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Escuchar con el corazón

Izumi Nakano
Japón

Izumi Nakano (izqz) acompaña a una pacienteIzumi Nakano (izqz) acompaña a una paciente

Soy coordinadora de servicio médico y confecciono programas de tratamiento individualizado, conectando a los pacientes con las instituciones que podrán brindarle los servicios que precisan. Hasta el desastre sísmico del 11 de marzo de 2011, yo trabajaba y vivía en la ciudad de Futaba, a cuatro kilómetros de la central de energía nuclear Nº 1 de Fukushima. Pero la catástrofe telúrica produjo la fusión de tres reactores y los habitantes de un radio de veinte kilómetros fuimos evacuados.

Después de que mi esposo y yo nos trasladamos a uno de los albergues, no tuve forma de comunicarme con los pacientes que tenía a cargo. Lo único que podía hacer era orar por su bienestar. Con el transcurso del tiempo, supe de su terrible situación. Una mujer que no estaba en condiciones de ser movida de su cama, perdió la vida en el asiento de pasajeros de un ómnibus que la trasladó durante muchas horas hasta un refugio, tras habérsele negado la acogida en el primer albergue por estar lleno. A otro hombre, se le negó la estancia en una residencia médica de otra prefectura, porque el personal tuvo miedo de la contaminación por radiación.

A fines de abril, me mudé a la ciudad de Iwaki, en donde empecé a trabajar con el sistema municipal en la difícil labor de buscar residencias temporales para los pacientes de alta edad que antes vivían en asilos. El accidente nuclear obligó a muchos a iniciar una nueva vida en lugares desconocidos. Sufrían de muchas limitaciones en la vivienda. Sus familias fueron divididas. Algunos se lamentaban: "Desde que me trajeron a este albergue no tengo motivación", "No conozco a nadie. Me siento solo". La gente ansiaba volver a su hogar. Los ancianos manifestaron efectos negativos en su salud, y algunos perdieron la capacidad de caminar. Muchos pacientes sufrían en silencio porque pensaban que nadie los entendería.

Yo también quería retornar a mi tierra natal, a Futaba. A veces, en el camino a mi casa, no podía contener las lágrimas. Los miembros de la Soka Gakkai me brindaron su aliento en esos momentos difíciles. Decidí salir adelante con la oración del Nam-myoho-renge-kyo, con el objetivo de lograr un cambio significativo en mi relación con los pacientes. Fui cambiando mi actitud. Traté de alentarlos sinceramente, asegurándoles que no estaban solos, y traté de visitarlos con más frecuencia para brindarles mi apoyo. Traté de hablar menos y escuchar más. A veces, les decía bromas para hacerles reír. Gradualmente, los pacientes comenzaron a abrir su corazón y a confiar más en mí.

Un día, una señora anciana comenzó a llorar en mis brazos. Se sentía impotente y pensaba que era una carga para su familia. Me dijo que hubiese sido mejor morir en el terremoto. Yo la consolé y le dije que el sólo hecho de vivir era de por sí maravilloso, que la vida es lo más valioso que tenemos. Lloramos juntas. Percibí una tenue luz al otro extremo del oscuro túnel por el que avanzaba. Ahora, siento optimismo cuando aliento a las personas que han sufrido como yo. Haber vivido en centros de evacuación no ha sido en vano. Cada día, la vida me presenta grandes retos. Per me siento realizada porque pienso que mi experiencia de superación puede infundir esperanza a otros. Cuando volví a ver a la señora, ella estaba de buen ánimo. Me contó que había podido hablar con su familia. Luego, me preguntó si estaría a su disposición si me necesitaba nuevamente. Yo asentí con una sonrisa y le dije que en la próxima oportunidad, a mí me gustaría escuchar sus consejos.

[Fuente informativa y fotográfica: Seikyo Shimbun, diario de la Soka Gakkai del Japón.]em>

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