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Innovación educativa

Nigel Straker
Reino Unido

En 1979, me inicié como profesional de la educación, una carrera que me encantaba pero que siempre me causó inseguridad debido a las escasas oportunidades que existían para las personas de raza negra. En 1985, comencé a practicar el budismo de Nichiren. En 1986, perdí mi empleo tras una gran reestructuración municipal, a pesar de que había realizado un trabajo de excelencia durante seis años y medio. Luego, el departamento de educación municipal me designó un puesto temporal en un colegio que estaba por cerrar; y, acepté el empleo, a pesar de la evidente desigualdad con que se me trató.

uk_nigel_straker.jpg Profesor Nigel Straker y sus estudiantes

Tres años después, cuando mi contrato estaba por terminar, supe que el coordinador del cuerpo docente estaba formando un equipo de profesores para otra escuela nueva para alumnos de 11 a 16 años de edad, y que aún había algunos cargos disponibles. Así que decidí presentarme como aspirante, tras orar intensamente, basado en la comprensión de la filosofía budista que había adquirido gracias a las actividades de la SGI. Estaba decidido a transmitir no solo mis aptitudes profesionales si no mis cualidades humanas, ya que el trabajo en cuestión consistía en desarrollar iniciativas comunitarias que beneficiaran al centro educativo y a la sociedad involucrando a los padres de familia. La entrevista fue fijada para un lunes. El fin de semana anterior, se me presentaron dos opciones: prepararme en mi casa para la entrevista o colaborar con la visita del presidente de la SGI, Daisaku Ikeda (mayo de 1989). Escogí la segunda opción y pasé el fin de semana en el Gran Centro Cultural de Taplow Court prestando apoyo en el transporte de los miembros que se trasladaban de una actividad a otra, con la convicción de que estaba haciendo una buena causa en mi vida a través de ese sincero esfuerzo. Cuando me presenté a la entrevista, el coordinador del cuerpo docente me ofreció un cargo de gestión académica, que acepté. Paralelamente, en la SGI, fui nombrado responsable de un cabildo del oeste de Londres. Mi vida estaba empezando a ser un reflejo de mi práctica religiosa. El lema de la escuela ("No os olvidéis del don que poseéis") coincidía perfectamente con mis convicciones religiosas y respaldaba la filosofía del budismo que expone que todas las personas poseen de manera inherente una condición de vida increíble que permite lograr la felicidad individual y colectiva. En el nuevo centro de aprendizaje descubrí que solo el treinta por ciento de los alumnos que rendían la evaluación del Certificado General de Educación Secundaria (GCSE, por sus siglas en inglés) obtenía notas aprobatorias; sin embargo, tras ingentes esfuerzos, este número se elevó al sesenta por ciento, y actualmente, ha llegado al ochenta y cuatro por ciento. En 2002, mi jefe me solicitó elaborar una nueva guía pedagógica para nuestra escuela. Al hacerlo incluí un párrafo que abogaba por la inclusión. Si un estudiante manifestaba animadversión o desafección, buscaríamos las razones. Tras aunar esfuerzos con el asesor de asuntos educativos, consejeros externos y especialistas hicimos que la palabra "dificultad" resultase una "oportunidad" para todos.

En la “Declaración de Educación en el siglo XXI” redactada en la Reunión Internacional de Educadores de la SGI, celebrada en octubre de 1985 en Hiroshima, dice: "Nos comprometemos a trabajar por el desarrollo y la solidaridad de los educadores que, basados en su propia revolución humana, inspiren las vidas de los jóvenes con su compasión y sabiduría". Teniendo en cuenta esto y al reflexionar sobre el énfasis que los tres primeros presidentes de la Soka Gakkai han dado a la educación, decidí que me consagraría al desarrollo de los jóvenes a través de la docencia y, a la vez, buscaría mi propio crecimiento y transformación personal. Veía en cada uno de mis estudiantes muchos "pequeños budas" que aguardaban la oportunidad de hacer florecer su potencial. Aunque antes sentía que la educación presentaba innumerables trabas –en la parte de la dirección, los alumnos y los padres de familia—, ahora que había adquirido una nueva perspectiva, los obstáculos se convirtieron en una fuerza propulsora que me permitía crecer y vencer la ignorancia, es decir, mi propia oscuridad fundamental. El primer presidente de la Soka Gakkai, Tsunesaburo Makiguchi, sostenía que los maestros debían cumplir una función orientadora en un proceso de aprendizaje en el que la adquisición de conocimientos era un factor secundario. El principal propósito de la educación era la formación del ser humano orientándolo hacia la felicidad y la creación de valor. Yo deseaba ser un profesor que sirviese de inspiración a los jóvenes y causara un impacto positivo en sus vidas.

En 2003, decidí inscribirme en un curso de la Fundación Nacional para la Enseñanza Empresarial, que me permitiría contribuir al empoderamiento juvenil y mostrar a los jóvenes que pueden responsabilizarse de sus vidas, encontrar un sentido y un objetivo en ellas y emprender acciones para mejorar sus situaciones. Así, apoyé a los estudiantes a recibir la financiación de hipotecas para iniciar pequeñas empresas, las cuales eran de las más variadas gamas, y los asesoré para que mantuvieran una actitud positiva, vieran oportunidades en los obstáculos y fuesen reconocidos por su solvencia, confiabilidad, reputación y honradez. Aquellos jóvenes que una vez mostraron desinterés se convirtieron en personas comprometidas y entusiastas, que estaban generando un gran provecho. En 2005, los jóvenes empresarios concursaron en un programa de administración de un banco municipal. Los chicos de nuestro colegio ganaron los dos primeros premios y un viaje a Nueva York. Poco después, recibí una carta de la Fundación Nacional para la Capacitación Empresarial que me ofrecía una beca para estudiar en la Universidad de Columbia, en un programa en el que participaban los más brillantes y experimentados jóvenes empresarios. Cuando regresé a Inglaterra, propuse al coordinador de docentes introducir cursos de administración en el currículo general de nuestra institución. Ahora nuestro centro educativo ofrece programas de administración de empresas para adolescentes desde los diez a once años de edad, lo que permite que los muchachos adquieran el control de sus estudios y de sus vidas. Desde la perspectiva de la pedagogía, los conocimientos de gestión empresarial no sólo sirven para generar ganancias; sino que también permiten a los jóvenes sentir un mayor entusiasmo por la vida, encontrar nuevas posibilidades, ser responsables y resueltos, y cultivar su sabiduría, conocimiento y comprensión de la vida.

[Nota: Un artículo relacionado fue publicado en la edición de marzo 2009 de Art of Living, revista de la SGI del Reino Unido. Crédito fotográfico: Ayse Hassan.]

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