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Propuesta de paz 2010

Por una nueva era de creación de valores

Daisaku Ikeda

Presidente de la Soka Gakkai Internacional

 

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Quisiera hacer propicia esta oportunidad para tratar diversas propuestas que entiendo pueden contribuir con las acciones para resolver las actuales crisis mundiales y construir un nuevo orden de paz y de coexistencia para el siglo XXI.

La crisis económica global ha producido en severo impacto en la vida de ciudadanos de muchos países. Es de temer que una de las consecuencias de dicho impacto sean la demora o el retroceso en las gestiones internacionales que intentan hacer frente a complejos temas globales, entre ellos, la pobreza y la destrucción ambiental. Debemos evitar ese círculo vicioso que hace que las crisis generen pesimismo, lo que, a su vez, exacerba las crisis.

Por ejemplo, si bien están estancadas las gestiones para crear un marco internacional que trate la reducción de los gases de efecto invernadero después de 2013, eso no significa que no exista el menor avance positivo sobre el tema. Una prueba es la campaña de plantación de árboles iniciada por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) en 2006, que, hasta fines de 2009, plantó alrededor de siete mil cuatrocientos millones de árboles en todo el mundo. Esa empresa ha contado con la participación de millones de ciudadanos, desde alumnos de escuelas primarias hasta jefes de estado; el número total de los árboles plantados corresponde a más de un árbol por cada habitante de la Tierra.

Además, en 2008, la PNUMA lanzó la Red de Clima Neutral (CN Net, por su denominación en inglés), cuyos miembros se proponen lograr cero emisiones netas de gases de efecto invernadero. Numerosos gobiernos nacionales y locales, como también corporaciones, organizaciones no gubernamentales (ONG) e instituciones educativas están participando de la plataforma. Como lo demuestran estos ejemplos, si bien es verdad que las negociaciones entre estados se encuentran en buena medida paralizadas, se está tratando de avanzar a partir de nuevas formas de cooperación internacional, impulsadas por la acción de personas individuales y organizaciones.

En lo que se refiere a encontrar los medios hacia la resolución de cuestiones globales, este año, 2010, será un período crítico, ya que se efectuarán numerosos encuentros importantes, entre ellos, la Conferencia de las Partes del Año 2010 Encargada del Examen del Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares (TNP), en mayo, y la Cumbre sobre los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), en setiembre.

Debemos recordar que siempre existe un camino, una senda hacia la cúspide de la montaña más difícil e imponente. Aunque una muralla de roca se yerga ante nosotros, no debemos descorazonarnos, sino continuar con paciencia la búsqueda de un camino hacia delante. Lo más importante es poseer una imaginación capaz de considerar las crisis del presente la oportunidad de transformar de manera fundamental la dirección de la historia. Al hacer acopio de nuestra determinación y voluntad, podremos convertir cada dificultad en el combustible para un cambio positivo.

Cuando se fundó la Soka Gakkai en 1930, el Japón y el resto del mundo se estremecían aún ante el impacto del caos financiero ocurrido el año anterior, y la gente era presa de un profundo sentimiento de angustia y desasosiego. En sus escritos de aquella época, el fundador de la organización, Tsunesaburo Makiguchi (1871-1944), propuso una transición de un modo de vida dependiente o incluso independiente, hacia lo que el llamó un modo de vida de contribuciones. Rechazó el estilo de vida pasivo y dependiente, en que el individuo está a merced de su entorno y de las condiciones de su época. Del mismo modo, desestimó la clase de existencia que nos permite satisfacer solo nuestras propias necesidades y permanecer indiferentes al sufrimiento de los demás.

Por el contrario, él instó a adoptar un estilo de vida de contribución, tal como lo describe una máxima budista, según la cual, cuando uno enciende un farol para alumbrar el camino de otro, también ilumina sus propios pasos. La fuente de luz necesaria para disipar el caos y la oscuridad de la época se encuentra en las acciones que hacen surgir nuestra propia luz interior, cuando actuamos en bien de otras personas.

El segundo presidente de la Soka Gakkai, Josei Toda (1900-1958), heredero del espíritu de Makiguchi, declaró: "Mi anhelo es que la palabra 'miseria' no se vuelva a emplear nunca más para describir el mundo, cualquier país o cualquier persona". Él actuó fiel a sus convicciones y se dedicó a fomentar la paz, lograr la felicidad de sus congéneres y construir la solidaridad ciudadana, basado en la filosofía de respeto por la dignidad de la vida y del ser humano.

Al examinar las graves cuestiones que aquejan a la sociedad contemporánea, adquiero la certeza de que nada es más crucial que una reorientación profunda de nuestro estilo de vida, basada en un sentido de obligación hacia toda la humanidad y hacia la totalidad del planeta, tal como lo propugnaron Makiguchi y Toda. En lugar de quedarnos al margen y especular sobre lo que deparará el futuro, debemos concentrarnos en lo que cada uno de nosotros puede hacer en este momento crítico, en el papel que cada uno elige desempeñar para cambiar el curso de la historia. Es necesario que la idea de una vida de contribución se convierta en el espíritu predominante de la nueva era. 

Sobre la base de ese reconocimiento, quisiera ofrecer una propuesta de medidas concretas centradas en dos puntos principales. El primero de ellos es el problema de las armas nucleares, cuya existencia sigue siendo una amenaza real para la humanidad, puesto que son la máxima representación del desprecio cruel y flagrante por las necesidades y por el bienestar de los demás. El segundo punto son las distorsiones estructurales de la sociedad global, donde la pobreza y otras amenazas siguen socavando la dignidad de una enorme cantidad de personas.

Por un mundo sin armas nucleares

En una propuesta que escribí en setiembre de 2009, ofrecí un plan de cinco partes para establecer las bases de un mundo libre de armas nucleares, que incluía la promoción de diversas gestiones en pos del desarme y la transición hacia acuerdos de seguridad que no dependan de las armas atómicas. Al mismo tiempo, reafirmé mi convicción inalterable de que, si nuestro objetivo era dejar atrás una era de terror nuclear, debíamos luchar contra el verdadero "enemigo". Este no son las armas nucleares en sí mismas ni los estados que las poseen o producen. El auténtico enemigo que debemos enfrentar es el modo de pensamiento que justifica la existencia de esas armas y la aniquilación de los demás, cuando se ven como amenazas u obstáculos para el logro de los propios objetivos.

