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El círculo de la vida

Gwen Harris
Estados Unidos

Gwen Harris (primer plano) con su esposo e hijos [©Kingmond Young]Gwen Harris (primer plano) con su esposo e hijos [©Kingmond Young]

Mi padre tenía sesenta años de edad cuando yo nací. Crecí en una familia feliz, como hija única, rodeada del amor de mi padre, mi madre –treinta años más joven que él— y mi abuela materna. Conocí el budismo de Nichiren en 1975, cuando tenía catorce años. Mis padres se aunaron a la práctica budista siete años más tarde, luego de ver los cambios que se produjeron en mí.

Mi padre fue diagnosticado con la enfermedad de Alzheimer poco después de cumplir los ochenta años. Ese mismo año, quedé embarazada de mi hijo, el primero de los tres. Mi esposo y yo decidimos mudarnos a la ciudad en donde residían mis padres. En su etapa inicial, los síntomas de mi padre no eran muy serios y mi madre se encargaba de cuidarlo. Mi abuela vivía con ellos. Posteriormente, gracias a los ahorros que hicimos mi esposo y yo, pudimos adquirir una casa para vivir juntos. Cuatro generaciones de practicantes del budismo juntos… Cada integrante de la familia con sus puntos fuertes y débiles… Mi abuela y mis padres tenían dificultades para caminar y hacerse cargo de sus necesidades cotidianas, pero eran muy diestros en doblar la ropa lavada, leer cuentos repetidas veces y acunar a un bebé tiernamente por horas. Mi esposo y yo nos hacíamos cargo de los gastos diarios. Era un hogar maravilloso, lleno de amor compasivo.

Sin embargo, cuando se agravó su salud, se hizo muy complicado vivir juntos. Mi madre y abuela ya no podían usar las escaleras de la casa; y, mi padre desarrolló comportamientos agresivos y violentos que asustaban a los niños. Luego, mi esposo y yo perdimos nuestra capacidad de dar sustento a toda la familia. Para mí fue difícil aceptarlo. Pero después, encontramos un maravilloso asilo de ancianos para mi padre en Hawái. Mi abuela se mudó también a Hawái para vivir con su otra hija. Mi esposo y yo ayudamos a que mi madre y su hermana pudiesen vivir en un departamento cercano con ascensor.

El proceso de reubicación y de tratamiento de la vejez duró unos doce años. Como yo estaba a cargo del poder notarial de mis padres y abuela, tuve que tomar muchas decisiones con respecto al cuidado médico y el seguro social de todos ellos. Esto incluyó cirugías coronarias y cerebrales, diálisis, así como tratamientos de nutrición artificial e hidratación. Cada vez que debía tomar una decisión, me valía del consejo de los doctores, y de la sabiduría y la convicción que me daba la práctica budista. Pude afrontar todo esto gracias a la filosofía budista, el apoyo de los miembros de la SGI de mi comunidad y el amor de mi familia.

Con una diferencia de dieciocho meses, mi padre, mi abuela y mi madre fallecieron uno tras otro. Mi padre murió pacíficamente en el hospicio a los noventa y cuatro años. Mi madre falleció en una cama clínica que habíamos colocado en la sala de nuestra casa, cuando mis hijos oraban, jugaban y hacían sus tareas. Me siento orgullosa y agradecida de que mis hijos tuvieron la oportunidad de estar con su abuela cuando murió, en un ambiente de amor y calidez, y de que mi madre no falleció desapercibidamente en un cuarto de hospital frío y distante. El mayor regalo que nos dieron mis padres fue el no temer a la muerte.

Decidí que crearía valor de esos doce años de intensa lucha. Regresé a la universidad para hacer una maestría en gerontología y obtuve un certificado de tanatología (la disciplina que estudia el fenómeno de la muerte), con el deseo de ayudar a otras familias que deben hacerse cargo del cuidado de sus padres de edad y de sus hijos menores en la misma época.

Ahora trabajo como gerontóloga con un equipo de cuidados paliativos. Ayudamos a personas de edad avanzada y a sus familiares para que puedan lidiar con la vejez, la enfermedad y la muerte. El presidente de la SGI, Daisaku Ikeda dice que cuando una persona logra enfrentar la realidad de la muerte puede extraer ilimitada creatividad, valentía y alegría en cada instante de su vida. Siento mucho agradecimiento por la práctica budista, a través del cual aprendí a comprender que cada reto es una oportunidad para construir la felicidad propia y la de mis seres queridos.

[Fuente informativa y fotográfica: SGI Quarterly, octubre 2012.]

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