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Aprendí a respetarme

Milton Lopes
Reino Unido

Milton Lopes

Soy actor y comencé a practicar el budismo de Nichiren en el 2004. He tenido experiencias increíbles, pero quizás esta haya sido la más significativa hasta hoy. En el 2010, en ocasión de una reunión del Departamento de Jóvenes de la SGI del Reino Unido, escribí la siguiente determinación:

Desde que empecé a practicar me ha costado entender por qué podía hacer que la gente de mi entorno fuera más feliz si lograba mis deseos. Una parte de mí pensaba que si oraba solo para cumplir mis propósitos sería un poco egoísta. Pero creo que ahora entiendo mejor este tema.

Nací sin dedos en la mano izquierda, lo que no ha supuesto un gran problema para mí. Recientemente, encontré en Internet una red social a la que acceden personas con problemas similares o que tienen hijos que lo padecen. Puesto que soy actor, decidí progresar en mi carrera y seguir esforzándome para demostrar que el hecho de haber nacido con una carencia física no era un impedimento y que alentaría a todos ellos a que persiguieran sus sueños, sin importar cómo hubieran nacido.

Sin embargo, el 2010 resultó ser uno de los años más duros de mi vida. No tenía trabajo como actor. Para ganar dinero, tuve que trabajar para una empresa que tiene cafeterías en importantes salas de exposiciones en Londres. Era un empleo estupendo porque mi horario era bastante flexible y me permitía acudir a las audiciones. Pero tenía que cubrir turnos de doce a catorce horas varias veces a la semana y los lugares donde se hacían las exposiciones se encontraban a una hora de distancia de donde yo vivía.

Y cuando no había audiciones para presentarme, cubría más turnos aún, y esto hacía que a veces trabajara nueve días seguidos y durmiera solo cuatro horas por la noche.

Las condiciones laborales tampoco eran las mejores. Cuando la sala de exposiciones estaba cerrada al público, se apagaba la calefacción, pero las cafeterías seguían abiertas para servir a quienes trabajaban en el montaje. El invierno del 2010 fue el más frío de los últimos treinta años. Había días en los que trabajábamos en camisetas de manga corta a una temperatura de menos dos grados. La mayoría de los forros polares que nos habían suministrado habían desaparecido y la dirección no quería gastar en comprar unos nuevos.

Mis compañeros tenían miedo de decir lo que pensaban por lo que decidí enviar una nota por correo electrónico. Me mostraría respetuoso, aunque me sentía furioso. Tras orar para obtener sabiduría, escribí que nos veíamos en problemas porque los clientes nos preguntaban por qué no llevábamos ropa adecuada y no sabíamos qué contestarles. Las chaquetas llegaron unas semanas más tarde.

Durante aquella época, también comencé a tener problemas con una compañera de trabajo. Ella había sido amiga, pero en cuanto la nombraron supervisora, su actitud cambió; gritaba a los empleados delante de los clientes. Cuando le dije que estaba molesto porque siempre me chillaba, me contestó: "Si haces tu trabajo bien, no te gritaré, pero si no lo haces, ¡te chillaré! No me despedirán, Milton". Le repliqué: "¡Ya basta! Deja de vociferar". Estaba muy enfadado, pero no alcé la voz. Era como si le estuviera diciendo a todo el que me hubiese tratado mal alguna vez que me merecía mayor respeto.

Unos días más tarde, me di cuenta de algo importante. Me percaté de que mi relación con ninguno de los directores con quienes había trabajado hasta el momento había estado basada en el respeto, porque yo les tenía miedo. Fue un instante en que transformé algo negativo de mi propia vida. Después de aquella experiencia, aprendí a hacerme respetar cada vez que alguien me dirigía su ira. Mi supervisora en la cafetería dejó de gritarme. Siento hacia ella una inmensa gratitud, ya que fue quien me enseñó como nadie en el mundo que yo merecía ser respetado.

En ese ínterin, una compañía de teatro llamada Graeae, que trabaja profesionalmente con personas que poseen diferentes minusvalías, me dio la oportunidad de participar en un espectáculo aéreo. Para ello, necesitaba fortalecer los músculos del torso y de los brazos. Pero me era imposible ir al gimnasio porque estaba trabajando doce horas al día, por lo que canté Nam-myoho-renge-kyo y confié en mi práctica budista. Pronto caí en la cuenta de que empujar las carretillas de leche y tirar de las unidades de café eran como hacer ejercicios de gimnasia. Gracias a eso, me dieron el papel en el espectáculo.

Milton Lopes

Después, la compañía de teatro me preguntó si tenía interés en hacer un curso de circo aéreo. Era gratuito y tenía que asistir a una clase que se realizaba una tarde a la semana, durante dieciocho meses. Era una noticia fantástica. En aquel entonces solo oraba para ser fuerte. Durante varios meses tuve el cuerpo dolorido por columpiarme en un trapecio, subir cuerdas y hacer flexiones después de haber estado doce horas de pie en el trabajo.

También tenía problemas con los compañeros con quienes compartía mi vivienda. Mi vida era soportar acosos en el trabajo, ser infeliz en casa, soportar el entrenamiento para un circo aéreo y carecer de dinero. Los únicos momentos en que hacía vida social era cuando participaba en las actividades de la SGI y cuando acudía a alguna reunión a la que podía llegar.

