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El cambio que comienza en el interior

Pauline Mayers
Reino Unido

Pauline MayersPauline Mayers [crédito fotográfico: Rod Leach]

Tras una discusión particularmente difícil con mi madre, me marché de casa a los quince años. Tenía la determinación de hacer algo positivo con mi vida, por eso decidí seguir los dictados de mi corazón y formarme como bailarina. Después de enfrentar un gran número de desafíos, conseguí un puesto de trabajo en una prestigiosa escuela de danza situada en Londres.

A lo largo de los siguientes ocho años gocé de gran éxito profesional y bailé en reconocidas compañías, realizando giras por todo el mundo. A pesar de disfrutar de momentos de exultante alegría, en esencia seguía siendo infeliz. Me esforzaba constantemente por complacer a los demás a toda costa, albergando la esperanza de contar con su aprobación para sentirme valorada de alguna manera.

En 1999 me trasladé a Yorkshire para incorporarme a una compañía de danza de reconocida reputación internacional, pero a los dos años se disolvió y llegado 2005 me encontré desempleada, con baja autoestima y con una lesión que podía acabar con mi carrera. Fue por aquel entonces cuando conocí el budismo Nichiren. Experimenté cómo el beneficio en mi vida aumentaba a medida que participaba en las diversas actividades de la SGI, y me recuperé de mi lesión.

Sin embargo, a pesar de contar con una amplia experiencia profesional, no conseguía un empleo estable en el que hacer pleno uso de mi talento, y constantemente batallaba contra dificultades financieras.

Llegado 2011, estando desesperada y con miedo a perderlo todo, acepté el único trabajo que había encontrado. Se trataba de un puesto en una sala de cine de la ciudad y mi labor consistía en limpiar y vender entradas y alimentos. Lo detestaba con cada fibra de mi ser. Sentí que mi vida había llegado a un callejón sin salida y caí en un estado de profunda depresión.

En aquel entonces, una integrante de la SGI se ofreció a recitar daimoku conmigo y comenzamos a encontrarnos cada semana para orar y estudiar el budismo. De esta manera, mi práctica comenzó a fortalecerse.

Poco después, me propusieron asumir una responsabilidad durante un evento de la SGI de mi distrito. Acepté a regañadientes porque trabajaba muchas horas y ni siquiera tenía recursos económicos suficientes para desplazarme de un sitio a otro.

Tras embarcarme en este desafío, comencé a estar menos pendiente de mis problemas y pronto me encontré orando por la felicidad de todos los integrantes del distrito. Mientras fortalecía mi práctica, reflexionaba seriamente sobre cómo estaba percibiendo los retos que enfrentaba. Me di cuenta de que había dado por sentado que, ya que estaba orando, iba a conseguir todo aquello que consideraba necesario para mi vida de forma automática y como por arte de magia, sin realizar ningún esfuerzo concreto por comprender la naturaleza de Buda que ya existía en mi corazón. Había bajado la guardia y se había instalado en mí la creencia de que la causa de todo el sufrimiento y la negatividad que sentía se encontraba fuera de mi vida y que, por lo tanto, no tenía ningún control sobre ellos.

Pauline Mayers[Crédito fotográfico: David Lee]

Me armé del valor necesario para desafiar mis propias tendencias negativas. Así, deje de centrarme en lo que no había logrado y, en cambio, decidí reconocer y apreciar todo aquello que sí había conseguido, por muy insignificante o trivial que pudiera parecer. Entendí que el mayor beneficio era mi propia vida y comencé a sentir agradecimiento por todo lo que tenía y por cada uno de los retos que había enfrentado.

También determiné que el miedo y la inseguridad dejarían de retener mi vida, y poco después las cosas comenzaron a moverse rápidamente.

Una escuela me ofreció un puesto de trabajo de un año a tiempo parcial para impartir clases en un nuevo curso de danza. Desde entonces, he compuesto tres coreografías que se han presentado en el norte de Inglaterra, y una cuarta para una compañía de teatro para niños, que en la actualidad está realizando una gira por el Reino Unido. Cada día constituye una nueva oportunidad para desarrollar mi capacidad como coreógrafa mientras ayudo a mis compañeros de trabajo a desplegar el inmenso potencial que poseen en su interior.

A través de esta experiencia he recordado cómo sonreír, reír y atesorar mi vida y la de los demás. Al hacerlo, estoy alentando e inspirando a otros a hacer lo mismo.

El cambio que comenzó en mi corazón sigue transformando el mundo que me rodea.

[Fuente informativa y fotográfica: SGI Quarterly, edición de julio de 2014]

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