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Alfabetización para la vida

Durvalina Vitoriano da Silva
Brasil

300Durvalina (izquierda) en una clase

Crecí en una familia humilde pero feliz. De niña, tuve que dejar el colegio para trabajar y cuidar a mis hermanos. Como sólo pude cursar hasta el segundo grado del nivel elemental, siempre albergué el sueño de concluir algún día la primaria.

Ya de adulta y casada, conocí que existía un curso de alfabetización impulsado por la SGI del Brasil, que tenía por fin brindar enseñanza básica para fomentar la posterior educación de los desescolarizados y el empoderamiento de los ciudadanos desfavorecidos. (La SGI del Brasil ofrece el programa de alfabetización desde 1987. Actualmente, cuarenta y cinco centros educativos participan del proyecto.)

En mayo de 1998, mi esposo, que nunca había recibido una educación formal, y yo nos inscribimos en el curso que se impartía en Pirituba. Para nosotros fue un gran desafío asistir a clases. Tuvimos que luchas contra la lluvia, sol, el frío, el cansancio e innumerables problemas. Pero persistimos sin claudicar un solo día, decididos a que no dejaríamos el curso para cambiar radicalmente nuestras vidas. Los profesores voluntarios, los asesores personales, todo el plantel del programa se convirtieron en nuestra familia. Disfrutamos de la interacción en el colegio, y de las clases de educación física y de música. Y, finalmente, concluimos el programa en diciembre de 1999. Tras ello, aprobé un examen de nivelación pública que me acreditó con el cuarto grado de primaria. En 2001, recibí el diploma de graduación de una escuela elemental, y en 2003, de una secundaria. Mi esposo recibió su diploma de primaria a los setenta años de edad. Cuando se graduó dijo: "Soy la persona más feliz del mundo. Me siento orgulloso de pertenecer a la SGI del Brasil". Mi esposo falleció en abril de 2004, tras haber vivido una existencia plena y realizada.

A los sesenta años de edad, inmediatamente después de terminar la secundaria, retorné al centro de alfabetización en donde estudié, pero esta vez para trabajar como asistente de profesor. ¡Quién se lo hubiera imaginado! Han pasado siete años de que cumplo el rol de tutora con mucha gratitud. Para mí es muy significativo ayudar a las personas, que por ser iletradas, se sienten desorientadas o se ven limitadas a expresarse. Cuánta es la angustia de una madre que no puede apoyar a sus hijos en las tareas escolares. Por eso me hace muy feliz ver el desarrollo de nuestros alumnos que con su nueva formación son libres. Agradezco sinceramente a los profesores y los asistentes que se esmeraron sinceramente en mi educación, y a mi familia que siempre me alentó a avanzar.

[Nota: Un artículo relacionado fue publicado en la edición de julio de 2011 de la revista SGI Quarterly.]

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