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Por el cambio comunitario

Jennifer Isidore
Reino Unido

Jennifer con sus hijos y un compañero de escuelaJennifer con sus hijos y un compañero de escuela

En el verano de 2008, fui testigo de un altercado entre una pandilla y un grupo de jóvenes cuando regresaba a mi casa del trabajo. Unos veinte chicos de 11 a 17 años de edad cruzaron rápidamente en frente mío colocándose unas máscaras, y empezaron a atacar a un grupo de adolescentes que estaba jugando fútbol en un parque. Un joven de la pandilla agarró violentamente a uno de los deportistas por la camiseta. Otros chicos se sumaron y la agresión se acentuó. Grité a toda voz para detener la pelea que podía producir víctimas fatales. Algunos frenaron, pero un chico cogió una rama y empezó a golpear a uno de los futbolistas y lo dejó ensangrentado. Le pedí a un hombre del vecindario que llamara a la policía con su celular.

Mientras el hombre hacía la llamada, un pandillero se me acercó y me preguntó si ofrecería mis declaraciones como testigo, porque él no quería verse inmiscuido en ningún problema. Los chicos que estaban jugando fútbol ya se habían dispersado. El chico de la pandilla, que se me había acercado, me contó que su padre había fallecido recientemente. Se había metido en problemas abatido por la tristeza. Me dijo que podía darse cuenta de que yo estaba genuinamente preocupada por ellos. Otros de sus amigos también se acercaron. Cuando les dije que debían parar con la violencia porque estaban destruyendo sus propias vidas con dicho comportamiento, todos asintieron. Al expresar de esa manera mis preocupaciones, sentí que estaba haciendo la causa para ese joven y sus amigos: una oportunidad de reconocer que querían hacer las cosas de otra manera.

En la misma época, un conocido me contó que su hermano menor había sido apuñalado en la parte exterior de la estación del subterráneo del Norte de Londres. Le expresé mi pesar y le dije que oraría sinceramente por la felicidad de su familia. Le conté sobre mi práctica budista y nuestro compromiso por la consolidación de un mundo pacífico. Nos hicimos amigos. Cada vez que tenía la oportunidad lo alentaba y oré Nam-myoho-renge-kyo por él y su madre.

Estos dos acontecimientos tuvieron un efecto grande en mí, ya que sentí que deseaba contribuir más.

Trabajaba como coordinadora de prensa y mercadeo para un festival musical organizado por una reconocida organización artística de Londres. El evento presentaría a destacados artistas de diversas comunidades londinenses. Había decidido trabajar para dicha organización porque admiraba la forma en que creaban la oportunidad para fomentar el diálogo intercultural verdadero. En especial, sentí que concordaba con la visión del presidente de la SGI, Daisaku Ikeda, sobre la misión social del arte y la cultura. A pesar de que tenía que trabajar muchas horas con un salario bastante limitado, me sentía satisfecha de con mi puesto. Lo que más me impresionó fue el gran festival islámico que la organización ofreció en 2001, tras los ataques terroristas del 11 de septiembre, en los Estados Unidos. Un gran número de artistas islámicos de todo el orbe pusieron todo de su parte para que las personas comprendiesen la compleja diversidad y diferencias que existían en las comunidades islámicas. El festival brindó información básica sobre el islam y coadyuvó a contrarrestar la imagen negativa que había inundado los medios masivos. En dicha ocasión, obsequié a mi jefe el libro Civilización global, en el que Majid Tehranian y Daisaku Ikeda dialogan sobre el islam y el budismo.

Justo en la misma época, los miembros de la SGI de mi localidad estábamos planificando una posible presentación de la exhibición "Gandhi, King e Ikeda: Un legado para la paz", creada por la Universidad Morehouse de los Estados Unidos. Mi jefe, que conocía de este proyecto, me invitó a la inauguración del Festival de la No Violencia organizado por la Fundación Gandhi en la Biblioteca Británica. Durante el evento, mi jefe me presentó a uno de los más famosos especialistas en Gandhi del país, que había escrito un informe sobre el futuro multicultural del Reino Unido, que tuvo un importante impacto en el gobierno. Los jóvenes son quienes sufren más en una sociedad en donde la violencia es considerada algo inevitable. La prensa nacional transmite sobre los fallecidos en los conflictos de Afganistán e Iraq, y los medios locales transmiten sobre la muerte en las calles de nuestros jóvenes.

Después de los ataques terroristas ocurridos en Londres en 2005, se generalizó la violencia causada por las tensiones. En dicha época, participé en un curso de preparación para trabajar en el Centro para la Reconciliación y la Paz de San Ethelburga, Bishopsgate, Londres. El centro había sido construido en el terreno donde había existido una pequeña iglesia, que había sido destruida por una bomba del IRA en 1993. En el curso nos enseñaron sobre la vida y la obra de Martin Luther King (h.), y el movimiento de los derechos civiles de los Estados Unidos en la década de 1960. Me pareció que la tenacidad, la valentía, la fortaleza y la determinación de Martin Luther King, de ponerse de pie contra la violencia y la opresión con medios pacíficos, coincidía con la filosofía budista de Nichiren. El budismo enseña que el ser humano tiene la capacidad de cambiar internamente, y que mediante dicha revolución humana, la persona puede generar cambios en la sociedad, como consecuencia de la transformación interior de los individuos. Me pareció que estas oportunidades estaban surgiendo porque yo estaba buscando soluciones pacíficas al conflicto que veía en mi entorno.

Posteriormente, la organización artística fue reconocida por primera vez con el rango de entidad asociada al BBC para festivales musicales, y logramos una amplia cobertura local y nacional en los medios. Dejé el trabajo con la plena satisfacción de que había logrado todas mis metas. Inclusive, nuestra organización fue nominada para el Premio Routes Princess Margaret por la Diversidad Cultural en 2008, concedido por la Fundación Cultural de Europa.

En una nueva etapa de mi vida, estoy capacitándome en la Escuela de Emprendimiento Social de Londres. Estoy trabajando con un proyecto propio, dedicado a apoyar y empoderar a los jóvenes mediante el cambio positivo de la juventud. El proyecto está basado en los principios de la Carta de la Tierra y combina la narración de cuentos con talleres artísticos. Además, el proyecto incluye la creación de una base de datos electrónica sobre obras de arte y ejemplos de personas que aplican los principios de la Carta de la Tierra en su vida cotidiana. Este trabajo es parte del compromiso que asumí de trabajar por los jóvenes de mi comunidad.

Creo que cuando uno basa sus acciones en la oración por la felicidad de los integrantes de su familia y su colectividad, todo cuanto hace diariamente –interactuando con la gente, dialogando, estrechando lazos de amistad y superando el miedo y la desconfianza, paso a paso— sirve a la creación de un mundo pacífico.

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