Mis propuestas sugieren una serie de pasos para superar y transformar la clase de pensamiento que justifica las armas nucleares, y para darles un mayor empuje a las acciones por la abolición.

El primero de dichos pasos es trabajar, basados en el sistema ya existente del TNP, para ampliar los límites que definen la obligación legal de no utilizar armas nucleares, a fin de establecer de ese modo los cimientos institucionales para reducir su empleo en cuestiones de seguridad nacional.

El segundo es incluir la amenaza o el uso de armas nucleares dentro de los crímenes de guerra que caen bajo la jurisdicción de la Corte Penal Internacional (CPI), y estatuir, mediante normas contundentes, que dichas armas no deben ser utilizadas jamás.

Como tercer punto, propuse la creación de un sistema, basado en la Carta de las Naciones Unidas, para que la Asamblea General y el Consejo de Seguridad trabajen de manera conjunta en pos de la completa eliminación de las armas nucleares. 

Ninguna de estas propuestas será una tarea fácil de llevar adelante, pero todas ellas se basan en cimientos institucionales preexistentes. No son en absoluto metas inalcanzables. Es mi profundo deseo que la Conferencia de Revisión del TNP que se realizará en mayo inicie un movimiento hacia los mencionados objetivos, y que estos se puedan implementar en el plazo de cinco años. Esa gran tarea tendría que conducir a la realización de una cumbre para la abolición, en 2015 –que debería llevarse a cabo en Hiroshima y Nagasaki, setenta años después de los ataques nucleares que devastaron ambas ciudades—, lo que señalaría efectivamente el fin de la era de las armas nucleares.

Ampliación de marcos que prohíban el uso de las armas nucleares

Hasta la fecha, el establecimiento de zonas libres de armas nucleares (ZLAN) representa el intento de cubrir una brecha del marco legal, producida por la falta de otro tratado o convención que estipulara una prohibición global contra el uso de armas nucleares. En 2009, los tratados ZLAN entraron en vigor en Asia central y en África. Fueron acuerdos similares a los que abarcaban América Latina y el Caribe, el Pacífico sur y el sudeste de Asia. Es realmente significativa la decisión tomada por tantos gobiernos de eliminar las armas nucleares en numerosas regiones alrededor del mundo. 

Aunque el preámbulo del Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares, que entró en vigencia hace cuarenta años, insta a sus signatarios a "hacer todo lo posible por evitar el peligro de semejante guerra y de adoptar medidas para salvaguardar la seguridad de los pueblos", es claro que los estados nucleares no han cumplido con dicha obligación. 

Desde luego, el TNP nos les concede a esos países el derecho a poseer armas nucleares indefinidamente. Pese a ello, la permanente adhesión de estos a la doctrina de la disuasión nuclear ha tenido el efecto de incentivar tanto la "proliferación vertical" (arsenales atómicos ampliados y mejorados dentro de los estados nucleares) como la "proliferación horizontal" (la propagación de tecnología nuclear hacia otros estados y entidades). El efecto real que eso produjo fue el de sacudir y socavar las bases del TNP. 

Ahora es el momento de que los estados nucleares compartan una visión unificada de un mundo sin armas atómicas y destierren el mito de la disuasión, es decir, la creencia ilusoria de que la seguridad se puede garantizar de alguna manera a través de amenazas de destrucción mutua y de terror por ambos lados. Tiene que surgir una nueva clase de pensamiento, sustentada en un trabajo conjunto, para reducir amenazas y crear círculos de seguridad física y psicológica que se vayan expandiendo hasta abarcar el mundo entero. 
Quisiera exhortar a los estados nucleares a que, como prueba de su resolución genuina de erradicar la idea de la disuasión, asuman los tres compromisos siguientes durante la Conferencia de Revisión del TNP de 2010 y se apliquen a implementarlos en su totalidad hasta 2015: 

1. Lograr un acuerdo legalmente vinculante para ampliar las garantías negativas de seguridad, es decir, la promesa de no emplear armas nucleares contra ningún estado no nuclear, de acuerdo con las obligaciones contraídas en el TNP. 

2. Iniciar negociaciones sobre un tratado que codifique la promesa de no atacarse entre sí con armas nucleares. 

3. Donde no se hayan establecido aún zonas libres de armas nucleares, como medida transitoria, declarar que dichas regiones quedan excluidas del uso de esas armas.

No es mi intención subestimar las dificultades que aguardan en el camino hacia el logro de esos objetivos, especialmente, del segundo y el tercero. Pero es importante recalcar que se trata de decisiones políticas que los estados nucleares pueden tomar ahora mismo, mientras mantienen su condición actual de poseedores de armas atómicas. 

En lo que respecta a las promesas mutuas de no utilización, incluso un acuerdo limitado a los Estados Unidos y a Rusia podría convertirse en un evento decisivo, dado que generaría una gran reducción de las amenazas y beneficiaría también a los integrantes de la alianza. Asimismo, propiciaría una revisión del despliegue extraterritorial de ojivas nucleares y de programas de defensa con misiles, como pasos previos al desmantelamiento del paraguas nuclear. 

Como lo muestra el informe final de la Comisión Internacional para la No Proliferación Nuclear y el Desarme, iniciativa conjunta de los gobiernos australiano y japonés elaborada en diciembre de 2009, es cada vez más perentorio el reclamo de países que están bajo el paraguas nuclear de que se revise la doctrina nuclear tradicional. 

Uno de los beneficios de establecer regiones declaradas libres de uso nuclear es el de alentar el avance hacia la desnuclearización global y hacia la creación de un sistema exhaustivo para prevenir la proliferación de todas las armas de destrucción masiva, así como la nefasta posibilidad del terrorismo nuclear. Eso tendría como propósito transformar la actitud que prevalece en ciertas regiones –incluidas aquellas donde los países nucleares o sus aliados están presentes— de enfrentar amenaza con amenaza. Lo que es necesario incentivar, en lugar de eso, es la postura de reducción mutua de tales tipos de intimidaciones, tal como se estipula en el Programa de Reducción Cooperativa de la Amenaza (CTR, por su acrónimo en inglés) instituido por los Estados Unidos y las naciones de la ex Unión Soviética, tras la finalización de la Guerra Fría. 

