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Combatí la depresión

Greg Johns
Australia

Greg JohnsGreg Johns

Crecí en una familia subyugada por el alcoholismo de mi padre. De niño viví sumido en la angustia, aterrado de que llegase el fin de semana y mi padre desatase su furia sobre mí, mi madre y mis seis hermanos. Era un chico inseguro y además obeso, debido a los efectos de los esteroides que tomaba para combatir el asma. Nunca rendí bien en la escuela porque faltaba mucho a clases. Sufría en el colegio. Detestaba la arrogancia de los maestros y el trato abusivo de mis compañeros.

Raras veces me sentía contento u optimista. Me habían inculcado en la escuela que la felicidad llegaba después de la muerte. Cuando comprobé que mis oraciones y las de mi madre nunca daban resultado abandoné la religión. Me sentía una persona incapaz de experimentar felicidad. Pensaba que nadie comprendía mi dolor. Lleno de ira, cinismo, angustia, desdén, inseguridad y temor construí una especie de coraza para no interactuar con los demás. Esta forma de pensar marcó mi comportamiento.

Cuando yo tenía quince años, mis padres se separaron y mi depresión empeoró. Comenzó un ritmo de vida muy fuerte en el que tenía que pasar dos días con mi madre y luego, el resto de la semana, con mi padre a quien odiaba. Por amor a mi madre, pude contener el deseo de suicidarme o de recurrir a las drogas o al alcohol.

Luego, empecé a desfogar la frustración y el sufrimiento tocando la guitarra. Lo mismo hice con la batería. Además, empecé a trabajar en un supermercado. A pesar de que trabajaba duro, había perdido peso, me había hecho una persona más social y estaba tomando lecciones de batería, todavía no podía sentir entusiasmo ni optimismo. Al terminar el colegio, me mudé con mi madre. Luego, mi padre enfermó. Esto lo obligó a dejar de beber. Y vivió con mi madre hasta que él falleció.

Luego, me mudé a una ciudad más grande y me dediqué enteramente a la música. Conocí a Marie, con quien me casé y he mantenido un matrimonio feliz. Hemos tenido dos hijos maravillosos.

Cuando yo tenía veintidós años, conocí a Keith Stirling, que al unirse a nuestra banda me dijo: "Entona Nam-myoho-renge-kyo si quieres ser un mejor percusionista". Y así lo hice. Mi cambio fue tan grande que luego del paso de unos meses, mi esposa y varios amigos estaban entonando conmigo Nam-myoho-renge-kyo. Pero no sabíamos de qué se trataba, así que recurrí a Keith nuevamente, quien me explicó más sobre la filosofía budista de Nichiren. Al cabo de poco tiempo, empezamos a tener en mi casa pequeñas reuniones de diálogo a ritmo semanal, en la que participaban jóvenes y estudiábamos las orientaciones del presidente de la SGI, Daisaku Ikeda. Los escritos del señor Ikeda me infundían ánimo. Muchos miembros de la SGI me prestaron todo su apoyo en los inicios de mi práctica. Uno de ellos, me ayudaba a estudiar los escritos de Nichiren haciendo todas las semanas un viaje de tres horas hasta mi casa.

El budismo me permitió apreciar más mi vida. Al sentir fortaleza para encarar la depresión, vi que un cambio importante había ocurrido en mi vida. La filosofía budista me había dado esperanzas. Dejé de sentirme infeliz porque el budismo nos incentiva a apoyar a otras personas a ser felices. No fue necesario desechar mi pasado o escapar de él porque la dolorosa experiencia me había hecho una persona capaz de comprender el sufrimiento ajeno. Ahora creo en mi potencial y en el de los demás. Todos podemos transformar nuestras vidas sin importar en que situación nos encontremos o cuál haya sido nuestro pasado. Como lo dice Nichiren, todo ser humano puede hacer emerger el estado más sublime de Budeidad. Comprendí que podía contribuir a la sociedad en base a esa convicción que me permitía valorar a otros por su humanidad y establecer lazos sinceros con las personas. Ahora, para mí, la felicidad es un estado que se manifiesta cuando nos desafiamos, y combatimos las dudas y los temores mediante la oración y el diálogo. El budismo es accesible a todos y está centrado en el ser humano. Me ha permitido reflexionar y superar el aislamiento en que me encontraba. Jamás hubiera imaginado lo maravillosa que podría ser la vida. Existen infinitas posibilidades para cambiar y crear valor.

En 2007, la SGI de Australia inauguró la exhibición "El alba raya tras la noche: Creatividad contra la depresión", la cual ha sido mostrada en diversos lugares del país. Mi experiencia me permitió participar en el proceso de creación de la muestra. El mensaje que quisimos transmitir fue que la depresión puede ser combatida con creatividad, mediante el diálogo, cuando se adquiere un sentido de propósito en la vida.

Me siento eternamente agradecido a mi maestro de la vida Daisaku Ikeda, a mi esposa, mis hijos, mis padres y mis compañeros de la SGI, que me brindan la oportunidad de crecer y aprender todos los días. Estoy decidido a esforzarme para enriquecer la relación con quienes me rodean. Las reuniones de diálogo que se hacen en mi casa desde hace veintiocho años, continúan realizándose cada dos semanas. Estoy convencido de que estos encuentros de diálogo a pequeña escala son extremadamente importantes. El señor Ikeda dice que el propósito del movimiento de la SGI es alentar a las personas a crear valor y contribuir a la sociedad y a la paz mundial. También afirma que "La gran revolución humana de un solo individuo ayudará a imprimir un cambio en el destino de una nación y, más aún, podrá generar un cambio en el destino de toda la humanidad".

[Nota: Un artículo relacionado fue publicado en la edición de Abril 2011 de Art of Living de la SGI del Reino Unido. Fuente fotográfica: Greg Johns.]

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