Volver a la lista

Propuesta de paz 2008

Humanizar la religión para crear la paz

Daisaku Ikeda
Presidente de la Soka Gakkai Internacional

 

Versión completa (PDF)

Versión abreviada

Han transcurrido alrededor de veinte años desde la finalización de la Guerra Fría y casi diez de este nuevo siglo; sin embargo, la forma en que el mundo podría lograr un orden es aún muy incierta. Si bien el proceso de globalización posee un impulso irrefrenable, tal cosa, a duras penas, podría considerarse una señal de orden global. Por el contrario, todo empeño por poner freno, mediante el empleo de la fuerza, a situaciones altamente explosivas alrededor del mundo, en el mejor de los casos, ha obtenido un éxito muy limitado. La situación actual bien podría definirse como un desorden global.

No obstante, se están realizando esfuerzos muy significativos. Recientemente (el 15 y 16 de enero), se llevó a cabo el Primer Foro de la Alianza de Civilizaciones en Madrid, España. Con la convicción de que la preservación de la paz y la seguridad en el orden internacional requiere la superación de la animosidad entre culturas, más de setenta y cinco estados miembros de la ONU y diversas organizaciones internacionales participaron del evento. El secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, en su firme llamado a más acciones por la paz, dijo: "Si bien provienen de diferentes medios y poseen perspectivas distintas, todos ustedes comparten la convicción de que la Alianza de Civilizaciones es un medio de enfrentar el extremismo y de borrar las divisiones que amenazan nuestro mundo".

En el mismo orden de cosas, durante una conferencia realizada a comienzos de este año, el presidente francés Nicolas Sarkozy anunció la puesta en marcha de una "política de civilización", basada principalmente en la humanidad y en la solidaridad. Al respecto, el primer mandatario francés sostuvo que no era posible organizar el mundo del siglo XXI con el orden del siglo XX y propuso que la actual cumbre del G8 se ampliara para dar cabida a China, India, Sudáfrica, México y Brasil, y quedara constituida como un nuevo sistema de G13.

Hace ya mucho tiempo que solicito se considere la ampliación de las cumbres actuales, para que se integren en ellas naciones como China e India, y conformen una cumbre de países con responsabilidad, que impulsará una manera más amplia de compartir responsabilidades globales. Deseo brindar mi apoyo a iniciativas con dicho propósito.

Es motivo de gran preocupación que una de las reacciones ante dicho desorden sea la aparición de un fenómeno que, en diversos lugares y con diferentes aspectos, revela una inclinación hacia el fundamentalismo. No se trata solamente del fundamentalismo religioso; esta propensión se torna evidente en el apego excesivo e incondicional a la identidad nacional o étnica, y a diversas ideologías políticas e "ismos"; ello incluye, por cierto, algo que podría denominarse el "fundamentalismo de las fuerzas del mercado".

El elemento en común que posee cada uno de los aspectos del fenómeno es el modo en que, sistemáticamente, se da más importancia a principios abstractos que a los seres humanos, lo que lleva a que la gente termine totalmente sometida, al servicio de dichas abstracciones. Para utilizar una metáfora de Simon Weil (1909-1943), la manera en que operan las diversas formas de fundamentalismo se podría comparar con el accionar de la fuerza de gravedad, que trastorna y degrada a los seres humanos y a la sociedad. Tal cosa, al parecer, señala una de nuestras inclinaciones más básicas, es decir, la propensión a dejar de mirarnos interiormente, descuidar nuestro propio potencial y eludir responsabilidades, solo para elegir el camino más fácil, que ofrezca la menor resistencia. El humanismo que practican los miembros de la Soka Gakkai Internacional (SGI), sólidamente basado en el budismo, representa una lucha espiritual sin cuartel para revivir y restaurar la humanidad, para resistir y confrontar la tendencia hacia el fundamentalismo.

Luego de concluida la Segunda Guerra Mundial, el crítico literario japonés, Kazuo Watanabe (1901–1975), al reflexionar sobre el legado negativo de la civilización moderna, clamó por la "humanización de la religión". Su aserto de que "Dios existe para servir a la humanidad" sigue siendo un concepto radical, aun hoy, tal como lo demuestra ampliamente el estado actual de las religiones mundiales. La visión de Watanabe representa un reto que debemos aceptar y responder en el nuevo siglo.

En 1993, tuve la oportunidad de pronunciar en la Universidad de Harvard una alocución denominada "El budismo Mahayana y la civilización del siglo XXI". En esa disertación, sostuve que había que dar prioridad al verdadero impacto que ejercía la religión sobre los seres humanos: "¿[F]ortalecen las religiones al ser humano o, más bien, lo debilitan? ¿Alientan las religiones lo bueno que hay en las personas o lo malo que hay en ellas? ¿La religión torna más sabio al ser humano o todo lo contrario?". Tales son las preguntas que debemos plantearle a cualquier religión, incluso al budismo, desde luego, si el objetivo es "humanizarlas" plenamente.

