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La esperanza, mi tesoro

Ater Malath
Sudán del Sur (Estados Unidos)

Jennifer con sus hijos y un compañero de escuelaAter Malath

La primera vez que estuve en una reunión de la SGI pensé: "Si el mundo fuera así, estaremos bien". Eso fue a comienzos de 2011, en los Estados Unidos. Ahí se habían reunido una gran diversidad de personas: asiáticos, negros, blancos, indios, jóvenes y adultos… Y todos hablaban sobre la paz. Inmediatamente decidí practicar el budismo de Nichiren.

Había llegado a ese encuentro tras un doloroso periplo. Nací en 1976, en el pueblo de Rumbek, que ahora pertenece a la República de Sudán del Sur, justo en el período intermedio entre dos guerras civiles que diezmó a la población. El conflicto terminó en 2005 con un saldo de dos millones de pérdidas fatales y más de cuatro millones de desplazados. Yo me convertí en un refugiado a los nueve años de edad, cuando soldados del gobierno central atacaron e incendiaron mi pueblo en mayo de 1985. Escapé con mi tío Mangar Chol y nunca más volví a ver a mis padres.

Chol y yo huimos con una gran masa de desplazados. Caminamos durante dos meses, cruzando el río Nilo, el desierto de Sahara y Akobo, hasta que llegamos a un campo de refugiados de las Naciones Unidas en Etiopía. Los siguientes diez años, los transcurrimos en varios campos de refugiados y tugurios.

Un día supe que mi padre había muerto. Quedé devastado. Mi padre me había alentado a mantener la aspiración de estudiar, por lo que yo siempre había hecho todo lo posible para ir a la escuela. También, supe que mi madre estaba en un pueblo de Sudán con mis hermanos Peter, Mary y Martha. Eso me permitió albergar las esperanzas de volver a ver a la familia.

En septiembre de 1995, llegué a Fargo, Dakota del Norte, donde estudié arduamente el inglés y obtuve el Diploma de Validación General de Secundaria (GED, en inglés). En 2000, me mudé a Seattle e ingresé en una universidad.

En 2001, recibí la desgarradora noticia de que mi madre había muerto, en medio de los enfrentamientos civiles. Mis tres hermanos estaban en un campo de refugiados de Uganda. Dejé la universidad para trabajar en dos lugares. Eso me permitió enviarles dinero para que ellos pudiesen alquilar un departamento y estudiar en Kampala, la capital de Uganda. Mis hermanos y yo, finalmente, pudimos reunirnos en Seattle, cinco años después.

A inicios de 2011, cuando estudiaba en la Universidad de Western Washington, Bellingham, sufrí un accidente de bicicleta. Sufrí una hemorragia cerebral, a partir de lo cual experimenté dolores de cabeza crónicos. Fue después del accidente que conocí el budismo de Nichiren.

Conocí por primera vez sobre el Nam-myoho-renge-kyo. Pero la filosofía budista me hizo sentirme como en casa. Por ejemplo, me explicaron que el ser humano y el entorno mantienen una conexión indivisible, y que todos tenemos la capacidad de cambiar la adversidad en una fuerza motora para generar cosas positivos a partir de ello. Participé en todas las actividades de la SGI que pude. También oré para conocer las causas de mi malestar físico porque quería recuperarme pronto.

Dos días antes de la intervención quirúrgica que se me haría, dejé de sentir dolores de cabeza. La operación fue cancelada. Un mes después, una tomografía por emisión de positrones mostró que las anomalías habían desaparecido. Eso me emocionó mucho. Sentí que podía lograr cualquier cosa ilimitadamente.

Esa experiencia y la oración cambiaron mi forma de pensar. Antes, mis metas eran sobre mi propio bienestar, ahora, me preocupo más por los demás y por el bienestar de todos en conjunto. Ya no pienso solamente en mí. Si no contribuyo a la felicidad de los demás, mi felicidad no tiene sentido.

El presidente de la SGI, Daisaku Ikeda, siempre dice que la esperanza es algo que nunca se acaba. Yo también, aspiro, como él, a lograr que todo el género humano logre una condición de vida amplia, de paz y de felicidad. Sé que en base a sus orientaciones, lograré ser feliz.

Ahora que practico el budismo, tengo muchos sueños: regresar algún día a Sudán del Sur para crear una organización sin fines de lucro que provea de un ámbito de diálogo para que los dirigentes de las diversas tribus puedan conversar sobre lo que es mejor para el país. Con eso en mente, estoy escribiendo mi biografía para transmitir a la gente sobre el horror de la guerra y el poder de la esperanza.

Mis hermanos y yo estamos prosiguiendo nuestros estudios terciarios. Me siento muy orgulloso de mis hermanos. Pienso que mi mayor logro ha sido reunir a la familia. El presidente Ikeda ha escrito que las dificultades son beneficios, porque cuando nos desafiamos para vencerlas podemos convertirnos en personas fuertes e inmutables que resplandecen como el oro puro.

[Fuente informativa: World Tribune, periódico de la SGI de los Estados Unidos. Fotografía: Cortesía de Rachel Bayne Photography.]

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