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Lazos enriquecidos por la gratitud

Andreja Nolan
Eslovenia y Australia

Andreja Nolan

Nací en Eslovenia. Los doctores le habían dicho a mi madre que no podría tener hijos, por lo que mi nacimiento fue un milagro. Mi madre siempre quiso tener una hija y me adoró. Siendo única hija, crecí muy mimada por mis padres, que siempre estaban atentos a mis necesidades. Mi padre era un hombre afable, generoso y servicial, que hacía cualquier cosa por mí, y pronto le perdí el respeto. Incluso, me sentí sofocada por el amor de mi madre. Así, me convertí en una chica rebelde, que contrariaba toda imagen que mis padres tenían de una mujer, detestando los vestidos y prefiriendo el color azul. Pasaba el mayor tiempo posible con mis amigos, por rechazo a mis padres. No podía evitar actuar de ese modo, aunque sentía remordimiento; sabía que mi padre hacía un gran esfuerzo por mí, a pesar de la artritis y un constante dolor en la espalda.

En 1989, conocí a David cuando él viajaba por Europa. A los veintisiete años, me casé con él y me mudé a Gerringong, Australia. Huí de mi familia porque no podía soportar escuchar a mi padre quejarse de su malestar físico; su sola presencia me exacerbaba.

En 2002, mi amiga Anita vino a visitarnos a David y a mí desde Eslovenia y se quedó con nosotros durante siete semanas. Aunque yo ya tenía siete años viviendo en Australia y tenía dos hijos, todavía me sentía sola. Anita era mi mejor amiga y era budista. Durante su estadía, le pregunté sobre la oración que entonaba, el Nam-myoho-renge-kyo. Ella me explicó que la práctica del budismo permitía lograr la iluminación en esta existencia. También me hizo darme cuenta de lo mala que era en hacer amigos y que siempre me sentía una víctima. Oramos juntas. Cuando Anita se fue empecé a asistir a las reuniones de diálogo en Wollongong. Poco después recibí el Gohonzon y ofrecí mi casa para la realización de reuniones.

Como el budismo me parecía algo bueno, se lo contaba a la gente, pero pocos se interesaban al grado de intentar orar o asistir a alguna reunión de la SGI. No comprendía por qué. Debido a la frustración, llegué a pensar que se debía a la idiosincrasia pueblerina, y que tal vez sería más feliz mudándome. Tardé mucho en reconocer mi arrogancia y darme cuenta de que la soledad y la falta de amigos eran producto de mi actitud. Pero, practiqué el budismo asiduamente y pronto comencé a ver cambios en mi vida. Gracias a las actividades de la SGI, que son una fuente de sabiduría y una importante guía, he aprendido a ser más compasiva, generosa, respetuosa y agradecida. Sé que toda persona posee el infinito potencial de la Budeidad y aprecio a la gente tal como es. Cuando siento aprecio, me siento liberada y feliz; cuando critico a otros, siento pesadumbre.

Por otro lado, decidí que debía cambiar la relación con mis padres, que causaba tanto sufrimiento a la familia. Al buscar orientación de mis predecesores, me dijeron que debía sentir agradecimiento por mi padre, tal como era, ya que, según el budismo, es uno quien elige a los padres. Quedé totalmente impactada por esa forma de ver las cosas. Decidí crear valor a partir de mis defectos: cambiar la terquedad por la tenacidad. Regresé a mi casa y oré con determinación para sentir gratitud hacia mi padre. Al día siguiente, recibí una llamada telefónica de mi padre. Era algo inusual porque yo era quien siempre llamaba desganada y temerosa de que la conversación se convirtiera en un extenso monólogo de mi padre sobre su enfermedad. Como siempre, le pregunté: "¿Cómo estás hoy? ¿Cómo está tu espalda?". Su respuesta fue: "Oh, no hablemos de mí, que no es interesante. Más bien, ¿cómo estás tú?". Era la primera vez que teníamos una conversación de doble vía. Nunca más volví a sentir frustración con él. Ahora siento agradecimiento por su amor y protección. Me siento contenta de haber logrado manifestar amor compasivo hacia mi padre estando él vivo.

Hace poco visité Japón, para un curso de capacitación de la SGI. Durante mi estadía, sentí profunda gratitud de tener un maestro de la vida como el presidente de la SGI, Daisaku Ikeda, quien atesora sinceramente a cada miembro de la SGI. Esta experiencia me hizo sentir que yo también quería convertirme en una persona capaz de cuidar a otras personas como él. Se trata de un tipo de vida ajeno al aislamiento y a la desdicha en los que estaba sumergida antes. La vida es valiosa y no podemos dejarla pasar efímeramente. El presidente Ikeda orientó en una ocasión que cuando uno vive encerrado en su propio egoísmo no es capaz de experimentar verdadera alegría; la vida cambia y se llena de sabiduría y misericordia, cuando uno va al encuentro de otras personas y comparte sus dolores y pensamientos. Por eso, estoy decidida a vivir como mi maestro, atesorando profundamente a cada persona que se encuentra a mi rededor.

[Nota: Un artículo relacionado fue publicado en la edición de junio de 2010 de la revista Indigo, de la SGI de Australia.]

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