Estos fueron los mejores momentos del 2010. No pensaba en mis problemas, y cuando hacía actividades como integrante de la DJM, me esforzaba para que las reuniones se desarrollaran sin incidentes, y me preocupaba por el bienestar de mis compañeros. Cada vez que participaba en una actividad de la SGI escuchaba el mismo mensaje: "No te rindas, algo importante está por suceder". Oraba con desesperación para que mi entorno cambiase y para comprender por qué había sido un año tan duro.

Comencé a reflexionar acerca de mi relación con otras personas, más concretamente con las que convivía. Me di cuenta de que durante seis años había estado orando para cambiar mis circunstancias. Estaba sufriendo y no era feliz porque no me respetaba lo suficiente, y mi comportamiento seguía un patrón. Tenía miedo de ser egoísta y por eso siempre ponía mis necesidades en el último lugar y por esta razón tenía que hacer frente a tantos problemas.

Con esto en mente, decidí ser feliz ahora, sin depender de las circunstancias. A través de ello, me convertí en una persona más alegre y las cosas comenzaron a cambiar. Mi vida dejó de ser austera. Conseguí un empleo más cerca de donde vivía y empecé a trabajar con un horario de ocho horas. También solucioné los problemas con mis compañeros de casa.

Después de mi experiencia en el espectáculo con Graeae, me invitaron a formar parte del elenco de profesionales aéreos, cuya mayoría eran personas con discapacidad, para actuar en la ceremonia de inauguración de los Juegos Paralímpicos de 2012. Para incrementar el número de artistas con discapacidad, el Consejo de Arte en colaboración con Circus Space, una enorme escuela de circo europea sita en Londres, organizó un curso de ocho semanas para su participación en la ceremonia de apertura. Después del curso, comenzamos los ensayos para la ceremonia que giraba en torno al tema denominado "Iluminación". Fue una experiencia maravillosa.

Sin embargo, al principio me desilusioné un poco porque estaba aprendiendo técnicas que ya conocía. Me empezaba a aburrir, pero gracias a mi práctica budista pude reconocer que era una oportunidad para ayudar a otras personas a las que les estaba costando realizar movimientos complicados de trapecio por primera vez. Esto me permitió ser testigo del increíble trayecto que recorrieron seres procedentes de distintas realidades, incluidos antiguos soldados que habían perdido una o dos extremidades durante el conflicto armado, hombres jóvenes que no podían utilizar las piernas debido a un accidente o enfermedad, personas de baja estatura, niños con un solo brazo y personas ciegas y sordas. La mayoría no poseía ninguna experiencia en representaciones aéreas, sin embargo todos buscaban la manera de familiarizarse y actuar con instrumentos como lo son las cuerdas y los trapecios.

Fue un camino de perseverancia. Vi como lloraba de felicidad alguien que, sin movilidad en un pie, lograba subir hasta lo más alto de la cuerda tras haberlo intentado durante cinco semanas sin éxito. También cuando un hombre joven, que había perdido las piernas a los doce años, decidió aprender el lenguaje de signos británico para comunicarse con los compañeros sordos, o cuando una chica con un brazo subió una cuerda con la ayuda de los dedos del pie, una de las técnicas más duras y dolorosas de escalada de cuerda que se imparte en el circo.

Todos estaban contentos de poder participar en un entorno en el que los profesores alentaban a desafiarse hasta los límites porque no aceptaban la palabra "imposible". Era un ambiente en el que el hecho de utilizar los instrumentos hacía que las personas se aceptaran como individuos únicos. Tanto fue así, que decidimos realizar un calendario que mostraba y celebraba los cuerpos tal y como eran, sin extremidades y con muchas cicatrices por haber pasado por el quirófano, pero también cuidados y musculosos tras el intenso período de entrenamiento. Debajo de esto, se encontraba el recién obtenido orgullo por tener un cuerpo que, contra todo pronóstico, había sido entrenado para hacer cosas que la mayoría de las personas del mundo no podía.

Cuando tomé la determinación en el 2010, esperaba que me ofrecieran una película o una serie de televisión que verían unos cuantos millones de personas. No obstante, lo que terminé haciendo rebasó todas mis expectativas. Poder formar parte de la Ceremonia de Inauguración de los Juegos Paralímpicos junto a un grupo increíble de personas que me inspiraba cada día es mucho más de lo que nunca hubiese imaginado.

Este recorrido interior ha hecho que me respete y ha fortalecido mi fe. Ahora sé que jamás perderé si no me rindo o me siento derrotado.

En la actualidad tengo una gran determinación: escribir y actuar en un espectáculo individual en un teatro de Londres y construir una carrera inspiradora como actor. Mi deseo es transmitir los esfuerzos por la paz mundial del presidente de la SGI, Daisaku Ikeda, a través de mi trabajo. Es una meta muy ambiciosa, pero estoy seguro de que la lograré si sigo su orientación y más concretamente las siguientes palabras:

Lo importante es que se concentren en desarrollarse. Digan lo que digan o hagan lo que hagan los demás, los que han logrado establecer una firme identidad triunfaran al final. El gran autor japonés, Eiji Yoshikawa (1892 – 1962) escribió en la novela Miyamoto Mushashi [un relato sobre el magistral espadachín del siglo diecisiete del mismo nombre]:

"En vez de preocuparse por el futuro, pensando que quizás deberían ser esto o aquello, procuren construir una identidad sólida e inamovible como el Monte Fuji".

"¡Construyan una identidad indomable y desarrollen una personalidad inamovible!" Me gustaría ofrecerles estas palabras.

[Adaptado del número de noviembre del 2012 de Art of Living, SGI-UK. Fotografías por gentileza de Sarah Woollard ]

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