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La riqueza de Benguela

Barbara Paterson
Namibia

Hace quince años viajé a Namibia, África, con la intensión de disfrutar de unas breves vacaciones antes de iniciar mis estudios doctorales. El destino me deparó algo diferente, ya que en aquella oportunidad conocí a mi esposo, un oficial de conservación de reservas naturales. Luego de mudarme de Alemania, a la Costa de Esqueletos con mi esposo –una de las zonas más inhóspitas del mundo— y batallar por un empleo y la residencia, perdí las esperanzas de proseguir mis estudios. En Namibia, yo era la única miembro de la SGI.

Luego, pude establecer una empresa de consultoría de proyectos ecológicos, cuyos clientes eran el estado y organizaciones no gubernamentales. Gracias a esto se dieron las condiciones favorables para continuar mi carrera universitaria. En 2002, año en que la SGI realizó la exposición “Semillas del cambio” en Johannesburgo, ingresé en el programa doctoral de la Universidad de la Ciudad del Cabo de Sudáfrica. La exhibición fue realizada en el marco de la Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Sostenible, por lo que a partir de ello, decidí promover yo también los valores de la Carta de la Tierra.

Al reanudar mis investigaciones de posgrado, concentrándome en el tema de la relación de la ética y la tecnología informática en la protección del entorno natural, pude ver el antagonismo existente entre lo ideal y la realidad de las necesidades de la gente y los subsecuentes daños causados al entorno. En Occidente, se tendía a pensar que el ser humano y la naturaleza eran entidades separadas, y que la presencia humana generaba efectos negativos en la naturaleza. El budismo, en cambio, considera que toda entidad viviente y su entorno están estrechamente conectados. Siendo budista, me pareció que el hecho de vivir en Namibia no era una coincidencia, así que decidí hacer algo para retribuir al país que me había adoptado.

Deseosos de contribuir con la sociedad, mi esposo y yo nos mudamos a la ciudad portuaria de Walvis Bay, Namibia, en 2008. Y, de manera excepcional, fui designada participante de un prestigioso programa post doctoral especializado en el manejo integral de la cuenca hidrobiológica de Benguela del Instituto de Oceanología de la Universidad de la Ciudad del Cabo. El litoral de Namibia es el núcleo del ecosistema de la corriente marina de Benguela, que recorre el Cabo de Buena Esperanza y el sur de Angola. La corriente alberga una biodiversidad considerable, destacable por la gran concentración de plancton, peces, aves y mamíferos. En nuestras costas aún se conservan muchos territorios vírgenes de extraordinaria belleza. Las cuotas de pesca se han regido siempre por la ciencia y la matemática. Sin embargo, la pesca irracional, el cambio climático y la pobreza son problemas que evidencian que la solución depende del factor humano. Debido a mi trabajo, converso con científicos, funcionarios gubernamentales, pescadores y representantes de la comunidad para comprender mejor cada tema. ¿Cómo piensan y qué sienten las personas en relación a los recursos hidrobiológicos y a la actividad pesquera? ¿Cuáles son los valores y las metas? Y más importante, ¿cómo rescatar puntos convergentes? La indagación multidisciplinaria para mejorar la gestión de la pesquería hace fehaciente la importancia del factor humano.

El mar puede mostrarse como una fuente de abastecimiento, como algo hermoso, aterrador y hasta destructivo. Para quien vive tierra adentro, el océano es algo alejado de su vida cotidiana. Para los pescadores que conozco, el mar es el centro de sus vidas. Para mí, el océano es un lugar increíble; es la clave para que la sociedad humana pueda volver a coexistir en armonía con la naturaleza.

[Nota: Un artículo relacionado fue publicado en el número de abril de 2010 de la revista SGI Quarterly.]

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