Lamentablemente, en su forma actual, el TNP no incluye previsiones para reducir amenazas y ofrecer garantías mutuas capaces de fortalecer la confianza. Si se puede lograr algún progreso en ese sentido en el ámbito regional, quedará claramente demostrada la seguridad física y sicológica que brinda participar de los marcos del desarme, ya que mantenerse al margen solo profundiza el aislamiento. Eso, a su vez, podría minimizar los motivos que tienen algunos países para desarrollar o adquirir armas nucleares. 
Si mediante esos sistemas se pueden crear círculos de seguridad física y sicológica que abarquen no solo países que dependen del paraguas de los estados nucleares, sino a Corea del Norte e Irán, y también a la India, Pakistán e Israel, que actualmente están fuera del marco del TNP, eso representaría un avance mayúsculo hacia la meta de la desnuclearización. 

La lista de tratados que deberían ser ratificados por países que están dentro de una región declarada libre de uso nuclear incluiría: el Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares, la Convención contra el Terrorismo Nuclear, la Convención sobre la Protección Física de los Materiales Nucleares, la Convención sobre las Armas Biológicas y el Tratado sobre Armas Químicas. Para más adelante, se debería agregar a la lista, cuando esté concluido, el Tratado para la Prohibición de la Producción de Materiales Fisionables. 

Para todas esas iniciativas será preciso adoptar un enfoque múltiple. Como lo afirmó el presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy (1917-1963): "No existe una única y simple clave para lograr esta paz, ni una grandiosa fórmula mágica que puedan adoptar una o dos potencias. La paz genuina debe ser el producto de muchas naciones, la suma de muchas acciones". 

En la propuesta que presenté en setiembre último, solicité que todos los países que actualmente participan de las conversaciones de las seis partes sobre el programa nuclear de Corea del Norte –China, Corea del Norte, Corea del Sur, Estados Unidos, Japón y Rusia— declararan el nordeste de Asia zona libre del uso de armas nucleares, como un paso hacia la desnuclearización de la región, incluido, desde luego, el abandono del programa nuclear por parte de Corea del Norte. Espero fervientemente que se inicien conversaciones para el establecimiento de esos sistemas en regiones como Oriente Medio y el sur de Asia, donde existen fuertes tensiones desde hace tiempo. 

Aclarar la ilegalidad del empleo de armas nucleares

Mi segunda propuesta contempla el establecimiento de normas para definir explícitamente la ilegalidad del empleo de las armas nucleares. 

Hasta la fecha, se han establecido tratados que prohíben completamente el desarrollo y fabricación, la posesión y almacenamiento, la transferencia o adquisición de armas biológicas y químicas de destrucción masiva. El Protocolo de Ginebra de 1925, que prohibía el empleo de esas armas, fue adoptado en vista del enorme sufrimiento que provocaba el uso de gas venenoso en la Primera Guerra Mundial, y representó un paso importante hacia la implementación de los mencionados tratados de prohibición completa.
El Protocolo tomó en cuenta la condena de la opinión pública internacional hacia el uso de armas químicas y declaró su proscripción "con el fin de hacer reconocer universalmente como incorporada al derecho internacional esta prohibición, que igualmente se impone en la conciencia y a la práctica de las naciones". El Protocolo estipula una restricción similar al uso de armas biológicas. 

Hoy, la sola idea de la posesión, para no mencionar el empleo de armas químicas o biológicas, inspira una aversión generalizada dentro de la comunidad internacional; la infamia que esos artefactos mortíferos implican ha quedado firmemente establecida. Tenemos que lograr que ese mismo repudio se haga extensivo a las armas nucleares, que son sin lugar a dudas las más inhumanas de todas. 

En la Conferencia Anual para Organizaciones No Gubernametales afiliadas al Departamento de Información Pública (DIP) de las Naciones Unidas, realizada en setiembre de 2009 en la ciudad de México, con la asistencia de representantes de la SGI, el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon declaró que "las armas nucleares son inmorales y que no deberían recibir ningún tipo de validación militar". 

Ya es tiempo, para aquellos que ocupan posiciones de liderazgo, de reconocer que las armas nucleares son aborrecibles y totalmente inútiles para fines militares. 

Como lo demuestran los hechos que culminaron en la prohibición total de armas químicas y biológicas, el primer paso para ponerle punto final de manera definitiva a la era de las armas nucleares debe ser el establecimiento de normas que prohíban su empleo. 
Hace más de medio siglo, en setiembre de 1957, mi mentor Josei Toda efectuó una declaración en la que condenó las armas nucleares como un mal absoluto y sostuvo que jamás debían emplearse, en ninguna circunstancia. En los años que siguieron, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó una serie de resoluciones por las que declaró su uso un crimen contra la humanidad y la civilización. Así y todo, falta aún establecer una norma legal clara en lo concerniente a este tema. 

En 1996, la Corte Internacional de Justicia (CIJ) publicó una Opinión Consultiva sobre la amenaza o el uso de armas nucleares: "la amenaza o el uso de armas nucleares serían por lo general contrarios a […] los principios y reglas de la ley humanitaria". La corte, no obstante, se abstuvo de brindar su opinión sobre la legalidad de las amenazas o del empleo de armas nucleares "en una circunstancia extrema de defensa propia, en que la supervivencia de un estado estuviera en peligro". Mientras esas cuestiones cruciales permanezcan sin resolver, siempre será posible encontrar justificaciones para el empleo de armas nucleares; es por ello que debemos establecer claramente las normas que impidan absolutamente su uso. 

El juez Christopher Weeramantry, presidente de la Asociación Internacional de Abogados contra las Armas Nucleares, fue uno de los magistrados que participaron en el caso. Él presentó una opinión personal aparte, en la que manifestó que "el uso o la amenaza de uso de armas nucleares es ilegal, en absolutamente cualquier circunstancia". En su libro Universalising International Law [La universalización del derecho internacional], él recalca que reflejar las voces y puntos de vista de los ciudadanos comunes contribuye a dar un carácter más universal a las leyes; y destaca la importancia de "[la] visión de los pueblos, que constituye la opinio juris". 

Al analizar la historia de las armas nucleares, vemos que, cuando se produjeron situaciones de crisis y de peligro extremo, estas se pudieron conjurar, y se lograron avances, por lo que la idea de recurrir a las armas nucleares se fue debilitando cada vez más. Eso fue posible gracias a la acción sinérgica de los líderes políticos, que demostraron compostura práctica y moral, y a que la opinión pública hizo sentir su peso en el ámbito internacional, al coincidir en que cualquier repetición del horror de las armas nucleares debía evitarse a toda costa. 

