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Largo camino por delante

Atsuma Ueda
Japón

Michele Di MascioMichele Di Mascio

En 1964, cuando tenía treinta y tres años de edad, puse una tienda de prendas de vestir en la ciudad de Mihara, Hiroshima, Japón. Gracias al éxito del negocio, pude abrir otras tres tiendas en Hiroshima. Sin embargo, seis meses después de inauguradas, quedé al borde de la quiebra. Me sentí perdido. Mi esposa Teruko me había estado hablando sobre la práctica del budismo de Nichiren, pero como pensaba que no tenía nada que ver con los negocios, nunca le había prestado atención.

Sin embargo, quedé intrigado con el concepto de la "revolución humana", según el cual, me decía ella, una persona, cuando cambia en su interior, puede cambiar su entorno. Y luego de leer un poco sobre el tema, me dije: "Claro. Es verdad que cambiar uno mismo es lo básico". Así empecé a practicar el budismo.

Me sentí lleno de vitalidad al llevar a la práctica el budismo. Me di cuenta de que mis problemas no eran tan malos como parecían. Los amigos que me habían asegurado apoyarme cuando quedara en banca rota se sorprendieron de mi optimismo, y decidieron ayudarme a restablecer mi negocio. Como resultado, pude evitar la quiebra y mejorar mucho la situación de mi empresa. Luego, nos fusionamos con una cadena de supermercados y fui nombrado director general de la nueva compañía y gerente de la sede Oeste del Japón.

En 1983, cuando estaba por jubilarme dentro de un año, recibí un poema de aliento que el presidente de la SGI, Daisaku Ikeda, había compuesto cuando había estado en Hiroshima. Esto me impactó profundamente. Era como si me dijera: "Tu verdadero escenario te aguarda". La idea de retirarme me había producido una sensación de haber llegado al final de un largo recorrido. Pero gracias al poema recapacité y me dije: "Sí. Apenas tengo sesenta años. No hay razón para que deje de contribuir hasta los cien".

De esa manera, decidí dedicarme a brindar asesoría corporativa gratuita, para ayudar a las personas que deseaban iniciarse en la gestión de empresas, y que estaban por jubilarse; así como también, asesoría a los jóvenes profesionales de mi rubro. A los retirados, los animaba: "Usted tiene todavía un rol importante que cumplir en la sociedad, por treinta a cuarenta años a seguir. Su experiencia profesional es todo un tesoro".

Al tener en cuenta la importancia de infundir aliento y vigor en la comunidad, apoyé la creación de un comité para la revitalización de Mihara, mi pueblo natal. En 1996, cuando tenía setenta y cinco años de edad, asumí la dirección general (y actualmente, la presidencia) de una corporación de bienestar social, dedicada a la inserción laboral de las personas con discapacidad física y mental.

En enero de 2005, cuando estaba por cumplir ochenta y cuatro años, me diagnosticaron cáncer de próstata. Quedé abatido. Pero me dije: "Hay mucho que hacer. Estoy a medio camino de revitalizar Mihara. No puedo morir todavía". Cuando me examinaron en octubre, luego de una etapa de tratamiento, todas las cifras marcaron un índice normal.

A menudo, los jóvenes trabajadores que acuden a mí para recibir consejo, me dicen que quieren renunciar. Entonces, les hablo del vaso que representa la capacidad humana. Les digo que deben esforzarse para desarrollar su capacidad: crecer de un vaso a un tazón; luego, convertirse en un balde; después en un barril, en un estanque y en un lago. Al practicar el budismo he comprendido que eso es lo más importante en la vida.

Actualmente, tengo noventa y un años de edad. Mientras más años acumulo, más se amplían mis horizontes. Todavía tengo muchas tareas "sin terminar". Gracias a eso, mantengo fortaleza. Tengo un largo trecho por delante. He decidido que venceré en la vida, sin importar lo que ocurra. Esto me da mucho vigor.

[Fuente informativa y fotográfica: SGI Quarterly, octubre 2012.]

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