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Creando un camino sólido

Fredrik Hultman
Suecia

Fredrik HultmanFredrik Hultman

"He encontrado el test de Rorschach* que hiciste en 1978. ¿Te acuerdas?", me comentó mi madre recientemente por teléfono. A continuación, leyó la conclusión del psiquiatra: "Es un joven inteligente que está realizando un viaje interior en busca de un camino para sí mismo".

El hecho de acudir a un psiquiatra se debió a la preocupación de mi madre por el empeoramiento de mi salud, junto con mi alegría y vitalidad. Durante dos años mi familia, y en particular mi madre, desesperaban al verme luchar contra la anorexia. Perdí treinta kilos y llegué a pesar solo cincuenta. Además, estuve ingresado en un hospital durante una semana y cuando recibí el alta, me aislé. Dejé de responder a las llamadas telefónicas y de salir con mis amigos y familia.

Todo había comenzado con mi esfuerzo por bajar de peso; se convirtió en un círculo vicioso de desesperanza y soledad dominado por el temor a engordar de forma incontrolable si comenzaba a comer. Accedí a ir al psiquiatra y a realizar el test porque empecé a cuestionarme si en realidad me pasaba algo grave.

Dos años más tarde, a finales de 1980, la anorexia seguía estando presente en mi vida. En aquel entonces, era un estudiante de veintidós años que cursaba Economía de la Empresa en la Universidad de Estocolmo. Cada día, tan pronto como terminaban las clases, volvía corriendo a casa porque no quería relacionarme con nadie

En una ocasión, tuve que hacer un trabajo con Johan, un antiguo conocido al que hacía varios años que no veía. Juntos, teníamos que escribir una disertación sobre pequeñas empresas y por este motivo con frecuencia nos reuníamos en su casa. Pronto comenzamos a dialogar sobre religión y más concretamente sobre el budismo. Poco después, me contó que era miembro de la SGI y que practicaba el budismo de Nichiren. Él y su esposa me invitaron a unirme a ellos en la recitación de Nam-myoho-renge-kyo durante unos minutos, cosa a la que accedí aun cuando pensaba que era algo bastante extraño.

Por supuesto se dieron cuenta que tenía problemas y me alentaron a orar por aquello que realmente quisiese que sucediera, incluso si no podía imaginar cómo se concretaría. Recitamos daimoku durante cinco minutos y yo lo hice por dos cosas: superar mi anorexia y conocer a una chica. Como me había aislado durante cuatro años, me parecía imposible comenzar a salir con alguien. Mirando atrás, puedo decir con seguridad que el rumbo de mi vida cambió totalmente aquel día.

En abril de 1981 recibí el Gohonzon. Para entonces ya sabía que cuando recitaba abundante daimoku la gran alegría que sentía hacía que la anorexia se mantuviera bajo control. Era una batalla diaria. De esta manera, aprendí a confiar en Nam-myoho-renge-kyo desde el comienzo de mi práctica.

Poco tiempo después de entronizar el Gohonzon, fui a vivir a casa de mi padre durante un mes para que un amigo suyo, que estaba en Estocolmo por negocios, pudiera quedarse en mi apartamento. Lo hice a regañadientes, ya que hasta entonces había estado aislándome y pensaba que sería más difícil realizar mi práctica si vivía en casa de otra persona.

Durante este tiempo, naturalmente, mi padre se dio cuenta de que 'murmuraba' por las mañanas y por las tardes, y fue entonces cuando descubrió que había empezado a practicar el budismo. Le sugerí que orara por sus problemas económicos. Probablemente lo hizo solo para hacerme sentir bien, y comenzó a recitar Nam-myoho-renge-kyo tres veces al día durante seis meses. En ese periodo realmente no notó nada especial, pero tampoco experimentó nada malo, por lo que decidió orar nada más y nada menos que nueve veces al día y, además, estudiar los escritos de Nichiren para aprender más sobre budismo.

Fredrik Hultman (segundo por la izquierda) con su familiaFredrik Hultman (segundo por la izquierda) con su familia

En octubre del mismo año, me invitaron a dos fiestas que se iban a celebrar el mismo día. A pesar de que no había ido a ninguna durante los cuatro años anteriores, decidí asistir a una de ellas. Allí fue donde conocí a Susanne, quien más tarde se convertiría en mi esposa. Por aquella época, la anorexia ya no dominaba tanto mi vida y parecía que estaba a dieta. De esta manera, durante el primer año de mi práctica había transformado completamente mi vida y había logrado concretar ambas determinaciones.

Ese mismo año, 1981, pude encontrarme con el presidente de la SGI, Daisaku Ikeda, en dos ocasiones: la primera, en el verano, durante su visita a Europa; la segunda, en el mes de octubre, cuando participé en un curso de la SGI en Japón. El estudio del budismo, las experiencias y el aliento de tantos miembros y responsables de la SGI me inspiraron hasta tal punto que, cuando regresé, lo único que deseaba era que todo el mundo comenzara a practicarlo para que pudiesen experimentar la misma alegría que yo.

Sin embargo, en ese momento solo había un distrito de la SGI en Estocolmo, al que pertenecían alrededor de veinticinco miembros, y la mayoría eran mujeres japonesas. Los únicos jóvenes éramos Johan, titular de la División de Jóvenes, su esposa y yo.

