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Superé un matrimonio turbulento

Barbara E. Jenkins
Estados Unidos

Barbara E. JenkinsBarbara con Mark y Alissa (Cataratas del Niágara)

Pocos años después de que comencé a practicar el budismo de Nichiren, me enamoré de David, que estudiaba Ingeniería en una universidad de Cleveland, Ohio. Le enseñé sobre la práctica del Nam-myoho-renge-kyo y participamos juntos en muchas actividades de la SGI. Él me apoyaba en mi función de responsable de la División Juvenil Femenina, que implicaba tener una agenda llena de reuniones y viajes.

Después de que nos casamos en 1978, David se convirtió en otra persona. Un día, dijo que quería ser pintor de casas. Pero sin pasar mucho tiempo, David se convirtió en representante de una exitosa banda de rock local. Cambió drásticamente su estilo de vida y empezó a abusar del alcohol y las drogas. Luego, comenzó a oponerse a mi práctica budista. Al principio, se ponía malhumorado cada vez que yo volvía de una reunión de la SGI, pero después mostró su rechazo abiertamente hacia todo lo que tuviera que ver con mi fe. Se negó a apoyarme y, a pesar de que tenía ingresos, se negó a ayudar a mantener el hogar. Tampoco me dejó usar el único auto que teníamos, así que yo tenía que pedir que me llevaran o tomar dos autobuses para ir al centro comunitario de la SGI. Un día, regresé a casa y encontré un arma sobre el altar. Mi esposo nunca me había herido físicamente, pero, a partir de ello, comencé a dejar mis zapatos y las llaves cerca de la puerta principal. Posteriormente, se rehusó a pagar la cuenta telefónica y estuvimos un año sin teléfono. Para alentar a mis compañeras de la fe, tenía que ir hasta la cabina telefónica de la esquina de la casa con el bolsillo lleno de monedas. Durante aquella época, entonaba Nam-myoho-renge-kyo para sobrevivir. Reprochaba a David por lo que ocurría y oraba para que él cambiara. Yo quería adquirir fortaleza para enfrentar la situación.

A pesar de los problemas, las actividades de la SGI me ayudaron mucho. Yo era integrante del Grupo Byakuren, por lo que ayudaba en la recepción de los miembros que acudían a los centros comunitarios de la SGI de Chicago y Cleveland. Debido a mi situación personal, en realidad, prefería limpiar los baños antes que sonreír en público, pero me daba cuenta que al atender jovialmente y alentar a la gente las tinieblas que cubrían mi corazón se disipaban y al término de las actividades ya estaba con ánimos renovados.

Un día, decidí participar en una conferencia de la División Juvenil Femenina que se realizaría en Los Ángeles. David me dijo que desistiera debido a nuestra situación financiera. Oré con el claro objetivo de reunir quinientos dólares para cubrir los gastos del viaje. Trabajé pasando a máquina monografías de estudiantes, cuidé niños y empeñé mis joyas, entre las que se encontraba mi anillo de graduación de secundaria. A duras penas, logré juntar el dinero para el pasaje, más cinco dólares para los gastos de estadía.

El día de mi partida, David me llevó en auto hasta el centro comunitario de la SGI. Cuando yo estaba por bajar del auto, sacó de su bolsillo un fajo de billetes. Me dijo en tono de burla "Que lo pases bien", y volvió a meterse el dinero en el bolsillo. Tuve que exprimir fuerzas para entrar al centro y reunirme con las jóvenes que yo debía alentar. En el avión, uno de mis antecesores en la fe me encontró llorando. Me sentía humillada. "No tienes nada de qué avergonzarte", me alentó. Y me dijo que debía mantener la tez erguida y estar orgullosa de mis cinco dólares, porque al enfrentar el sufrimiento estaba demostrando la validez del budismo de Nichiren.

Después de la conferencia, participé en una cena a la que había asistido el presidente de la SGI, Daisaku Ikeda. Sentí que no merecía estar allí. Pero en la cena, el presidente Ikeda nos alentó a acumular buena fortuna mediante la práctica del budismo, al grado de poder vivir de los intereses de nuestros ahorros. Me sentí profundamente alentada con ello. Cuando regresé a Ohio, aún tenía en mi bolsillo los cinco dólares.

