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Merezco ser feliz

Kyoko Muramatsu
Japón

Kyokyo Muramatsu (2.a de la izq.)Kyokyo Muramatsu (2.a de la izq.)

A las 5.46 de la mañana del 17 de enero de 1995, fuimos sorprendidos por una estruendosa y fuerte sacudida. Mi esposo, mis dos hijas, que estaban en la primaria, y yo estábamos durmiendo juntos. Nuestra casa empezó a derrumbarse y mi esposo, que trató de proteger a mi hija cubriéndola, perdió la vida instantáneamente. Todos quedamos atrapados entre los escombros. Mis hijas y yo no podíamos vernos mutuamente pero pudimos intercambiar algunas palabras. Al poco tiempo, la mayor dejó de responder. Aunque la menor y yo no podíamos movernos, aguardamos animándonos orando juntas Nam-myoho-renge-kyo y cantando canciones.

Luego, sentí el olor del gas. Estaba a punto de perder la conciencia por el humo, pero reaccionaba con los gritos de mi hija que me llamaba. Después de un tiempo, escuchamos la voz de alguien afuera. Grité: "¡Socorro, aquí!". Mi hija dijo: "Mamá, qué bueno que vinieron". Esas fueron sus últimas palabras. Aunque ya estaban ahí para salvarnos, ella cayó en un sueño del que jamás despertaría. Yo fui rescatada a las 11.30 am, cinco horas y media después del terremoto. Sentí que mi hija se había ido para darme la vida a mí.

Pasaron los años, pero yo no podía dejar de llorar. Mi vida ya no tenía rumbo; no comprendía porqué me había pasado eso. Mi esposo, mis dos hijas y yo –los cuatro— éramos felices, y, el terremoto me había dejado sola. "Mejor hubiese muerto con ellos", me decía. Aunque recobraba el ánimo cuando hacía actividades de la Soka Gakkai, cuando regresaba a mi casa, siempre a oscuras, me sentía demasiado sola. Era un gran esfuerzo soportar todo eso. No sentía ni una pisca de optimismo y me preguntaba cuanto más tendría que sufrir.

Un día, una antecesora en la fe me dijo: "Si no superas esto, ¿quién va a orar por ellos?". No comprendía porqué esa persona se comportaba así conmigo. Luego, supe que ella había estado orando sinceramente para que yo pudiese superar el pasado y el dolor. Sabía que sentir pena por mí no me ayudaría a salir adelante.

Poco a poco, comencé a entender por qué el presidente de la SGI, Daisaku Ikeda, siempre dice: "Dentro del budismo, ningún esfuerzo es en vano". "Quienes han sufrido más merecen ser felices". "Todos tienen el derecho de ser felices".

El 17 de enero de 2005, diez años después del Gran Terremoto de Hanshin-Awaji, experimenté un gran cambio. Me habían pedido pronunciar unas palabras en representación de los deudos de las víctimas, en un acto religioso conmemorativo que se celebraba anualmente en la prefectura de Hyogo. Ahí, dije lo siguiente:

Mi esposo e hijas seguirán viviendo por siempre en mi corazón. Estoy seguro que seguirán velando cálidamente por mí. Sé que los preocuparé y los haré tristes si sigo llorando. Las espesas nubes que cubrían mi corazón se esfumaron cuando decidí ser fuerte y perseverar pensando en otros que sufren como yo. (…) Los últimos diez años, han sido dolorosos y han estado llenos de pesar, pero siempre conté con el aliento de muchos compañeros. De ahora en adelante, he decidido que me esforzaré con todas mis fuerzas para vivir intensamente y dar un ejemplo de esperanza.

Al concluir mis palabras, muchas personas se acercaron para decirme que quedaron muy alentadas por mis palabras. Comprendí que uno puede brindar aliento a otros con fortaleza y alegría. Tal vez, sobreviví para cumplir con esa misión. Gracias a eso, ahora soy una persona más optimista.

A nuestros compañeros de la región de Tohoku, que sufrieron la catástrofe sísmica en 2001, quiero decirles:

Debe ser un momento muy duro para todos ustedes. El dolor no desaparecerá en un año ni en dos. Pero espero que salgan adelante, poco a poco, paso por paso. No hay necesidad de apresurarse. Cuando quieran llorar, lloren. Sean honestos con sus sentimientos. En los momentos de profunda pena, no es necesario que traten de ser fuertes. Pero no importa qué ocurra, no se aíslen. (…) Les prometo que llegará el momento en que comprenderán el significado de las dificultades que experimentan. Hasta que llegue ese momento, estaré orando profundamente por ustedes. No importa qué pueda pasar, por favor, no se alejen de la Soka Gakkai, ni de las guías de aliento del presidente Ikeda.

[Fuente informativa y fotográfica: Seikyo Shimbun, edición del 19 de enero de 2013.]

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