Por ejemplo, el Tratado de Prohibición Parcial de los Ensayos Nucleares de 1963, que constituyó la primera restricción impuesta al desarrollo de armas nucleares, fue adoptado a través de los esfuerzos de los líderes estadounidenses y soviéticos, quienes habían tenido una clara visión del abismo de una guerra nuclear durante la Crisis de los Misiles en Cuba, y se habían visto además confrontados por el movimiento ciudadano para "prohibir la bomba", conducido por Linus Pauling (1901-1994) y otros científicos. 

De igual modo, el Tratado sobre las Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio de 1987, primer acuerdo para una verdadera reducción del número de armas nucleares, fue adoptado a través de una serie de cumbres entre estadounidenses y soviéticos, y tuvo como telón de fondo la conmoción por el desastre del reactor nuclear de Chernóbil. Otro factor crucial detrás de ese cambio de política fue la oposición de la opinión pública al despliegue de armas nucleares tácticas en Europa, en la década de 1980. 

Si bien es probable que todos esos pasos representen solo un progreso limitado, son el reflejo de la convicción cada vez más firme dentro de la sociedad internacional de que las armas nucleares jamás deben ser empleadas y de que se deben implementar medidas para contrarrestar la amenaza que estas representan. Esta tendencia es destacable si se recuerda que inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, se consideró que las armas nucleares no eran otra cosa que armas convencionales extremadamente destructivas, cuyo empleo, según la visión de muchos, era inevitable. 

Por más grande que sea la brecha entre nuestros ideales y la realidad, no debemos renunciar a la esperanza ni aceptar el estado de cosas con resignación. Por el contrario, los ciudadanos del mundo debemos unirnos y crear una nueva realidad. Las prohibiciones impuestas en años recientes a las minas terrestres y a las municiones de racimo son el fruto de la unión solidaria de las personas comunes. 

El año pasado propuse que se constituyera un movimiento para elaborar una "declaración para la abolición nuclear efectuada por los pueblos del mundo", que podría ser impulsado de manera conjunta por individuos, organizaciones, grupos espirituales y religiosos, universidades, instituciones de investigación, y también, por agencias del sistema de la ONU. 

Junto con ello, quisiera proponer en esta oportunidad la formación de un movimiento para enmendar el estatuto de la Corte Penal Internacional (CPI), a fin de dejar claramente establecido el uso de las armas nucleares como crimen de guerra. 

Debemos adoptar, como norma y aspiración compartida por toda la humanidad, la meta de lograr la prohibición de las armas nucleares para 2015, año que marcará el 70º aniversario de los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki. Tenemos que emplear la creación de dicha norma a fin de despejar el camino hacia la abolición completa de las armas nucleares, deseo fervoroso que abrigan los sobrevivientes de ataques nucleares y ciudadanos de todos los confines. 

Muchos estados que participaron de las negociaciones para el establecimiento de la CPI en 1998 instaron a que el uso de armas nucleares fuese incluido como un crimen de guerra que quedara bajo la jurisdicción de la corte. Sin embargo, ese requerimiento no se reflejó en el lenguaje definitivo del Estatuto de Roma, cuando este se adoptó. Yo solicité entonces una reconsideración del documento en la propuesta de paz que presenté al año siguiente. En noviembre de 2009, en la octava sesión de la Asamblea de Estados Parte del Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, México propuso la enmienda al estatuto, y se formó un grupo de trabajo para considerar el tema, junto con otras revisiones. Veo con beneplácito ese hecho y las importantes oportunidades que brinda. 

Los estados que no forman parte de la CPI, en especial, los países nucleares, deben ser invitados a participar como observadores de los debates sobre la cuestión. Es sustancial que los representantes del mayor número posible de gobiernos confronten, a través de un proceso de minuciosos debates, la naturaleza inhumana de las armas nucleares y la intolerable amenaza que representan. El objetivo, en este caso, no es por cierto castigar el uso real de tales armamentos, sino establecer un norma clara de que su empleo es, siempre y en cualquier circunstancia, inaceptable. 

Para los miembros de la SGI, la declaración por la prohibición de las armas nucleares efectuada por el segundo presidente de la Soka Gakkai, Josei Toda, es una fuente de inspiración imperecedera. Tomándola como punto de partida, durante el último medio siglo, hemos continuado haciendo hincapié en el horror que implican las armas nucleares, a través de profundizar la conciencia de la ciudadanía y de obtener respaldo para su erradicación. En setiembre de 2007, en el 50º aniversario de la declaración de Toda, la SGI estableció la Década de los Pueblos para la Abolición Nuclear; asimismo, hemos trabajado junto con la Campaña Internacional para Abolir las Armas Nucleares (ICAN, por su acrónimo en inglés), promovida por la Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear (IPPNW, por su acrónimo en inglés) a fin de alentar la adopción de una Convención sobre Armas Nucleares para la completa abolición de esos armamentos. Estoy convencido de que una enmienda al estatuto de la CPI que convirtiera el empleo de armas atómicas en un crimen de guerra podría servir de impulso para la adopción de una convención de dicho tipo. 

Desde comienzos de 2010, los miembros de la Soka Gakkai de Japón, especialmente los jóvenes, están dialogando con numerosas personas con el objeto de profundizar la conciencia ciudadana sobre los armamentos atómicos; han recolectado también firmas a favor de una Convención sobre Armas Nucleares para presentar en la Conferencia de Revisión del TNP que se realizará en mayo. Es propio de la naturaleza de la juventud no arredrarse ante ninguna dificultad, resistir la arremetida violenta de la realidad y comprometerse íntegramente con la realización de los ideales más elevados. Si la clave para la prohibición de las armas nucleares está en lograr una abrumadora expresión de voluntad popular, es en la solidaridad de la gente joven dedicada a dicha causa donde se encuentra la energía para transformar la época. 

