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Gratitud hacia mi madre

Edmund Lam
Canadá (China)

Edmund Lam con su esposa Wendy y su nieto AngusEdmund Lam con su esposa Wendy y su nieto Angus

Yo nací en el seno de una familia extremadamente pobre de un pequeño pueblo de la China. Nuestra miseria era tanta que, cuando yo tenía tres años, mis padres tuvieron que dejarme con mi abuela, e irse a Hong Kong con mi hermana menor, todavía bebé, en busca de un futuro mejor. Les tomó diez años para poder regresar por mí. Durante su ausencia sentí desesperadamente la falta de amor de mis progenitores. Todos los días soñaba con nuestro rencuentro. Me imaginaba el tierno rostro de mi madre y que todo estaría bien. Sin embargo, el rostro que encontré en la estación del tren de Hong Kong fue diferente. Parecía la cara de un tigre, cruel, fría, severa… Comenzamos a vivir nuevamente juntos, pero éramos una familia tan numerosa que nadie prestaba atención a mis necesidades. Era el niño más ignorado y el mayor de nueve.

En la década de 1950, después de la guerra, mi familia tuvo que soportar las más inimaginables adversidades, al igual que todos los que experimentaron dicha época. Teníamos que hacer cualquier cosa para sobrevivir. Apenas había estado seis meses en el colegio, cuando tuve que dejarlo para apoyar a mis padres trabajando. Me dediqué a las más diversas faenas: vendedor ambulante de caramelos de maní, ayudante de cocina, etcétera. Debido a la humedad de Hong Kong, solamente podíamos vender los caramelos de noviembre a enero. El resto del año, había que buscar otra forma de mantener a la familia. Me esforcé mucho y trabajé arduamente, con el afán de recibir aquel amor materno que me había hecho tanta falta. Sin embargo, mi madre era incapaz de mostrarme su afecto y ternura. A pesar de la decepción, no dejé de entregarle el noventa por ciento de mis ganancias. Luego, fui ausentándome gradualmente del hogar, hasta que a los dieciséis años, salí de la casa.

Cuando me casé con Wendy y tuvimos hijos, decidí que les daría a mis hijos mucho más de lo que yo había tenido. Cuidar de mi familia se convirtió en la mayor preocupación. En 1983, tras un accidente automovilístico, el hermano menor de Wendy quedó paralítico del cuello para abajo. Un miembro de la SGI le enseñó a entonar Nam-myoho-renge-kyo. Pero pasó un tiempo hasta que mi cuñado sintió el poder de la oración. Wendy también empezó a orar por la recuperación de su querido hermano. Mi cuñado acumuló muchas experiencias positivas gracias a su fe. Prologó su vida y aprendió a movilizarse en una silla de ruedas que manejaba con pequeños movimientos de cabeza.

Wendy ingresó en la SGI después de probar el budismo durante un mes, mientras yo estaba en un viaje de negocios. Cuando regresé, la encontré orando frente al Gohonzon. Me pareció una religión extraña, pero no me opuse porque vi que Wendy se mostraba más paciente y cariñosa. Cuando le pregunté sobre el budismo y sobre lo que rezaba, mi esposa me dio un libro titulado La revolución humana. Quedé impresionado con las primeras líneas: "Nada es más atroz e inhumano que la guerra. Nada es más cruel y trágico. Y sin embargo, las hostilidades continúan…". En 1984, decidí que yo también serían un miembro de la SGI.

Debido a la pobreza que experimenté, la seguridad material era fundamental para mí. Por entonces, yo me dedicaba al transporte en minivan y solía tener mucho cuidado para no tener problemas con las pandillas. Pero gracias al budismo, dejé de sentir miedo y empecé a aunar mayor valentía y amor compasivo, de tal modo que, un día, pude entablar diálogo con un chico de la pandilla y hablarle sobre el budismo.

Posteriormente, cambié de trabajo y me dediqué al comercio internacional de piezas electrónicas. Mi negocio prosperó y tuve la suerte de recibir muchos beneficios materiales gracias a la práctica del budismo. En 1990, nos mudamos a un amplio departamento de lujo. Pero esto no me produjo felicidad. A pesar de que todo lo sufrido había quedado en el pasado, seguía fastidiado por la distancia que existía entre mi madre y yo. Yo no había escatimado esfuerzos por mis hijos. Por eso, no podía perdonar a mi madre por privarme de mi derecho a su amor. Me sentía como lo describe Nichiren Daishonin: "El infierno se encuentra en nosotros, en el corazón de una persona que, íntimamente, desprecia a su padre y falta el respeto a su madre".

Fue en esta época que mi hijo menor Marten fue suspendido de la escuela por un grave problema. Preocupado por su futuro, comencé a hacer planes para que estudiara en Canadá, y a orar más de lo habitual. Oraba al Gohonzon fervorosamente buscando la sabiduría para saber que hacer por mi hijo. En un momento dado, de manera súbita, se desató el nudo que tenía en el corazón. Me di cuenta de que mi madre había sufrido mucho para criar a nueve hijos en la pobreza. Ese problema con mi hijo me permitió superar mi desdicha. Reflexioné: "Qué duro habría sido para mamá". Me puse a pensar en todas las dificultades financieras, emocionales y físicas que tuvo que afrontar para proteger a nuestra familia. Y era algo que ella no pudo desfogar con nadie. Comprendí que en su mirada de "tigre" moraba la fuerte determinación de una madre. El cruel había sido yo. Había estado tan ensañado en mi rencor, que no había entendido el esfuerzo que hacía para protegernos.

A partir de eso, descubrí que de mi corazón emanaba un gran amor por mi madre, como nunca lo había hecho. Empecé a cuidar más de ella y agradecerle por todo lo que hacía. Nuestra relación fría y negativa cambió completamente y se convirtió en algo cálido y positivo. Ella percibió una transformación tan grande en mí que, cuando le hablé sobre el budismo en 1992, ella lo abrazó inmediatamente. Gracias a la práctica del budismo, sus dos últimos años de vida, hasta 1994, fueron maravillosos. En su lecho mortuorio, su rostro brillaba victorioso, sin ninguna muestra de haber vivido una existencia llena de obstáculos. El budismo había apaciguado su cara felina y lucía un rostro bello y sereno. En su funeral, embargado de gratitud, canté para ella la popular canción china "La belleza de la puesta del sol".

En 1993, visité a mi hijo que estudiaba en Toronto. Al pisar tierra canadiense, quedé enamorado de ella. Inmediatamente, presenté mi solicitud de inmigración, la cual fue aprobada en menos de un año. Ahora, nuestra familia vive en Ontario.

A partir de esta experiencia, tengo convicción en lo maravilloso que es el budismo y en el poder de transformación de la oración. Mediante la entonación de Nam-myoho-renge-kyo pude reorientar la brújula de mi vida. Como producto de ello, mi comportamiento cambió y, eso generó la transformación de mi entorno. El budismo realmente cambia la falta de esperanza y la desdicha en felicidad, y el veneno en medicina.

[Fuente informativa: Soka, de la SGI de Canadá. Fotografía: Cortesía de Tom Hamilton.]

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