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El poder de Nam-myoho-renge-kyo

Neil Butterfield
Reino Unido

Neil Butterfield

"Aló, papá, tengo un problema. Anoche salí con mis amigos y, esta mañana, al despertarme, me di cuenta de que la refrigeradora está vacía. Quiero comer algo. ¿Puedes traerme diez libras?". Esta llamada desconcertante de mi hijo la recibí cuando estaba atendiendo a una mujer en la tienda del Gran Centro Cultural de Taplow Court de la SGI del Reino Unido. Su pedido, a pesar de mi amor paternal, me causó exasperación. Me dije: "Debería ignorarlo; él se las puede arreglar solo mientras su madre está de vacaciones". Mi ex esposa lo había criado con muchos consentimientos y nunca le había dicho "no", de modo que no aprendió a solucionar sus propios problemas. Yo, por mi parte, nunca traté de comprender a mi hijo y le negué muchas cosas. Lo primero que cruzó mi mente fue: "Es imposible que ese chico haya arrasado con toda la comida de esa enorme nevera americana en sólo diez días. Tal vez esté tramando algo". Así que le dije a mi hijo que estaría allí dentro de dos horas.

Al colgar el teléfono, mi clienta me dijo que también tenía un hijo que le hizo pasar muchos sustos y disgustos, pero que la relación con él cambió gracias a una orientación que recibió. Yo nunca había recibido una orientación individual, así que le pregunté qué le habían dicho. La mujer continuó afablemente: "Yo tenía poco tiempo practicando el budismo como usted. Me dijeron que debía respetar la dignidad entera de mi hijo y que él cambiaría cuando yo realmente sintiera respeto por él desde lo profundo de mi ser. Aunque no comprendí cabalmente cómo cambiaría mi hijo, yo sabía que no había sido del todo compasiva con él, así que oré fervientemente por su felicidad".

Mientras manejaba mi auto hacia la casa de mi ex esposa, reflexioné sobre muchas cosas. Él era mi primer hijo, el mayor. De chico, a diferencia de sus dos hermanas, solía reprobar las materias de la escuela, pero solía jugar bien el fútbol. Como a mí me gusta el deporte, lo alenté a integrar los equipos de fútbol de la localidad y a inscribirse en la academia del equipo nacional. Pero él no iba a los entrenamientos, llegaba tarde a los partidos y se escurría cuando podía. Traté de convencerlo para que cambiara su actitud, pero nunca lo hizo. Pensé que se debía a la timidez e incluso a la flojera. Empezó a beber alcohol a los diecisiete años y le suspendieron su licencia de conducir por embriaguez a los dieciocho. Más tarde, trabajó como instructor de un centro deportivo durante tres meses, pero abandonó el empleo porque fue citado a comparecer como jurado de un caso de fraude, cuyo juicio duró diez semanas. Llegó a pesar ciento ocho kilos por el uso de esteroides. Estudió en períodos diferentes en varias universidades pero también las abandonó. Perdió completamente su licencia de conducir cuando chocó contra cinco autos y huyó de la escena del accidente dejando en el tablero de su coche paquetes de cocaína. Quiso entrar a un equipo de fútbol, pero no pudo presentarse a la prueba porque se enfermó de fiebre glandular; esto le pasó dos veces, así que abandonó su sueño de convertirse en futbolista profesional. Huyó del país endeudado. Luego, supe que estaba viviendo en el pueblo natal de su madre, donde era mantenido por su novia y se la pasaba navegando en Internet o jugando fútbol.