Hasta la fecha, la exhibición "De una cultura de violencia a una cultura de paz: Hacia la transformación del espíritu humano", creada por la SGI en 2007, se ha presentado en cincuenta ciudades de veintidós países. Hemos producido, asimismo, un DVD en cinco idiomas denominado "Testimonios de Hiroshima y Nagasaki: Mujeres por la paz", en el que se documentan las experiencias de las víctimas de las bombas atómicas. Firmemente dispuestos a cumplir con la misión que nos encomendó Josei Toda, seguiremos empleando herramientas educativas como vehículos para crear una marea irresistible de energía popular en pos de la prohibición y erradicación de las armas nucleares. 

La promoción del desarme mediante el Artículo 26

El tercer tema crucial que quisiera analizar se refiere a los esfuerzos de colaboración entre la Asamblea General y el Consejo de Seguridad de la ONU para lograr la abolición nuclear, basados en la Carta de las Naciones Unidas. 

Actualmente, Rusia y los Estados Unidos están en tratativas para lograr un nuevo acuerdo de desarme que reemplace el Tratado de Reducción de Armas Estratégicas (START I, por su acrónimo en inglés), que técnicamente expiró el año pasado. Sin embargo, incluso las disminuciones más ambiciosas que logren negociar ambos países dejarán un número enorme de ojivas nucleares remanentes sobre la faz de la Tierra. 

Para avanzar realmente hacia la reducción de las armas nucleares, es esencial expandir los alcances del desarme más allá de esos dos países, para incluir a todos los estados que posean armamento nuclear. Quisiera proponer, con miras a ese cometido, un proceso para desarrollar e implementar una hoja de ruta con los pasos necesarios hacia un mundo libre de armas nucleares, sustentada en la Carta de las Naciones Unidas, que todos los gobiernos relevantes deben respetar. 

El Artículo 11 de la Carta de las Naciones Unidas establece que la Asamblea General "podrá considerar los principios generales de la cooperación en el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales, incluso los principios que rigen el desarme y la regulación de los armamentos, y podrá también hacer recomendaciones respecto de tales principios a los Miembros o al Consejo de Seguridad o a éste y a aquellos". 

Además, el Artículo 26 establece claramente que le cabe al Consejo de Seguridad la responsabilidad de formular un sistema de regulación de los armamentos "[a] fin de promover el establecimiento y mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales con la menor desviación posible de los recursos humanos y económicos del mundo hacia los armamentos…". 

Hasta la fecha, la Asamblea General, basada en el Artículo 11, se ha involucrado activamente en cuestiones relativas al desarme. Por el contrario, el Consejo de Seguridad no ha cumplido con sus funciones y, en esencia, ha dejado en suspenso el Artículo 26 durante todos estos años. Esa es una de las razones por las que fue tan importante la Cumbre del Consejo de Seguridad sobre la No Proliferación Nuclear y el Desarme Nuclear llevada a cabo en setiembre último. Para poder cumplir con el compromiso que estableció en ese momento de "crear las condiciones necesarias para un mundo sin armas nucleares", el Consejo de Seguridad, cuyos cinco miembros permanentes son todos estados nucleares, tiene que asumir la responsabilidad de establecer una jurisdicción para las negociaciones multilaterales sobre el desarme, a través, por ejemplo, de una serie de cumbres que cuenten con la participación del Secretario General de la ONU. 

La Asamblea General podría también basarse en archivos que contengan resoluciones relativas a la abolición de las armas nucleares y publicar anualmente recomendaciones dirigidas al Consejo de Seguridad instándolo a cumplir con su obligación de lograr un mínimo especificado de armas nucleares. Para fortalecer la autoridad moral de dichas recomendaciones, se podría adjuntar documentación emitida por diversos países sobre las previsiones que estos han tomado para reducir las tensiones y promover el desarme. 

Huelga decir que la responsabilidad última de la abolición de las armas atómicas recae en los estados nucleares. Y no es necesario que dichos estados esperen pasivamente que finalicen las negociaciones sobre la reducción de armamentos para actuar. Pueden, a través de su propio accionar, presionar a favor de la abolición, para que esta se concrete con mayor presteza. Tales acciones responderían ciertamente a la orientación impuesta por la Opinión Consultiva de la CIJ por la que "cualquier búsqueda realista de un desarme general y completo, especialmente, el desarme nuclear, necesita la cooperación de todos los estados". 

Por otro lado, al expresar mediante esas resoluciones el deseo de la sociedad mundial de lograr el desarme, la Asamblea General puede servir de estímulo para que diversos países realicen esfuerzos ambiciosos a fin de reducir las tensiones. A su vez, según lo expresa el llamado de 2008 que Costa Rica realizó para que el Consejo de Seguridad estableciera un sistema de regulación de armamentos, basada en el Artículo 26, eso podría convertirse en un medio de "escapar del círculo vicioso de la carrera de armamentos que parece estar ganando terreno en algunas regiones del mundo y que compite con las prioridades de gasto social y los objetivos de desarrollo convenidos internacionalmente, en los Objetivos de Desarrollo del Milenio, y que afecta negativamente a la seguridad humana". 

En una época en que todas las sociedades deben unirse para responder a los problemas que tienen en común, como la pobreza y la destrucción ambiental, el gasto militar absorbe una cantidad descomunal de los recursos humanos y económicos del mundo. Las armas nucleares, en particular, son un mal fundamental que no solo no puede resolver el cúmulo actual de severas cuestiones globales, sino que, por el contrario, solo consigue exacerbarlas. 

Jayantha Dhanapala, presidente de las Conferencias Pugwash sobre Ciencia y Asuntos Mundiales, y Patricia Lewis, subdirectora del Centro de Estudios para la No Proliferación del Instituto de Estudios Internacionales de Monterrey, son ambos expertos de renombre internacional sobre temas de desarme. En un prefacio escrito en conjunto para un informe del Instituto de las Naciones Unidas de Investigación sobre el Desarme (UNIDIR, por su acrónimo en inglés), ambos sostienen que, en cualquier discusión sobre el desarme, se trate de armas pequeñas o de armas de destrucción masiva, el aspecto de la seguridad humana debe obtener prioridad. "Necesitamos reorientar el desarme para devolverlo al lugar que le corresponde: en el centro de lo que entendemos por seguridad enfocada en las personas. El desarme es una acción humanitaria". 

Basado en ese principio, exhorto firmemente a que se realice todo esfuerzo posible para implementar el Artículo 26 de la Carta de las Naciones Unidas, de manera que el Consejo de Seguridad cumpla con sus obligaciones de desarme, impulsando la abolición nuclear y la desmilitarización de nuestro planeta. 

