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Un egresado de primaria exitoso

Bill Ponce
Estados Unidos

Bill Ponce y su familia
Bill Ponce y su familia

Vivo en los Estados Unidos desde los diecinueve años. Inmigré de México sin saber inglés, habiéndome graduado únicamente de la primaria. Me casé a los veintisiete años y tuve dos hijas hermosas. Luego caí en el alcoholismo y, a los treinta y tres, me divorcié. Sabía que había cometido errores, pero no sabía cómo cambiar. Estaba lleno de ira y resentimiento. Mis hijas, de siete y dos años, me necesitaban, y yo a ellas.

Cuando me encontraba en medio de aquella depresión, Windy y sus hijos se mudaron al lado de mi casa. Entablamos amistad, y ella me invitó a una reunión budista de la SGI. Comencé a practicar el budismo y mi vida cambió completamente: la angustia se transformó en esperanza, la furia en felicidad, y el resentimiento desapareció. Mis hijas y yo participamos en las actividades de la SGI con Windy y sus hijos. Poco después, Windy y yo nos casamos.

En el budismo, descubrí la relación de maestro y discípulo. Al conocer sobre el presidente de la SGI, Daisaku Ikeda, sentí que había encontrado a un mentor de la vida. Daisaku Ikeda tuvo que abandonar sus estudios universitarios, y su mentor Josei Toda se encargó de impartirle educación. A pesar de los innumerables obstáculos que Ikeda ha enfrentado en su vida, él nunca se dejó abatir, levantándose siempre en aras de la humanidad. Sentí que, de él podía aprender mucho.

Llevaba nueve años trabajando para una empresa que me permitía contar con un salario moderado y con beneficios. Por mi nivel educativo, nunca había aspirado a un mejor trabajo. Pero la entonación del Nam-myoho-renge-kyo me infundió optimismo y me convertí en un hombre con mucho entusiasmo en el ámbito laboral, mejorando la relación con mis colegas. Progresivamente, fui ascendido y, finalmente, fui designado director de sucursal de distribución.

Todo iba tan bien que decidimos comprar una casa. Cuando terminamos los trámites de compra, me dijeron que mi empresa cerraría la sucursal en donde yo trabajaba, por lo cual yo quedaría desempleado. Mis compañeros de la SGI me alentaron diciéndome que luego de un obstáculo sobreviene un gran bien, a través de las palabras de Nichiren que dice: "Los que creen en el Sutra del loto parecen vivir en invierno, pero el invierno siempre se convierte en primavera".

Sin embargo, el gran peso de la hipoteca de la casa no me permitió deshacerme de mis temores y no pude tener convicción en la fe. Pasaron dos años, durante los cuales, se repitió un ciclo interminable en el que encontraba un empleo pero me despedían al cabo de unos meses. La situación menoscabó mi autoestima y nuestros ahorros.

En febrero de 2004, mi cuñado Chad, miembro de la SGI, me comentó que había reuniones de oración diarias en el Centro de la Amistad de la SGI de Los Ángeles, así que comencé a ir todos los días, y siempre era la primera persona en llegar. Después de orar, iba a buscar trabajo. En las noches, asistía a las reuniones de distrito de la SGI. Estaba ansioso de aprender más sobre el budismo y las orientaciones del presidente Ikeda, para aplicar la filosofía budista en mi vida cotidiana. Con la fe fortalecida, espontáneamente, fui contando sobre el budismo a otras personas.

Unas semanas después de comenzar a ir a las oraciones matutinas, me presenté en una entrevista de trabajo para el puesto de supervisor de distribución de una compañía que figuraba en la lista de las cien mejores empresas de la revista Fortune. Cumplía todos los requisitos, menos el de los estudios. Mientras esperaba los resultados de la entrevista seguí acudiendo todas las mañanas al centro y realicé las actividades de la SGI con sinceridad. Semanas después, recibí una llamada telefónica de otra empresa que me había entrevistado, en la que me proponían una segunda entrevista. Antes de ir a dicha segunda entrevista, reuní coraje y llamé a la otra empresa. Me dijeron: "Nos alegramos que nos llamara". Y me ofrecieron el puesto.

En mi nuevo empleo, trabajé con dedicación, manteniendo siempre el deseo de aprender. También seguí esforzándome en las actividades de la SGI. Al cabo de un año, fui llamado a la oficina del gerente. Supuse que serían malas noticias. Pero, el gerente me dijo: "Bill, queremos promoverte por tu buen desempeño". Me sentí muy feliz, no solo por la promoción, sino porque, finalmente, había cambiado esa tendencia a durar pocos meses en un empleo.

En 2006, mi jefe se trasladó a otra división y su puesto quedó vacante. Estaban buscando a una persona con título universitario. Con la convicción que poseía de mi experiencia como practicante del budismo, oré para hacer posible lo imposible. Y, a principios de 2007, justo cuando habían pasado tres años enteros trabajando para la empresa, fui promovido a gerente.

Windy y yo somos muy felices. Estamos orgullosos de nuestros cuatro hijos. Creo que he podido avanzar por el camino correcto de la vida desde que decidí que el presidente Ikeda iba a ser mi maestro. Con agradecimiento, deseo transmitir el budismo de Nichiren a más personas y seguir demostrando la validez de la práctica en mi vida.

[Nota: Un artículo relacionado fue publicado el 29 de junio de 2007 en el World Tribune, periódico de la SGI de los Estados Unidos.]

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