madre también practicara el budismo y vencer mi enfermedad para vivir con dignidad y valor. En marzo de 2003, participé en un curso de capacitación de budismo para los miembros de Londres, que se llevó a cabo en el Centro de Conferencias de la SGI de Europa, situado en Trets, Francia. Durante el curso, decidí que oraría por la felicidad y la protección de mi madre, sin importar lo que sucediera, por el cambio del sino trágico de la familia y para liberarme de las cadenas que imponían la enfermedad. Poco después, mi madre aprendió la recitación budista y enfrentó valientemente la enfermedad. Ella murió pacíficamente en junio del mismo año con una leve sonrisa en su rostro. A pesar de la desgarradora pérdida de mi madre, sentí que ella, mi mejor amiga, me había demostrado cómo uno puede morir en paz, luchando con dignidad.

Nicki James y su madreNicki James y su madre

Dos meses después, mi abuelo materno también falleció. Luego, se hizo realidad uno de mis temores: los especialistas me dijeron que, por mis condiciones, yo debía comenzar un tratamiento de diálisis renal. Escribí una carta al presidente de la SGI, Daisaku Ikeda, contándole mi situación. Y, recibí una alentadora respuesta en donde me decía que estaba orando por mí y por mi madre. Renové mi decisión de que viviría enérgicamente a pesar de los problemas que podría acarrear la diálisis. En octubre de 2003, fui nombrada responsable de la División Juvenil Femenina de la SGI del Reino Unido para el sudeste de Londres. En Navidad, me dijeron que debía comenzar inmediatamente la diálisis o perdería la vida, y además, me registraron para ser operada en enero de 2004. Entonces, recordé una orientación de la importancia de consagrarse a la causa de la paz mundial y decidí apoyar como voluntaria las actividades que se realizarían en la semana del Año Nuevo en el Gran Centro Cultural de Taplow Court de la SGI del Reino Unido. Me propuse también que contaría mi experiencia triunfal en una reunión de la SGI que se celebraría en el Royal Albert Hall de Londres, el 7 de mayo de 2005.

En medio de las actividades, recibí una orientación de una antecesora en la fe, que me dijo con gran amor compasivo que todo dependía de la profundidad de mi práctica y de mi espíritu de inseparabilidad con el maestro que enseña el budismo. Tres días después, colapsé por una infección renal que afectó incluso mi corazón. Los médicos convinieron en que debían operarme urgentemente y remover ambos riñones. La diálisis era eminente. Convalecí gravemente durante dos meses. Sentí que había perdido el control de mi vida y dudé del budismo invadida por el temor, la ira y la soledad. Cuando salí del hospital estaba completamente deprimida. Pero poco después, recibí un mensaje del presidente Ikeda, sin que yo le escribiera, en donde me alentaba a no desistir y avanzar con energía. Mis compañeros miembros de la SGI del Reino Unido, Australia, Hong Kong y Japón me llamaron por teléfono y me enviaron mensajes de aliento y oraciones. En esa época, leí con avidez el libro Diario juvenil del presidente Ikeda, y comencé a albergar gratitud por la oportunidad de enfrentarme a mis circunstancias y de desarrollar fortaleza día a día. Los miembros de la SGI, inclusive gente que yo no conocía, mayores y jóvenes, me apoyaron sinceramente en mi desafío.

El 13 de marzo de 2004, logré asistir a una reunión de jóvenes de la SGI, que se realizó al sur de Londres. En esa ocasión, hice el juramento de que viviría cuarenta años más para difundir el budismo. Dos días después, los médicos me dijeron que ya estaba en condiciones para inscribirme en la lista de espera de trasplantes renales, en la que están anotadas ocho mil personas en el Reino Unido. El tiempo de espera promedio es de tres a nueve años, por lo que muchos pacientes fallecen antes de que aparezca un donante compatible, mientras reciben la diálisis tres veces por semana. Así renové mi decisión y me propuse como meta un trasplante exitoso durante el 2004 y oré con gran convicción en ello. Asombrosamente, siete días después, el 21 de marzo (Día de la Madre) recibí una llamada de emergencia del hospital. Habían encontrado un donante perfectamente compatible. Y al rato me encontraba en el Hospital Guy, en el mismo lugar en donde mi madre había luchado contra la misma enfermedad, al cuidado de los mismos doctores.

Los riñones que recibí eran tan perfectos que los doctores bromearon que provenía de un gemelo. El trasplante fue un éxito. Los doctores enfatizaron que era inusual que un paciente recibiese un trasplante con tanta rapidez. Todo fue extraordinario. A esto le siguieron dos operaciones más. Pero, cuatro meses después, en septiembre de 2004, ya estaba de vuelta en el trabajo; a comienzos de 2005, estaba apoyando a las familias que participan del programa de trasplantes de órganos; y en mayo de 2005, estaba narrando mi experiencia en el Royal Albert Hall como me lo había propuesto.

Esta experiencia me enseñó que si tenemos convicción en el budismo y entonamos Nam-myoho-renge-kyo con todo nuestro corazón, podemos transformar cualquier circunstancia. Por supuesto, la lucha continúa aun después del trasplante, pero me siento cada vez más fortalecida. Y realizo las actividades de la SGI con gran entusiasmo junto a mis compañeras, quienes me alientan a crecer todos los días. Siento gratitud hacia mi donante gemelo y hacia todos los miembros de la SGI que me ayudaron a lograr esta gran victoria. Siento que mi vida apenas ha comenzado y que todos merecen ser felices. El presidente Ikeda afirma que un solo daimoku (oración del Nam-myoho-renge-kyo) impregna todo el universo y su poder transformador se incrementa cuando lo hacemos con sinceridad y determinación.

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