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El océano de la vida

Elizabeth Penioso Pernites
Japón y Filipinas

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Elizabeth con el presidente y colegas de la empresa

El noventa por ciento de los productos que se consumen es transportado por vía marítima. El puerto de Nagoya, el de mayor intercambio mercante del Japón, concentra doscientos millones de toneladas de carga anual. Actualmente, trabajo para una empresa que crea programas electrónicos que permiten equilibrar la carga de las embarcaciones navieras.

Yo soy de Filipinas y vivo en el Japón desde 2000. En 2003, cuando me separé de mi esposo japonés, quedé sin empleo, con grandes deudas y muy deprimida. Afortunadamente, gracias a la recomendación de un amigo, fui contratada por una empresa a medio tiempo. En aquella misma época, unos amigos me hablaron sobre el budismo de Nichiren.

Mi nuevo trabajo consistió en todo un reto. Se sumaron a la complejidad del oficio, la falta de experiencia, la falta de autoconfianza y la sensación de rechazo de los otros empleados. Por si fuese poco, al convertirme en budista, mis familiares y amigos se opusieron a mi práctica. Me sentía sola, sin esperanzas y con ganas de abandonar el trabajo. Sin embargo, al leer las revistas de la SGI, me sentí alentada por las experiencias de otros miembros que habían superado obstáculos mucho mayores que los míos y comprendí que era una cuestión de mi debilidad.

Con renovada determinación, redoblé mis esfuerzos en el trabajo. Poco a poco, me di cuenta de que podía ayudar con mi inglés a resolver los malos entendidos que surgían con los clientes por problemas del idioma, debido a que la mayoría, los conductores de los barcos, son de diversas procedencias. La satisfacción que mostró la clientela hizo que la empresa me ofreciera una posición de tiempo completo. Me esmeré aún más para mejorar mi trabajo, gracias a lo cual mis colegas japoneses comenzaron a apoyarme más en los asuntos técnicos y logramos desarrollar una relación de equipo, aunando todo nuestro esfuerzo, ingenio y motivación.

Cuando tuve la oportunidad de compartir estas experiencias con mis compañeros de la SGI, me di cuenta de que todo fue gracias al cambio interior, que me permitió tener más valentía, perseverancia y paciencia. El presidente de la SGI, Daisaku Ikeda, dijo una vez que, en medio de una tormenta, lo mejor que puede hacer un barco es enfrentar las olas directamente. Igualmente, las personas, debemos enfrentar los problemas con fortaleza y esperanza. Para mí, el océano simboliza la vastedad de los retos de la vida. En nuestra travesía por los mares, sin falta, sentiremos miedo ante la oscuridad, pero somos capaces de desarrollarnos, acumulando conocimiento, experiencia y sabiduría. La belleza de las aguas marinas yace en los inusitados misterios que esconde; esto, representa el inmenso potencial que poseemos. Si no intentamos explorar el océano, es decir, enfrentar los retos de la vida, nunca podremos experimentar las maravillas que esconde. Por ello, agradezco el aliento que recibido de los miembros de la SGI y del presidente de la SGI Daisaku Ikeda, que me han ayudado a navegar con valentía por el océano de la vida. 

[Nota: Un artículo relacionado fue publicado en el número de abril de 2010 de la revista SGI Quarterly.]

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