Para entonces, Susanne ya había comenzado a practicar y en 1982 recibió el Gohonzon. Además, mi padre, al quedar impresionado por los escritos de Nichiren, comenzó a recitar más daimoku porque sentía que gracias a ello había podido elevar su estado de vida, de tal forma que, cuando se vio ante un grave problema, no se sintió tan abrumado. Esto le daba esperanza, más creatividad y se sentía más libre. Al año siguiente, él también ingresó como miembro de la SGI de Suecia, y un año más tarde pudimos participar juntos en un curso de la SGI en Japón. Durante la década de los ochenta, Susanne y yo continuamos esforzándonos por compartir el budismo Nichiren con nuestros familiares y amigos.

En 1989, mi amigo Johan colaboró en la organización de un encuentro entre el presidente Ikeda y el Rey de Suecia. De diversas maneras, Johan despertó en mí la curiosidad por la figura del presidente Ikeda como maestro ya que percibí cómo, a medida que él iba desarrollando este vínculo, se generaba un efecto positivo en su vida.

La lectura de numerosas explicaciones del presidente Ikeda sobre los términos y conceptos budistas me hizo desarrollar una certeza absoluta de que no existe ninguna contradicción entre el conocimiento consolidado o los hechos científicamente comprobados y la filosofía budista tal y como él la enseña. Es más, los avances científicos siempre corroboran la perspectiva budista sobre la vida. Leer estas disertaciones hacía que me sintiera inspirado intelectualmente y me ayudó a comprender la importancia de aplicar el budismo en la vida cotidiana. También tuve la oportunidad de asistir a varios seminarios del presidente Ikeda y me impresionó la manera en la que hablaba con las personas: siempre de forma cálida, agradable e infundiendo aliento; además de ser una persona sumamente interesante de escuchar. Estos encuentros me animaron a profundizar mi fe y a desafiar mi propia situación en el trabajo y en cada aspecto de mi vida.

El 3 de junio de 1989, el presidente Ikeda visitó el recién inaugurado Centro Cultural de Suecia, situado cerca de Estocolmo. Mi padre y yo pudimos asistir a una reunión con él. Durante el encuentro, el presidente Ikeda se sentó con mi padre para tomar una fotografía, y al hacerlo le pidió permiso para brindarme una orientación. El presidente Ikeda me dijo: "Debes esforzarte en ser un buen hijo para tu padre mientras él esté vivo porque las cosas pueden cambiar repentinamente y luego será demasiado tarde".

Efectivamente, siete años después de este encuentro, las cosas cambiaron y mi padre falleció debido a un cáncer. Durante la última semana de su vida, dialogamos mucho. Le pregunté si recordaba las palabras que me había dicho el presidente Ikeda. Me contestó que sí las recordaba y que no podría haber tenido un hijo mejor. Se sentía muy satisfecho con su vida y no se arrepentía de nada.

Los años noventa fueron muy duros en Suecia por varios motivos. A título personal, debido a la crisis financiera e inmobiliaria que golpeó duramente al país a principios de la década, me quedé sin trabajo en 1992, y la siguiente empresa en la que trabajé quebró en 1996. Susanne y yo ya nos habíamos casado y teníamos dos hijos. Sin duda, era un desafío cumplir con las obligaciones económicas, sin embargo seguíamos participando en las actividades de la SGI y junto con los otros miembros de Suecia nos esforzábamos por establecer una organización firme y alegre.

En 1998, hubo un importante giro positivo de los acontecimientos tanto en mi vida personal como en la SGI de Suecia. La organización comenzó a crecer y, diez años más tarde, el número de miembros llegó a quinientos. Paralelamente, comencé a tener éxito en mi carrera profesional y la situación económica de mi familia mejoró mucho. Abrí un negocio en el centro de Estocolmo que ahora se ha convertido en un centro de convenciones y negocios que emplea a treinta y nueve personas.

Volviendo la vista atrás sobre los últimos treinta años, me siento muy agradecido por haber podido comprender la importancia de la relación de maestro y discípulo, y así establecer un vínculo con el presidente Ikeda desde el inicio de mi práctica. Este lazo fue lo que me alentó a seguir avanzando durante los duros momentos de los años noventa. Con su aliento grabado en mi corazón, y tras haber acumulado tantas experiencias a lo largo de los años en los que gracias a la práctica budista pude superar dificultades y enfrentar desafíos, mi deseo es poder alentar a los suecos a enfrentar el síndrome de la depresión, que parece ser uno de los sufrimientos más grandes en este país.

En cuanto a mi vida, la motivación inicial que me llevó a practicar para superar la anorexia se ha convertido en una toma de conciencia para alimentarme de manera sana y mantenerme en forma sin que esto llegue a controlarme y sin llegar a sentir miedo. Pienso que esta sensación es un verdadero sueño para alguien que padezca de anorexia. Deseo seguir compartiendo esta maravillosa práctica budista con otras personas durante los próximos diez, veinte y treinta años.

* Test de Rorschach: test psicológico en el que se registra y se analiza la percepción que tiene el sujeto de varias manchas de tinta. Determinados psicólogos utilizan esta técnica para evaluar la personalidad y el comportamiento afectivo del paciente.

[Fuente informativa y fotográfica: Art of living, SGI del Reino Unido, edición de abril de 2012]

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