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Hacer una diferencia

Lulu McLennan
Reino Unido

Lulu ante un Árbol de la Paz. Crédito fotográfico: Denis Bourg
Lulu ante un Árbol de la Paz. Crédito fotográfico:
Denis Bourg

Tengo veintiocho años de edad. He tenido la buena fortuna de haber nacido en una familia que profesa el budismo de Nichiren. Sin embargo, para mí, la práctica budista fue un desafío. Al inicio, albergaba tantas dudas sobre esta religión que hacía muchas preguntas y necesité del continuo apoyo de otras personas. La mayor parte de mi vida mantuve una fe como "una llama de fuego", es decir, oraba largas horas sólo cuando me sentía inspirada o tenía un problema grave. El resto del tiempo, me bastaba con orar un par de minutos al día. Estaba convencida que el budismo de Nichiren funcionaba para los demás pero no para mí.

En 2006, decidí participar en las actividades de un grupo de la División Juvenil Femenina de la SGI que apoya tras bastidores el buen funcionamiento de las actividades que se realizan en el Gran Centro Cultural de Taplow Court, el principal local de reuniones en el Reino Unido. Disfruté tremendamente de las actividades ya que estaba desesperada por profundizar mi práctica budista. Todos me decían que mi vida cambiaría, pero en realidad yo no quería que mi vida cambiara: ¡Tenía un maravilloso trabajo, una maravillosa familia y un maravilloso novio!

Como parte de las actividades del grupo, nuestras compañeras nos recomendaron leer los primeros dos volúmenes de la novela La nueva revolución humana, escrita por el presidente de la SGI, Daisaku Ikeda. La obra es un relato de cómo se propagó mundialmente el budismo de Nichiren. La lectura del libro me pareció inspiradora; sin embargo, al principio, me sentí incómoda con el contenido del libro que estaba centrado en las actividades del señor Ikeda.

Trabajo como enfermera especializada en pediatría, en la unidad de emergencia de un hospital londinense para niños. El centro médico está ubicado en una zona entre el límite de Lambeth y Southwark, dos de los distritos más pobres de la metrópoli inglesa. Una considerable cantidad de vidas infantiles se ven afectadas por la violencia y los problemas asociados a la carencia económica. En mi hospital tenemos que lidiar cotidianamente con situaciones verdaderamente desagradables; yo estaba tan acostumbrada a esto que raramente sentía tristeza por lo que veía. Mis colegas tampoco se dejaban afectar; estaban aburridos; es más, sentían que nadie valoraba su labor. En conclusión, éramos un conjunto de personas infelices.

A comienzos de este año mi madre participó en un curso de estudio de budismo en el Japón. Fue sorprendente cómo este viaje influenció mi vida. Pronto me di cuenta que quería entonar más daimoku, y deseaba con intensidad comprender la importante relación de maestro y discípulo que expone el budismo.

Fue claro que desconfiaba de mi propia capacidad para generar cambios. Comprendí por qué el presidente Ikeda escribe palabras tan llenas de convicción. Él ha hecho cosas sorprendentes, se ha encontrado con personalidades y se ha esforzado mucho para crear un mundo pacífico. Lo hizo porque tuvo un gran mentor de vida, Josei Toda. ¿Quién dejaría de narrar orgullosamente tal experiencia? Logró todo eso en su condición de una persona que tiene problemas en la vida como cualquier otra. Sentí que era como si estuviese clamando: "¡Si yo puedo hacerlo, todos pueden!".

Poco después de comprender esto, sentí que tenía que impulsar cambios en mi propio trabajo. ¿Qué podía hacer yo para generar ese cambio? Cuando me di cuenta estaba escribiendo unas propuestas sobre el área de niños de la unidad de emergencia que titulé "Una visión de paz".

La propuesta fue producto de mis oraciones sinceras. El texto comenzaba con una cita del presidente Ikeda: "Si estamos soportando un invierno que parece interminable, jamás abandonemos las esperanzas. Mientras mantengamos las esperanzas, la primavera llegará sin falta".

Una de las cosas que proponía era crear un "árbol de sueños" donde todos los niños, los padres y el personal del hospital pudieran escribir sus ideales o sus sueños en unas hojas y ponerlas en el árbol. Decidí entregar la propuesta escrita al especialista de Accidentes y Emergencias, la jefe de enfermeras, la encargada de enfermería, y a todas las personas con las que trabajaba.

Así que oré y, al día siguiente, fui a trabajar con una tanda de "Una visión de paz" bajo el brazo tembloroso. Cuando llegué supe que la noche anterior había ocurrido un terrible deceso. Dudé por un momento, pero lo superé prontamente, y empecé a repartir mis propuestas.

Más tarde, la jefe de enfermeras se acercó a decirme que mis ideas le parecieron inspiradoras y me preguntó cuándo podría poner manos a la obra. El especialista de Accidentes y Emergencias se mostró complacido de que alguien tuviera esa creatividad.

Una joven miembro de mi distrito, dentro de la organización de la SGI del Reino Unido, pintó un hermoso árbol, que coloqué en una pared del hospital, en una noche de febrero, junto con una cita del presidente Ikeda que me había servido de inspiración. Mis compañeros de guardia se emocionaron y escribieron sorprendentes sueños.

El árbol ahora está literalmente repleto de los sueños de los niños, los padres y el personal. Ahora planeamos pintar un mar de sueños.

Me gustaría aprovechar mi vida para generar más cambios. Me niego a aceptar la idea de que los niños nacen con el deseo de matar, como algunos piensan, puesto que es un comportamiento que se aprende. Estoy decidida a utilizar mi existencia para asegurar que, de algún modo, los niños de Southwark y Lambeth aprendan un camino diferente, pues prevenir es mejor que curar. Si logro cambiar aunque sea un día de la vida de una persona o darle a un niño la capacidad para creer en sus sueños, entonces podremos lograr más cosas que atenernos a atender sus enfermedades o sanar sus heridas. Después de todo, la salud es mucho más que sólo la ausencia de la enfermedad.

Ahora comprendo que nada ha sido desperdiciado, incluso la pequeña cantidad de daimoku que entoné, gracias al continuo apoyo de mi familia y muchos miembros de la SGI. Ahora valoro más la relación de maestro y discípulo del budismo. Tengo la postura de práctica que siempre anhelé. Considero que éste es mi mayor beneficio. ¡Me llena de entusiasmo pensar qué vendrá luego!

[Nota: Un artículo relacionado fue publicado en la edición de enero de 2008 de la revista Art of Living de la SGI del Reino Unido.]

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