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Cambiar veneno en medicina

Carmen Díaz Prensa
República Dominicana

Carmen con sus hijosCarmen con sus hijos

Conocí el budismo en 1991. Cuando decidí entonar Nam-myoho-renge-kyo, mi vida comenzó a armonizar y todo comenzó a cambiar. Comprendí que mis problemas eran míos, no de nadie más. Me integré con miras a lograr mis metas con valentía. Logré graduarme, me casé y tuve dos hijos hermosos, una casa y un trabajo estable como enfermera. Todo esto sin descuidar mis actividades en la SGI.

Pero como todo no puede ser color de rosa, comenzaron a presentarse obstáculos de salud. Dolores de cabeza periódicos y problemas visuales, los cuales, pensaba, se debían a la sinusitis. Pude observar que eran más frecuentes cuando hacía servicios nocturnos.

En una ocasión, el dolor duró cinco días y los analgésicos solo me mejoraban. Hasta que explotó la bomba. Me llevaron de emergencia cuando, además del dolor, tuve fuertes náuseas, mareos y visión nublada. Inmediatamente, me realizaron una tomografía, que reveló que tenía un tumor muy grande en el área frontal del cráneo.

El director del hospital ordenó llamar de emergencia a los jefes del servicio de neurocirugía, medicina interna y cirugía general, e hicieron una junta médica en la que concluyeron que tenían que prepararme para cirugía en menos de veinticuatro horas. El médico de servicio me explicó lo delicado que sería la cirugía; me dijo que el tumor tenía comprimido el nervio óptico derecho, y que en realidad no sabían qué más encontrarían, pero que tenga fe. Todos estaban cabizbajos, pues somos compañeros de trabajo; ellos pensaban que no saldría viva de esa operación, y que, en caso de sobrevivir, tendría frecuentes convulsiones.

Debido al alto grado de complejidad, la operación duró trece horas. Uno de los mejores neurocirujanos del país me operó. Quedé irreconocible por la inflamación. Días después me dieron de alta, y comenzó la lucha: mis hijos estaban nerviosos y tristes, el pequeño, Angel, no me reconocía, hasta que con el amor y la protección, supo que era yo, su mamá. No pensaba en mí, sino en mis hijos, en cómo iba a echarlos adelante con esta situación.

A medida que la inflamación fue bajando, me percaté de que no veía con el ojo derecho y que tenía una deformación en la frente. Tiempo después, eso hizo que necesitara cirugía reconstructiva. Pensé en el principio budista de "cambiar el veneno en medicina", es decir, transformar una situación difícil, negativa y dolorosa, en algo positivo, orando y accionando.

Mi hija Florangel, de apenas once años, se encargó de los quehaceres de la casa, incluyendo cuidar a su hermano. Durante un tiempo solo podía orar mentalmente, pues no podía hablar por la inflamación de mi garganta. Pero los miembros de la SGI nunca me dejaron sola, y se turnaban para acompañarme.

Dos meses después, le pregunté al médico: "¿Puedo arreglarme el pelo y volver a estudiar?". Y él me respondió: "Ponte pelo, arréglate como tú quieras, porque no te puse platino en la cabeza. Si quieres estudiar, estudia". Tiempo después, me inscribí de nuevo en la universidad para estudiar farmacia.

Han pasado seis años de la cirugía, y he podido rehacer mi vida; mis hijos están avanzando. Aunque la visión de mi ojo derecho es nula, nunca me he quejado de esto. Realizo mi trabajo lo mejor que puedo, cumpliendo con mis asignaciones. Actualmente, estoy asignada al programa de geriatría. Junto a un equipo de médicos, trabajo para la comunidad, llevando asistencia médica, medicina y alimentos a los envejecientes más necesitados.

Quiero agradecer a todos los miembros de la SGI por el apoyo que siempre me han brindado, no solo en esta situación, sino en todas por las que he atravesado en estos años. A mi maestro, Daisaku Ikeda, por sus orientaciones que se convierten en nuestro soporte en el momento preciso. A mi familia, a mis vecinos, a mis compañeros de trabajo: gracias a todos por su apoyo.

Mi determinación es continuar esta maravillosa práctica hasta el último aliento de mi vida, pase lo que pase, y mantener a mis hijos dentro del jardín Soka, con miras a hacer de ellos ciudadanos ejemplares, que contribuyan al desarrollo y a la paz de nuestro país.

[Fuente informativa: SGI Quarterly, abril de 2013.]

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