La postura hacia la religión adoptada por el gran historiador del siglo XIX, Jules Michelet (1798-1874), es un interesante ejemplo de esa clase de humanización. Su obra Bible de l'humanité (La Biblia de la humanidad, 1864) refleja una de las corrientes de su época: el marcado interés europeo por el pensamiento y por las religiones asiáticas, conocido como el "renacimiento oriental". En su libro, el autor explora enseñanzas y antiguos textos sagrados de la India, Grecia, Egipto y Persia, y llega a la conclusión de que la religión queda comprendida dentro del ámbito de la actividad espiritual y que la actividad espiritual no está contenida dentro de la religión. Tal concepción puede entenderse como un intento de relativizar la idea medieval de religión, según la cual los principios religiosos y los dogmas se situaban por encima de los seres humanos. Michelet sostiene además que hemos visto la perfecta conformidad de Asia y de Europa, la conformidad de los tiempos antiguos y de nuestra era moderna; hemos podido comprobar que en cualquier época, las personas han pensado, sentido y amado de la misma manera; por ende, no existe más que una humanidad, un solo corazón, no dos.

Es posible que esa celebración entusiasta del género humano pueda parecernos hoy demasiado utópica y optimista, incluso ingenua. La alentadora visión del autor sobre el florecimiento de la humanidad, que comienza en India y Grecia antiguas, atraviesa la "era oscura" del período medieval y llega al Renacimiento y luego a la Revolución Francesa, con sus valores de libertad, igualdad y fraternidad, se ha visto profundamente vulnerada por acontecimientos históricos posteriores. Los horrores de Auschwitz y de Hiroshima, sobre todo, se convirtieron en un símbolo tan irrefutable del ocaso de la civilización moderna, que se nos hace imposible compartir hoy el optimismo del escritor.

Tal como dice el refrán "no arranquemos el trigo con la cizaña" y no desechemos los aspectos valiosos del pensamiento de Michelet. No hay que perder de vista su postura fundamental de que la humanidad tiene que ser la protagonista de la creación de la historia, en todos sus aspectos, incluso el religioso. El éxito de nuestra lucha en bien del humanismo dependerá de si somos capaces de compartir dicho enfoque, de profundizarlo y legarlo a las generaciones futuras.

Kazuo Watanabe hablaba de la pequeñez y la fragilidad que nos convierten fácilmente en instrumentos y esclavos de nuestras propias creaciones. Esa pequeñez y fragilidad son, en última instancia, las que desataron las tempestades de violencia y de beligerancia que imperaron en el siglo XX. Son el factor que atrae a los individuos hacia ideologías radicales o fundamentalistas, sin que estos se percaten del horror que les aguarda.

La clave para librar una batalla espiritual fructífera en bien de los principios del humanismo yace en el diálogo, un reto tan antiguo (y tan nuevo) como la mismísima humanidad. En lo que a religión respecta, con su trágico legado de fanatismo e intolerancia, nada se hace más vital que fomentar una forma de diálogo que trascienda el dogmatismo y se base en el ejercicio de la razón y del autodominio. Abandonar el diálogo es un acto suicida para cualquier religión. El homo sapiens es, a la vez, el homo loquens. Por más amenazantes que se muestren las fuerzas opositoras del fanatismo, desconfianza o dogmatismo, jamás debemos permitir que derriben el estandarte del humanismo.

El físico y filósofo alemán, Carl Friedrich von Weizsäcker (1912–2007), sostenía que seres humanos eran aquellos con quienes podíamos establecer el diálogo, como medio para lograr la coexistencia. Así, consideraba el diálogo el factor esencial de la condición humana. Sin lugar a dudas, el diálogo es la prueba más contundente de nuestra humanidad, la esencia que nos guía, a la vez que la práctica central del humanismo.

Si estamos dispuestos a emprender el diálogo de manera sostenida, sin duda es necesario que recurramos a las cualidades más nobles que podemos manifestar los seres humanos: nuestra benevolencia, fortaleza y sabiduría. Para merecer su nombre, las religiones deben convertirse en la energía motriz de ese esfuerzo. Por ello, la disertación que brindé en Harvard se centró en el papel que el budismo Mahayana podía desempeñar en la labor de restaurar la civilización humana en el siglo XXI.