Como nación que ha experimentado ataques nucleares, durante más de una década el Japón ha respaldado resoluciones de la Asamblea General exigiendo la abolición de las armas nucleares. Asimismo mantiene los tres principios no nucleares (no poseer, no producir y no permitir la introducción de armas nucleares en su territorio), así como tres principios relativos a la exportación de armas. Japón debe asegurar su firme adhesión a esos dos grupos de principios y, asumiendo su lugar en la primera línea, convocar la opinión pública mundial por la abolición nuclear. 

En noviembre del año pasado, el Japón y los Estados Unidos dieron a conocer una declaración conjunta en la que expresaban su decisión de trabajar activamente a fin de crear las condiciones para la completa eliminación de las armas nucleares. Este año, Japón se integrará como miembro del Consejo de Seguridad, por lo que debería hacer propicia la ocasión para incentivar enérgicamente a los Estados Unidos y a otros países nucleares a que realicen progresos en pos del desarme. En más de un sentido, el Japón tiene el deber y la responsabilidad únicos de trabajar por el logro de un mundo libre de armas nucleares. 

Hacia una época de dignidad humana

A continuación, quisiera tratar los pasos para solventar las distorsiones estructurales de la sociedad global, que amenazan la dignidad humana y que ahora han saltado a la palestra debido a la actual crisis económica. 

El año pasado, se produjo una marcada disminución del crecimiento económico en los países en vías de desarrollo; en su conjunto, la economía global se contrajo por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial. El impacto sobre los miembros más vulnerables de la sociedad ha sido particularmente severo. Existe el temor creciente de que surjan crisis humanitarias en diferentes partes del orbe, si no se brinda asistencia programada para suplir las necesidades de sus poblaciones. 

Desde hace tiempo insisto en que es perentorio fomentar el desarrollo de redes de seguridad internacionales que salvaguarden la vida y la dignidad de las personas, y conviertan la seguridad humana en una sólida realidad. Al mismo tiempo, he propugnado el empoderamiento de los individuos, como una respuesta a largo plazo. De acuerdo con ello, quisiera ofrecer aquí propuestas concretas relacionadas con el trabajo, con el empoderamiento de la mujer, y con la infancia. El trabajo: fuente de dignidad

En primer lugar, solicito a los gobiernos que pongan su empeño en enfrentar el desempleo y amplíen las oportunidades laborales, en especial, para la gente joven. La comunidad internacional en su totalidad debe esforzarse para estabilizar la tasa de empleo en las naciones en desarrollo, de acuerdo con el Pacto Mundial para el Empleo adoptado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en junio de 2009. 

Se calcula que el desempleo global en 2009 afectó por lo menos a doscientos diecinueve millones de personas, lo que implica el nivel más alto jamás registrado. Es importante que sepamos aquilatar, más allá de esa cifra alarmante, el número de tragedias individuales que esto representa. Se impone la insoslayable obligación política de seguir tomando medidas para paliar la inseguridad y la pobreza que afligen a grandes sectores de la sociedad. 

La gente joven puede resultar especialmente afectada si no logra encontrar trabajo o si pierde su empleo apenas ingresa en la población trabajadora activa. Además de las dificultades económicas, el sentimiento de no valer nada y una profunda inseguridad respecto del futuro podrían llegar a ser tan intensos en el caso de los jóvenes, que estos podrían incluso perder su deseo de vivir. Al mismo tiempo, la dignidad de las personas se ve gravemente amenazada cuando estas tienen empleos en los que imperan condiciones inhumanas o degradantes, o cuando la falta de seguridad laboral torna imposible una planificación realista del futuro. Basada en la convicción de que "el trabajo debe ser fuente de dignidad" y de que "el trabajo no es una mercancía", la OIT ha defendido el concepto de trabajo digno para todos. Los líderes del G20, reunidos en la Cumbre de Pittsburgh en setiembre de 2009, refrendaron completamente dicho principio: "No podemos descansar hasta que la salud de la economía mundial se restablezca plenamente, y las familias trabajadoras de todo el mundo puedan encontrar empleos decentes". Se debe tomar toda clase de medidas para evitar la profunda y prolongada recesión económica que sobrevino al pánico financiero de 1929, cuando los ciudadanos comunes quedaron indefensos, y la sociedad se sumió en un severo caos. 

Los gobiernos deben evitar dar por finalizadas prematuramente las iniciativas de asistencia específicamente formuladas ante la actual crisis económica. Tal como lo advierte la OIT, eso podría demorar el restablecimiento del mercado laboral por años y detener la recuperación económica. Por lo tanto, es esencial que los gobiernos continúen desarrollando medidas bien coordinadas para expandir las oportunidades laborales, de acuerdo con lo establecido por el Pacto Mundial para el Empleo. 

Quisiera en este punto proponer el establecimiento de un equipo de tareas que se dedique a promover condiciones decentes de trabajo y a dar vigor al Pacto Mundial para el Empleo, bajo el amparo del G20, algo que se podría llevar a cabo en la reunión de ministros de trabajo del G20 programada para más adelante este año. De ese modo, el G20 asumiría su responsabilidad como fuerza motriz de la recuperación del empleo en el ámbito global y llevaría a cabo acciones en ese sentido, hasta que se pueda apreciar claramente que la crisis se ha superado. La mujer: hacedora de un futuro mejor

Mi segunda propuesta se centra en impulsar la educación para niñas, algo que es vital por muchas razones y que implica, además, una clave para el logro de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, que buscan reducir en gran medida el número de personas que sufren de pobreza y de hambre, si bien existen serias dudas de que dicha meta se pueda concretar para 2015. 

La crisis económica ha afectado especialmente a numerosos países en desarrollo, si bien estos tienen escasa o ninguna responsabilidad por las circunstancias que viven. La situación actual no solo ha minado toda acción para combatir la pobreza, sino que ha empujado a muchísimas personas hacia las filas de los más necesitados. El apoyo activo de parte del mundo desarrollado es hoy más indispensable que nunca, como lo manifestó el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, quien pidió un último esfuerzo para concretar los ODM para 2015. 

Se ha programado una cumbre de ODM para setiembre. Es necesario considerar ese evento una oportunidad para restablecer el marco de la cooperación internacional y renovar nuestros esfuerzos para concretar una época en que todas las personas puedan disfrutar de su dignidad y manifestar plenamente su potencial. 

