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Mi trabajo como profesora

María García Zambrano
España

María García ZambranoMaría García Zambrano

Me llamo María García Zambrano. Conocí la práctica en 2002 y desde entonces mi vida ha cambiado notablemente. Trabajo como profesora de Lengua Castellana y Literatura en Secundaria y Bachillerato en Madrid desde el año 2008. Además, escribo poesía, he publicado un libro y mis poemas aparecen en varias antologías. En este año he realizado distintos recitales de poesía en fundaciones culturales.

El trabajo como profesora, con alumnos de entre doce y dieciocho años, es complejo y es necesario tener una visión humanística de la educación y de los propios alumnos, para sacar partido y aprovechar la oportunidad que tenemos de transformar la sociedad a través de la educación. Además, en los últimos años se ha instalado en los profesores de educación pública de España un sentimiento de desánimo, de abatimiento por las circunstancias (recortes sociales que afectan a la educación, condiciones económicas, etcétera) que fácilmente se contagia a todos los niveles y es un círculo vicioso que a veces no te deja ver la auténtica misión que tenemos los docentes para formar y educar a las generaciones futuras.

Cuando empecé a trabajar como profesora tenía muy presente la teoría de la Creación de Valor de Tsunesaburo Makiguchi, el primer presidente de la Soka Gakkai. Había leído su libro y me interesaba mucho su visión de cómo tomar la educación no de una forma estática y unilateral, sino basada en el objetivo de que los alumnos fueran felices. Entre los profesores no suele existir esta visión, sino más bien se ve la educación como una transmisión de conceptos y contenidos que el alumno debe aprender del profesor pero que solo van en una dirección. La práctica budista me ha dado un enfoque más constructivo de la educación, más humano, y sobre todo me ha hecho ver que los protagonistas de las clases son los alumnos y no los profesores. El presidente de la SGI, Daisaku Ikeda, nos orienta a que atesoremos a los miembros, pues igual intento hacer con cada uno de mis alumnos, atesorarlos para que surja de ellos todo su potencial, que en el caso de los adolescentes es increíble.

A la hora de dar clases la realidad a priori puede ser compleja pues son grupos numerosos, de veinticinco a cuarenta y cinco alumnos, de edades complicadas, que demandan mucha atención, algunos no tienen buenos modales, otros están desmotivados y no quieren estudiar porque no encuentran la razón para hacerlo, alumnos que vienen de familias desestructuradas y con problemas... Es todo un reto para mí. Entonces lo que me planteo desde principio de curso es que cada uno de esos alumnos es una persona maravillosa, auténticos budas que van a manifestar su Budeidad, y mi misión es alentarlos a que saquen provecho del curso, a que expriman ese año y lo aprovechen al máximo. Además, los profesores no sólo enseñamos nuestra materia sino que somos un ejemplo para ellos, los alumnos están pendientes de lo que hacemos, de cómo nos comportamos, y tenemos que ser cuidadosos para que encuentren en nosotros referentes para su vida adulta. Por eso intento comportarme de forma adecuada, tratarlos con mucho respeto y dirigirme a ellos desde el corazón.

Este año, por ejemplo, ha sido difícil para mí. Por un lado he tenido dos grupos del tercer nivel de secundaria (catorce y quince años) con alumnos con muy mal comportamiento, algunos habían abandonado la materia y otros arrastraban muchos suspensos. La situación desde el principio no era favorable, sin embargo, desde el primer momento les he hablado de su capacidad para sacar el curso adelante, de que su esfuerzo tendría resultados y de que no debían tirar la toalla. Un día, cuando terminé de hablarles de la importancia que tiene esforzarse para sacar lo mejor, de su capacidad para hacerlo, y de que yo confiaba en que todos podrían aprobar, que mi deseo más profundo era que pudieran sacar el curso con una victoria y pudieran sentirse orgullosos del trabajo que habían realizado, un alumno me dijo que nunca había oído a un profesor hablar de esa manera, que normalmente reciben reprimendas, y que nunca los habían valorado así. Yo siempre les digo que soy budista y que desde mi práctica los considero a todos personas maravillosas, y eso les hace gracia en un primer momento, pero luego he sentido que les hace más fuertes, que alguien confíe en ellos les hace esforzarse y mejorar.

Otro de los cursos que también ha sido difícil y todo un reto ha sido el de 2º de Bachillerato, cuarenta y cinco alumnos con edades comprendidas entre los diecisiete y los veinte años, y al ser el último curso, se ha añadido la presión de sacar buena nota para entrar en la universidad. He tenido la fortuna además de ser su tutora, así que no solo les he dado clases de Literatura Universal, sino que he podido hablar con ellos y sus familias durante todo el año.

En este curso más que en ningún otro he comprobado la importancia de tener una filosofía clara que te permita enfrentar todos los obstáculos pues desde el inicio del curso han surgido muchas dificultades. Para empezar era un curso demasiado numeroso y muchos alumnos no habían elegido esta materia, así que estaban enfadados con el centro y también conmigo. Además, no era un curso de buenos estudiantes, muchos de los alumnos tenían asignaturas pendientes, a otros no les interesaba entrar en la universidad por lo que solo querían aprobar con la nota mínima, y esto sumado a que eran una multitud, hacía muy difícil poder dar clases. Cuando empezaron a surgir los problemas decidí que era necesario la unión con las familias para que todos juntos, profesores, alumnos, padres y madres, tuviéramos claro cuál era el objetivo, y por ello convoqué una reunión extraordinaria antes de Navidad. Esto ha sido clave pues las familias pudieron ver que estábamos preocupados por sus hijos, y los alumnos también podrían recibir apoyo desde casa.

Al ser tantos alumnos me he encontrado además con que algunos de ellos tenían problemas personales muy graves, y además de mi hora semanal de tutoría les iba ofreciendo los recreos, mis horas libres, para hablar con ellos, no ya de Literatura sino de su vida, lo que a muchos les ha impactado. Como a la mayoría les faltaba unos ideales claros, unos valores que les pudieran ayudar, y al tratarse de chicos y chicas más mayores, cada día les iba transmitiendo mensajes positivos en los que he podido profundizar a través de las orientaciones del presidente Ikeda, sobre todo sobre la victoria y la derrota y sobre su potencial.

El curso empezó con un índice de suspensos de más de un 70% en la primera evaluación y ha terminado con un 45%, y todos los alumnos que se han presentado a las pruebas de acceso a la universidad han aprobado y en muchos casos con muy buena nota en mi asignatura, lo que ha hecho que tanto alumnos, como familias y la dirección del centro, me hayan felicitado por el trabajo realizado a lo largo del año. La ceremonia de graduación, al final de curso fue muy emocionante porque algunos alumnos se acercaron y me dieron las gracias por haberles ayudado, e incluso después de terminar sus exámenes han seguido viniendo al centro para hablar conmigo.

Mis compañeros también me han felicitado y ha habido algunos que se han interesado sobre mi filosofía de vida para abordar estas situaciones, a partir de ver cómo ha sido mi comportamiento durante todo el año y cómo he podido resolver los obstáculos.

Estos son ejemplos de que si no hubiera sido por mi fe, mi práctica budista y mi compromiso de alentar a cada persona, no habría podido enfrentar los obstáculos que fueron surgiendo, y no hubiera tenido la esperanza de que cada uno de esos jóvenes podía vencer al final.

[Nota: Un artículo relacionado fue publicado en la edición de octubre de 2011 de la revista SGI Quarterly.]

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