Sin embargo, mi situación empeoró. El alcoholismo de David se agravó; no solo consumía drogas, sino que comenzó a venderlas; luego, chocó nuestro auto. Finalmente, decidida a divorciarme pedí una orientación a un antecesor en la fe. Ese antecesor me dijo que debía dejar de albergar rencor o de culpar a mi esposo por mi infelicidad; que cada aspecto negativo de lo que ocurría con David me permitía observar mi propia vida; y, que mi pareja era el barómetro del cambio en mí misma. Me alentó a orar y a asumir la responsabilidad del cambio de mi karma. Luego, me contó sobre una conversación entre el segundo presidente de la Soka Gakkai, Josei Toda, y una mujer cuyo marido se oponía terminantemente a su práctica. El presidente Toda le dijo a la mujer: "Si usted continúa practicando sin dejarse vencer, no importa cuál sea el problema que enfrente, podrá cambiar su karma y su esposo se convertirá en una mejor persona. Desde una perspectiva más profunda, su situación es como la etapa de transición del invierno a la primavera o como un cambio de marea. Pero, si su esposo no cambia a pesar de que usted mantenga una fe firme, él mismo decidirá apartarse de usted. Y entonces podrán divorciarse. Pero déjeme aclararle que no le estoy diciendo que no debe divorciarse, ni que debe hacerlo. Le sugiero que se consagre un año, o seis meses, a practicar arduamente el budismo con el objetivo de lograr la revolución de la familia y mostrar prueba real de la fe. Por favor, mantenga la fe con valentía para transformar su infortunio. Continúe practicando con coraje. Le garantizo con mi vida que mejorará".

Al principio, la orientación me molestó porque quería dejar a David inmediatamente. Pero al reflexionar, comprendí que debía desafiarme para transformar de raíz mi sufrimiento. De otro modo, probablemente me casaría con un hombre igual que David. Y, no era la primera vez que alguien se oponía a mi práctica. Mis padres también se habían opuesto cuando comencé. Oré para ser más misericordiosa y comprensiva. Me esforcé en prestar oído y alentar a mis compañeros miembros. Cada vez que quería quejarme de mi situación, entonaba tres veces Nam-myoho-renge-kyo. Oré por la felicidad de David y por la mía. Estaba decidida a superar, de una vez por todas, la tendencia que me hacía vivir esas emociones violentas. Para ello, leí las orientaciones del presidente Ikeda como si las estuviera escrito para mí. Yo siempre había culpado a David de nuestra situación. Pero al orar decidida a que yo me responsabilizaría de nuestra felicidad, pude ver las cosas desde otro ángulo y sentir respeto por David. Un año y un día después, David me dijo que se iba y aceptó un divorcio amistoso.

Durante los siguientes cuatro años, mantuve una vida feliz. Sin embargo, en lo profundo de mi corazón me preguntaba si realmente había transformado mi karma. ¿Qué sucedía si me casaba de nuevo y me pasaba lo mismo? ¿Cómo podía saber si había cambiado mi karma? Expresé esta preocupación a uno de mis responsables y la respuesta fue simple: "Lo sabrás". En ese momento, decidí mostrar una prueba concreta y construir una relación feliz.

En 1988, me casé con Mark Jenkins, quien es mi compañero de vida perfecto. Ambos compartimos un vínculo extraordinario. Juntos, hemos enfrentado cada obstáculo de la vida –incluidos nuestros esfuerzos para tener un hijo durante nueve años—fortaleciendo constantemente nuestra decisión mientras oramos juntos al Gohonzon. Nuestra hija Alissa nació en 1999. Ahora sé que, la experiencia con David me permitió cambiar mi vida. Tengo mucho que agradecerle.

En 2007, recibí una llamada de David, que ahora vive en Virginia. Hablamos por primera vez después de veinte años. Me pidió perdón por todo lo que había sucedido entre nosotros, y yo también me disculpé. Me dijo que su madre había muerto hace poco y que, debido a sus problemas de salud, no podía asistir al funeral. Le prometí que iría en su lugar y que sería sus ojos y oídos. Después de la ceremonia, lo llamé y le conté en detalle sobre las flores que él había enviado, sobre cómo se veía su madre, acerca de las personas que habían ido. Se sintió muy agradecido. Yo solo sentí afecto y compasión por su vida. Terminamos nuestra conversación con la promesa de vernos la próxima vez que viajara a esta ciudad.

El budismo me permitió romper las pesadas cadenas de mi karma. Ahora, cada vez que enfrento alguna situación difícil, sé que todo depende de mi fe y mi decisión. También he aprendido a no darme por vencida. No se trata de quedarse o irse, sino de cambiar uno mismo. Mantener una práctica budista sólida significa que somos dueños de nuestro propio destino.

[Nota: Un artículo relacionado fue publicado en la edición de enero-febrero de 2009 de Living Buddhism, revista de la SGI de los Estados Unidos.]

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