Quisiera enfatizar la importancia de la educación para las niñas y su impacto crucial en todos los aspectos del desarrollo humano. Todos los objetivos del ODM, como el alivio de la pobreza y del hambre, involucran y afectan a las mujeres. En tal sentido, la igualdad de géneros y el empoderamiento de la mujer son la clave para generar un nuevo impulso hacia el logro de esas metas. 

Los niños cuyas madres han completado la educación primaria tienen el doble de oportunidades de sobrevivir más allá de los cinco años, recibir alimentación más adecuada e ir a la escuela. Por ende, la educación recibida por las mujeres puede ser un factor crucial para ponerle fin al ciclo generacional de pobreza. Además, los países que han invertido en la educación de las niñas, a largo plazo, han demostrado niveles constantes de desarrollo económico. 

Extraer el pleno potencial de una niña a través de la educación hará que esta concrete un futuro más brillante para ella misma, su familia y sus hijos, lo que a la larga iluminará a la sociedad toda con la luz de la esperanza. La educación posee en verdad ese enorme potencial. 

La inscripción de la población infantil femenina en escuelas primarias ha evidenciado una mejora notable a través, por ejemplo, de la Iniciativa para la Educación de las Niñas, conducida por el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF). Con la mira puesta en 2015, debemos esforzarnos para crear las condiciones que favorezcan el acceso de más niñas a los niveles secundario o superior de la educación. 

Deseo en este punto proponer la creación de un fondo administrado internacionalmente para mejorar las perspectivas futuras de la mujer, que permita que una parte de la deuda contraída por los países en desarrollo sea condonada, y el monto equivalente, destinado a la educación de las niñas. 

Las mujeres deben enfrentar muchos problemas y amenazas. Mejores oportunidades de educación pueden permitirles ponerse de pie como personas seguras de sí mismas, capaces de superar las crisis y orientar su vida y a su comunidad hacia el futuro positivo que desean. Plantar ahora las semillas del empoderamiento hará realidad ese propósito. 

Hace cien años, cuando la posición social de la mujer en el Japón era extremadamente baja, el presidente fundador de la Soka Gakkai, Tsunesaburo Makiguchi, se esforzó ardorosamente para expandir las oportunidades educativas de la mujer, con la convicción de que eran ellas quienes podrían construir una sociedad mejor. Estableció un programa que ofrecía educación por correspondencia a mujeres que no podían recibir instrucción secundaria luego de finalizar el nivel primario. Para ello, compiló material educativo y publicó periódicamente escritos relacionados con el tema. Makiguchi llevó también a cabo la importante tarea de proveer un local que ofrecía a mujeres de pocos recursos clases gratuitas de costura y bordado, algo que constituía un elemento importante en la educación femenina en aquella época. Como heredero de ese espíritu, he creado el programa por correspondencia de la Universidad Soka y he fundado el Instituto Superior Soka para Señoritas. 

La mujer desempeña una función primordial en el movimiento de la SGI por la paz. La exhibición "La mujer y la cultura de la paz" fue creada por el Comité de Mujeres por la Paz de la Soka Gakkai de Japón, en colaboración con la especialista en temas de la paz, Elise Boulding; se han realizado foros sobre una cultura de paz en muchas comunidades locales con el fin de crear conciencia pública sobre el tema. Se demuestra claramente a través de esos esfuerzos que las mujeres son las hacedoras de la paz, lo que representa la integración de los principios de Makiguchi en un contexto contemporáneo. 

Al mismo tiempo, esas actividades comparten el espíritu de la Resolución 1325 del Consejo de Seguridad de la ONU adoptada hace diez años, en octubre de 2000. La importancia de la resolución radica, sobre todo, en que declaró ante el mundo, en los umbrales del siglo XXI, que la participación de la mujer era esencial para la concreción de una paz duradera. Recientemente, he tenido el privilegio de intercambiar puntos de vista con el ex subsecretario de las Naciones Unidas, Anwarul K. Chowdhury, quien trabajó incansablemente para que se adoptara dicha resolución. El embajador Chowdhury también puso el acento en que la participación femenina habría de permitir que la cultura de paz se consolidara firmemente. 

En setiembre de 2009, a través de una reforma concebida para mejorar la eficacia general de las gestiones, la Asamblea General de la ONU adoptó la resolución de fusionar cuatro agencias y oficinas destinadas a asuntos de la mujer: el Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer (UNIFEM, por su acrónimo en inglés), la División para el Adelanto de la Mujer, la Oficina de la Asesora Especial en Cuestiones de Género y adelanto de la Mujer (OSAGI, por su acrónimo en inglés) y el Instituto Internacional de Investigaciones y Capacitación para la Promoción de la Mujer (INSTRAW, por su acrónimo en inglés), y las transformó en una nueva y prominente entidad dedicada a la igualdad de géneros. 

Es mi esperanza que este nuevo cuerpo incluya entre sus actividades más importantes la de supervisar que se implemente la Resolución 1325, y la de promover el empoderamiento de la mujer, que incluye, desde luego, la educación de las niñas. 
El efecto positivo de la Resolución 1325 se refleja claramente en la participación de las mujeres en los procesos de paz. Por un lado, la Comisión de Consolidación de la Paz de las Naciones Unidas se guió por la Resolución 1325 para su trabajo de reconstrucción en Burundi y Sierra Leona. Sin embargo, en todo el mundo, las mujeres solo conforman el dos por ciento de los signatarios de los acuerdos de paz y solo el siete por ciento de los negociadores de la paz. 

Este año marca el 15º aniversario de la Plataforma de Acción de Pekín, constituida por una serie de normas internacionales para las políticas relativas a la mujer adoptadas por la Cuarta Conferencia Mundial de las Naciones Unidas sobre la Mujer; asimismo, el año en curso marca el décimo aniversario de la Resolución 1325. Es importante hacer de 2010 un año de gran avance, que promueva un progreso significativo hacia el empoderamiento de la mujer a escala global. Espero que, con ese fin, más países se unan a Amigos de 1325, un grupo ad-hoc de estados miembros de la ONU que trabajan activamente para implementar la resolución. En ese y en otros foros, debe instalarse un debate serio sobre cómo mejorar la participación de la mujer en el proceso de concretar la paz. 