Neil with son

A pesar de que yo reconocía que mi hijo se había esforzado a su manera, no podía dejar de reprobar su dejadez. Por ejemplo, tenía unas caries horrorosas que no quería arreglar porque, a mi entender, prefería usar su dinero en su mundo cibernético. Entre nuestros ancestros figuraban exploradores, héroes de guerra y exitosos empresarios. En nuestra estirpe estaba la valentía y la osadía. ¿Por qué mi hijo no podía salir adelante? Luego, recordé que mi madre me quería más por lo que yo representaba como hijo varón. Mi padre y yo nunca logramos congeniar. Él era todo un hombre de los Butterfield, inexpresivo, autoritario, concentrado en su trabajo. Desde los quince años, en cada vacación, me desaparecía en algún lugar de Europa y volvía sólo un día antes de las clases. Odiaba estudiar pero terminé la universidad. Llegué a pensar que uno aprendía más de la vida fuera de los salones de clases. Nunca fui muy cercano a mi familia. Mis padres murieron en la misma fecha. Ella en casa, de cáncer; él de malnutrición a causa del Alzheimer, en una residencia para ancianos enfermos. Cuando yo iba a visitar a mi padre, me fastidiaba que las enfermeras me preguntaran si ese día mi padre había logrado reconocerme. En realidad, nunca nos habíamos llegado a conocer bien. Mientras veía a mi padre en sus últimos instantes de vida, con el cuerpo contraído en su lucha contra el terror de la muerte que llegaba, de la vida que se le desvanecía, me dije a mi mismo que yo sería un padre diferente para mi hijo.

Cuando me convertí al budismo en 2003 y me aconsejaron que orara con algún objetivo en concreto para constatar el poder de la práctica, yo había decidido que oraría por el cambio del karma familiar, es decir, el cambio de la mala comunicación entre padres e hijos. Habían pasado ya dos años desde que yo estaba orando para que mi hijo fuese feliz y no sufriese. Mientras manejaba mi coche rumbo a la casa de mi hijo, coloqué un CD para principiantes del budismo. Me sentí alentado y revitalizado cuando comenzó la oración rítmica del Nam-myoho-renge-kyo. Al llegar, me dirigí directamente a la cocina. El refrigerador estaba casi lleno. Luego, entré a la sala y me senté frente a mi hijo sin decir nada. Él comenzó a llorar y me dijo que sentía que ya no podía enfrentar la vida. Hablamos más de seis horas, nos abrazamos y lloramos juntos. Fue la primera vez que hicimos algo parecido. Mi hijo me dijo que sospechaba que él padecía de algún trastorno de ansiedad como la agorafobia. Me confesó que tenía ataques de pánico cuando estaba entre la gente y que le costaba mucho ir, por ejemplo, de compras. Cada vez que llegaba a la universidad, no podía salir del auto y escapaba. Por eso, no pudo mantener ningún trabajo. Retenido en casa, se dedicó a pasar el tiempo en la computadora. Le gustaba el fútbol, pero no aguantaba estar entre la gente.

Fui atando cabos. Mi hijo no era un holgazán. Él siempre intentó hacer las cosas. Sentí que estaba luchando y me sentí orgulloso de él. Éramos una familia nuevamente. Lamenté haber dudado de su Budeidad. Me habían dicho que, según el budismo, nada es por azar. La llamada de mi hijo ocurrió en el momento preciso. Presté atención a una valiosa orientación de una madre que había tenido la misma experiencia. Yo mismo no hubiese pedido una orientación personal, y tal vez, no hubiese escuchado lo que me hubiese dicho un hombre. Sentí tranquilidad al ver a mi hijo. Sentí una profunda conexión con mi hijo, la misma que mantenía con sus hermanas. Recapacité y me di cuenta que todo lo que había orado se había cumplido.

Hay un pasaje de uno de los escritos de Nichiren que dice: "[C]uando uno emprende la sola práctica de ejercitar la fe en Myoho-renge-kyo, no hay un solo beneficio que deje de manifestarse, y no hay buen karma que deje de obrar en nuestro beneficio. Es como el caso de una red de pesca: si bien la red está formada de miles de nudos, cuando uno tira de la cuerda principal todos los nudos se mueven. O como una prenda de vestir, cuyo tejido está compuesto de incontables y finísimos hilos. Cuando uno levanta la prenda por un extremo, arrastra en el movimiento a todos los hilos que la componen". (NICHIREN: Los escritos de Nichiren Daishonin, Tokio, Soka Gakkai, 2008, pág. 139.)

[Nota: Un artículo relacionado fue publicado en la edición de julio de 2006 de la revista Art of Living, de la SGI del Reino Unido.]

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