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Mamá, tú eres el Sol de mi vida

Eiko Usubuchi
Japón

Eiko con su esposo e hijoEiko con su esposo e hijo

El 2 de octubre de 2010 se convirtió en el día más feliz de mi vida. Nunca soñé que experimentaría tanta alegría. Era el día del matrimonio de mi hijo menor, Shoji. En la fiesta, Shoji leyó una carta que había escrito para mi esposo y yo:

"Cuando era chico, siempre me sentí inferior debido a mis padres. Cada año, cuando llegaba el día de la entrevista de padres y profesores, no me sentía nada contento de ver a mis padres en el colegio. Más bien, me daba vergüenza".

Comprendía perfectamente la incomodidad de mi hijo porque mi esposo y yo tenemos discapacidades físicas. Hace cuarenta y cinco años, me diagnosticaron miopatía de cinturas, un mal hereditario incurable que causa el debilitamiento gradual de la musculatura de las extremidades, hasta que quedan sin fuerzas. Mi esposo se moviliza en muletas debido a que su pierna derecha fue amputada por la aparición de un osteosarcoma (cáncer óseo).

La carta de Shoji seguía así:

"Todos los días, ayudaba con los quehaceres del hogar. Mientras mis amigos jugaban libremente después del colegio, yo tenía que regresar a casa inmediatamente para preparar la comida de la familia".

Recuerdo que cuando Shoji nació, el debilitamiento de los músculos de mis extremidades no me permitió cargar a mi propio bebé. Mi esposo se encargaba de darle el biberón a nuestro hijo. Finalmente, mis extremidades se deterioraron a tal punto que ya no podía hacer ninguna tarea doméstica y debía depender de mis hijos para todo.

En la carta, Shoji continuó:

"Por momentos, deploré haber nacido en esta familia. Pero mi esposa me dijo algo que cambió mi forma de pensar completamente. Un día me dijo: 'Tu papá y mamá me impresionan verdaderamente. Son maravillosos. Te han criado don inmenso amor para compensar sus discapacidades físicas. Te han dado más amor que nadie. Lo siento en mi corazón'. Me sentí dolido en el corazón mientras la escuchaba. ¡Qué tonto había sido! Recién me daba cuenta de lo ciego que había sido todos estos años. Me puse a pensar en cómo transcurrí mi niñez. Nunca me faltó nada. Siempre disfruté de todas las cosas que los otros chicos tenían. Mis papás me compraron una nueva bolsa para la escuela, una bicicleta, juegos electrónicos y me llevaron a parques de diversión. Su amor había sido tan grande que no me había dado cuenta."

Mientras Shoji leía la carta, recordé mis sentimientos hacia mis propios padres. Cuando cumplí veinte años de edad, había perdido la capacidad de caminar. Odié a mi madre por transmitirme esta enfermedad hereditaria. Sin poder encontrar sentido en seguir viviendo, pensé en quitarme la vida. Prácticamente había renunciado a la vida cuando conocí el budismo de Nichiren.

Gradualmente, cambié. La calidez de mis compañeros miembros de la Soka Gakkai, y el aliento y las orientaciones del presidente de la SGI, Daisaku Ikeda, cambiaron completamente mi modo de pensar y la forma en que comprendía la vida. El budismo consiste una contienda entre la victoria o la derrota; así también lo es la vida. Empecé a encarar las cosas con mayor seriedad y esfuerzo, con la postura de que debía vencer y no enflaquecer. Así lo hice con mi matrimonio, el parto de mis hijos, la participación en las reuniones de diálogo de la Soka Gakkai, ir de compras… Es decir, con todo. La entonación del Nam-myoho-renge-kyo y la práctica budista se convirtieron en la base de todo lo que hacía, incluso en la crianza de mis hijos.

Hoy, presido el capítulo de Ishikawa de la Asociación de Miopatía del Japón. También brindo asesoramiento en el Comité para los Discapacitados de la Ciudad de Kanazawa, y soy profesora de una institución de capacitación de profesionales en atención médica.

Gracias a la experiencia de haber trabajado como asistente de enfermería antes de casarme y de ser una mujer con limitaciones físicas, comprendo los sentimientos de las personas impedidas y de quienes se dedican a cuidar de ellas. Esa es la misión que he encontrado en mi vida. Es algo que solamente yo podría hacer. Esto le da significado a mi existencia.

La carta de Shoji terminó así:

"No hay palabras suficientes para expresar la gratitud que siento por mis padres. Estoy feliz de haber nacido en este mundo. Gracias Mamá por traerme a este maravilloso mundo. Gracias Papá por siempre estar al lado de mi madre. Mamá, tú eres el Sol de mi vida."

No pude contener las lágrimas. Eran lágrimas de infinita dicha. En mi corazón supe que había sido victoriosa.

[Fuente informativa y fotográfica: Daibyakurenge, revista mensual de la Soka Gakkai del Japón, edición de enero 2011.]

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