Los niños: tesoro en común de la humanidad

Mi tercera propuesta tiene el propósito de proteger la vida de los niños y las condiciones en que viven, y establecer un cimiento para hacer del siglo XXI una centuria de paz y de coexistencia. 

Tanto en los países desarrollados como en los que están en desarrollo, son los niños quienes se ven forzados a pagar el precio más alto cuando sus respectivas sociedades enfrentan crisis. Ante economías que caen en la recesión y presupuestos tanto nacionales como familiares seriamente afectados por la crisis actual, es alarmante el número creciente de niños que ya no tienen acceso a una buena alimentación y asistencia médica, o que se ven obligados a abandonar la escuela para trabajar. 

Por lo tanto, quisiera sugerir que las escuelas funcionen como refugios para proteger a la infancia de numerosas amenazas como baluartes de seguridad y se conviertan en el ámbito para forjar a los más pequeños como protagonistas de una nueva cultura de paz. 
En 1995, la Organización Mundial de la Salud (OMS) lanzó la Iniciativa Mundial para la Salud en la Escuela destinada a promover la salud a través de los centros educativos. La labor fue llevada a cabo dentro del marco de la Concentración de Recursos en la Sanidad Escolar (FRESH por su acrónimo en inglés), iniciado en 2000 como asociado de la OMS, el UNICEF, la UNESCO y el Banco Mundial. FRESH trabaja para mejorar el entorno educativo, impartiendo los conocimientos necesarios para afianzar toda clase de prácticas saludables, proveyendo comidas escolares nutritivas, entre otras. 

Los programas de abastecimiento de comidas escolares son fundamentales para proteger la salud y el futuro de los más pequeños, como lo ha demostrado la experiencia del Programa Mundial de Alimentos por más de cuatro décadas. El UNICEF ha apoyado escuelas basadas en el bienestar infantil y la construcción de aulas que puedan soportar sismos y tormentas, de modo tal que los centros educativos se conviertan en un verdadero refugio en tiempos de crisis, donde los pequeños sean capaces de recuperar un sentido de normalidad en su vida, y su corazón pueda comenzar a sanar. 

Deseo sugerir que esas y otras iniciativas y experiencias relacionadas con el ámbito educativo se constituyan en un programa que haga de las escuelas el centro de promoción de seguridad humana y de creación de una cultura de paz. 

En los últimos años se ha comenzado a recalcar la necesidad de fortalecer y desarrollar el potencial de los niños como agentes de cambio, en lugar de solo brindarles protección, por muy importante que esta sea. Debemos crear un ambiente que permita que los pequeños, que darán forma a la próxima generación, inicien un oleaje de cambios que rompa y transforme los históricos ciclos de tragedias y sufrimientos humanos. 

2010 será el último año del Decenio Internacional de una Cultura de Paz y No Violencia para los Niños del Mundo. Las acciones globales en pos de una cultura de paz deben continuar más allá de este período, centradas en las instituciones educativas, como principales puntos de referencia. La Declaración y Programa de Acción sobre una Cultura de Paz, adoptada por la Asamblea General en 1999, convoca a todos los agentes pertinentes a "[v]elar por que los niños, desde la primera infancia, reciban instrucción sobre valores, actitudes, comportamientos y estilos de vida que les permitan resolver conflictos por medios pacíficos y en espíritu de respeto por la dignidad humana y de tolerancia y no discriminación". 

Quisiera instar a que hagamos de esa formulación nuestra guía, a medida que cultivamos en los niños las aptitudes necesarias para enfrentar las amenazas a su vida y a su dignidad, e incentivamos en ellos el espíritu de resolver cualquier cuestión empleando el diálogo en lugar de la violencia. El esfuerzo que pongamos en ello debería abarcar todos los lugares en que los niños se instruyen: el hogar, la escuela y la comunidad. Debemos establecer los medios para que estos se desarrollen como individuos perfectamente capacitados para defender tanto sus derechos y su dignidad como los de otras personas. Los niños deben desempeñar una función clave en el proceso de instaurar una cultura de paz dentro de la sociedad. 

Para expandir aun más el alcance y el impacto de una cultura de paz, no solo las Naciones Unidas o los gobiernos deben realizar los máximos esfuerzos; es imprescindible también el concurso de la sociedad civil. A partir de esa colaboración conjunta, tenemos que promover en la comunidad la noción de una cultura de paz en términos de valores, comportamiento y estilos de vida. 

Como sucesora del espíritu de Tsunesaburo Makiguchi, la SGI sigue sosteniendo que la felicidad de la infancia debe ser la pauta que mida el éxito de cualquier acción para resolver los problemas de la sociedad actual. 

Con el propósito de respaldar la adopción de la Convención sobre los Derechos del Niño, en 1989, hemos creado las exhibiciones "Los niños del mundo y el UNICEF" y "Derechos de los niños", que se presentaron en localidades de todo el Japón. Otra muestra, "Atesorando el futuro: Los derechos y realidades de los niños", fue exhibida en los Estados Unidos, a partir de 1996. A modo de adhesión al Decenio Internacional, la exposición "Construyamos una cultura de paz para los niños del mundo" ha realizado una gira mundial desde su inauguración, en 2004, y la exhibición "Los niños y la cultura de paz" se ha presentado en numerosas ciudades de Japón desde 2006. 

Los niños son los emisarios del futuro, el tesoro que la humanidad posee en común. Con la convicción de que inculcarles valentía y esperanza es el camino más certero hacia un mundo pacífico, seguiremos empeñándonos en construir una sociedad global que ponga a la infancia en primer lugar. 

Recuerdo las siguientes palabras del historiador británico Arnold J. Toynbee (1889-1975): "Pero no estamos condenados a repetir la historia; está abierta ante nosotros, a través de nuestro propio esfuerzo, la oportunidad de darle a la historia […] un giro nuevo y sin precedentes". 

Este año marca el 80º y el 35º aniversarios de la fundación de la Soka Gakkai y de la SGI, respectivamente. La nuestra es una historia de personas comunes que trabajan tenazmente para crear valor, rehusando dejarse arrastrar por las violentas oleadas de los tiempos. Cuanto más oscuras son las nubes que se ciernen sobre la época, con mayor vigor los miembros de la SGI se esfuerzan para contribuir con sus respectivas comunidades, en ciento noventa y dos países y territorios alrededor del globo. 

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