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Junko de Tohoku

Junko Sato
Japón

Junko Sato

En 2008, terminé la carrera de educación de la Universidad de Columbia con muchas expectativas. Sin embargo, poco después, mi padre fue hospitalizado tras sufrir un derrame cerebral y mi familia quedó a merced de las grandes deudas financieras que él había contraído. Debido a eso, regresé –sin planes concretos— a Tagajo, mi ciudad natal situada en la prefectura de Miyagi, en la región de Tohoku, en el nordeste del Japón.

En verano de 2009, me lastimé gravemente el pulgar. El doctor que me atendió no pudo tratar exitosamente las severas complicaciones que yo había sufrido, por lo que tuve que ir a otro centro médico. Fui atendida posteriormente en el más grande hospital de Tohoku, en donde la doctora me dijo que si me hubiera demorado una hora más, habría perdido el dedo.

En los meses siguientes, mientras me recuperaba, tuve mucho tiempo para orar Nam-myoho-renge-kyo y reflexionar sobre mi vida. Un caro recuerdo volvió a mi memoria. En enero de 2001, mi madre y yo hicimos un viaje de diez horas hasta la sede central de la Soka Gakkai de Tokio, para informar a nuestro maestro, el presidente de la SGI Daisaku Ikeda, que yo había logrado ingresar en la Universidad Soka de los Estados Unidos, como alumna de la primera promoción. Luego, fuimos invitadas a participar en la reunión de la sede central para responsables que se realizó al día siguiente. En la reunión, el presidente Ikeda brindó un discurso en el que hizo referencia a los alumnos de la primera promoción de la Universidad Soka de los Estados Unidos, y dijo que estaban presentes ahí varios nuevos estudiantes, entre ellos "Junko Sato de Tohoku". Al darme cuenta que hablaba de mí, me puse de pie inmediatamente. Entonces, el presidente Ikeda me felicitó por mis arduos esfuerzos y dijo que estaba feliz de que una persona de Tohoku estudiara en la Universidad Soka de los Estados Unidos que había creado. Sentí que estaba alentando a todos los miembros de Tohoku.

El hecho de que yo pudiese proseguir mis estudios en el exterior, era algo muy significativo para mi madre. En su juventud, ella se había hecho acreedora de una beca para los Estados Unidos, pero no pudo concretar el viaje debido a que sus padres no pudieron costear el pasaje.

Habían pasado ocho años de aquel encuentro con mi maestro. La memoria me hizo darme cuenta de que, por más impotente que me sintiese, yo tenía una misión que cumplir. Así que decidí que actuaría de acuerdo al espíritu que me inculcaron en mi alma máter y trabajaría arduamente para contribuir a la sociedad con una visión mucho más amplia.

En abril de 2010, comencé a trabajar para una fundación que apoya a los residentes extranjeros de Miyagi. Mi tarea era fomentar la educación internacional en las escuelas públicas.

El 11 de marzo de 2011, cuando el terremoto de 9.0 grados azotó violentamente Tohoku, yo me encontraba en la ciudad de Sendai, trabajando en el séptimo piso de un edificio gubernamental de diez plantas. Pronto quedamos aislados. Por la inseguridad del edificio, tuve que pasar la noche en el auto de un compañero de trabajo. Ahí, en medio de la oscuridad, supimos a través de la radio que un gigantesco tsunami había arrasado la ciudad de Tagajo, provocando cuantiosas víctimas mortales. Quedamos privados de agua, comida, gas y electricidad. Durante dos días, no supe nada sobre mi madre. La conexión telefónica quedó bloqueada y la única información que recibía era la que me llegaba de Tokio y los Estados Unidos. Un amigo me escribió al celular: "Rogamos que estés viva. Lo único que pedimos es que estés viva".

El 15 de marzo, mi hermano logró conseguir nueve litros de gasolina tras cinco horas de espera. Finalmente pudimos regresar a casa. Nada podría haberme preparado para las horrorosas imágenes que vi en las dos horas de viaje. Cuando llegamos, encontramos a nuestra madre en su automóvil con el gato. Subsistió en el carro, con una lata de atún y una botella de té, orando interminables horas. Cuando le dije a mi madre que no se preocupara porque yo estaba con ella, mi madre me respondió: "De ningún modo. Hay mucha gente que necesita ayuda. Vuelve a tu trabajo". Ese es el espíritu innegable de los miembros de la Soka Gakkai de Tohoku. Muchos perdieron sus hogares y familias, pero nadie dudó de que lo que estaba sucediendo era para transformar el veneno en medicina, en bien de todo el Japón. Los líderes locales de la Soka Gakkai, entre ellos mi madre, no se dejaron abatir; inmediatamente, se organizaron para recorrer los centros de evacuación con el objetivo de confirmar el bienestar de los miembros y alentarlos. Al trabajar con ellos, sentí convicción, esperanza y un indescriptible agradecimiento hacia la vida.

Cuando regresé a mi trabajo, el teléfono no dejaba de sonar. Eran las llamadas de personas de todo el mundo, que buscaban desesperadamente el paradero de sus seres queridos. Traducíamos imparablemente y fuimos a los albergues para para apoyar a los extranjeros que habían sobrevivido.

Lo único que quería era infundir esperanza en mi pueblo.

En mayo, asistí a la graduación de la Universidad Soka de los Estados Unidos, conmemorativa del 10º aniversario de su fundación. Se realizó también una reunión de ex alumnos, en donde me otorgaron la Distinción al Servicio Comunitario y compartí mi experiencia. Ahí, les pedí a mis compañeros que escribieran postales de aliento a los miembros de primaria y secundaria de Tohoku. Tenía sus datos y me encargué de enviar las postales por correo. Luego de regresar al Japón, he continuado apoyando a los damnificados en múltiples maneras.

Recientemente, el presidente Ikeda escribió: "Las montañas de beneficios, adornadas de los 'tesoros del corazón' acumulados por nuestros dedicados miembros de Tohoku, no se destruirán jamás". Todos tienen una misión única. Como "Junko de Tohoku", estoy decidida a dar ejemplo de las palabras de mi maestro y consagrar mi vida a mi pueblo, con visión de ciudadana mundial.

[Nota: Un artículo relacionado fue publicado en número del 17 de junio de 2011 del periódico de la SGI de los Estados Unidos, World Tribune.]

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