Como parte de mi dedicación personal a la labor del diálogo, me he reunido con más de siete mil pensadores y líderes de los más diversos campos, y he publicado en forma escrita alrededor de cincuenta diálogos, el primero de los cuales fue el que mantuve con el historiador británico Arnol J. Toybnee (1889-1975) [publicado en 1976 en inglés, con el título Choose Life]. Entre las personas con quienes compartí reuniones de intercambio se cuentan, además, representantes de los credos cristiano y confuciano, así como otros provenientes de las civilizaciones islámica e india. Además, he tenido encuentros con representantes del ex bloque socialista. Las conversaciones que mantuve con diferentes académicos no se restringieron a los expertos en humanidades, sino que abarcaron el intercambio con físicos, astrónomos y otros profesionales de las ciencias naturales.

Las escrituras budistas enseñan que "de una sola Ley nacen inmensurables significados"; mi deseo, en relación con ello, ha sido siempre el de crear, a través de la firme práctica del diálogo, puentes que unan las diferentes religiones, civilizaciones y disciplinas, y contribuyan a hacer de un humanismo abierto y universal la clave de la nueva época.

Inmediatamente después de los ataques terroristas del 11 de setiembre de 2001, para citar un ejemplo, los miembros de la SGI participaron de un encuentro de diálogo con representantes de los credos cristiano, judío y musulmán, organizado por la Academia Europea de Ciencias y Artes. Sumándose a esa ardua labor para hallar vías de solución hacia la paz, los centros de investigación que fundé, como el Instituto de Filosofía Oriental, el Instituto Toda para la Investigación sobre la Paz Global y el Instituto Bostoniano de Investigaciones para el Siglo XXI, han impulsado activamente el diálogo entre las diversas religiones y culturas.

Desde esta perspectiva general, quisiera considerar a continuación las acciones y medidas concretas que pueden implementarse para resolver la compleja trama de los problemas que hoy debemos confrontar en el ámbito global.

Este año se celebrará el 60º aniversario de la adopción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Este documento crucial no solo proclamó una visión de derechos humanos universales, sino que estableció el objetivo de hacer realidad un mundo libre del temor y de la miseria. Junto con la Carta de las Naciones Unidas, adoptada también una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, la Declaración Universal de los Derechos Humanos señaló un renovado punto de partida, que tenía por propósito abrir la senda hacia nuevas formas de coexistencia pacífica para el género humano.

Considero que el siglo XXI, además del eje "horizontal" (espacial) de una universalidad que trascienda las fronteras nacionales, como se propone en la Declaración, necesita asimismo el eje "vertical" (temporal) de un sentido de responsabilidad, que se expanda hacia las generaciones futuras, especialmente, en lo que se refiere a nuestros esfuerzos para construir una sociedad global pacífica y sostenible.

En especial, quisiera ofrecer propuestas concretas para las tres áreas siguientes: la preservación de la integridad ecológica del planeta, el respeto por la dignidad humana y la creación de una infraestructura para la paz.

La preservación de la integridad ecológica del planeta

El año pasado, 2007, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) elaboró su Cuarto Informe de Evaluación, en el que se advertía que, si el calentamiento global mantenía su actual ritmo de crecimiento, podía socavar seriamente los cimientos para la existencia humana sobre la Tierra. Pese a que se reconoce cada vez más claramente la urgencia de resolver importantes cuestiones ambientales, la sociedad internacional no logra todavía unirse para llevar a cabo acciones concertadas.

La integridad ecológica es una cuestión de interés y de preocupación para todo el género humano; un tema que trasciende los límites y las prioridades de las naciones. Cualquier solución en esta materia habrá de requerir un fuerte sentido de responsabilidad y de compromiso por parte de todos nosotros, que compartimos un único planeta.

El presidente fundador de la Soka Gakkai, Tsunesaburo Makiguchi (1871-1944), solía recalcar que las personas teníamos que ser conscientes de tres niveles de ciudadanía: las raíces y los compromisos locales relacionados con nuestra comunidad inmediata; nuestro sentido de pertenencia a una comunidad nacional, y el reconocimiento de que el planeta es el escenario donde, en última instancia, desarrollamos nuestra existencia. En tal sentido, somos todos ciudadanos del mundo. Sobre esa base, Makiguchi instaba a que la gente trascendiera su apego exclusivo o excesivo a los intereses nacionales, y desarrollara una conciencia activa de su compromiso con la humanidad toda.

Tal fue el principio que inspiró el llamado de la SGI a un Decenio de la Educación para el Desarrollo Sostenible y dio impulso a nuestra ulterior tarea de implementar ese proyecto, en colaboración con importantes agencias de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y organizaciones no gubernamentales.

Además de referirme a la importancia de la educación ambiental y de las actividades para generar conciencia pública, quisiera proponer la siguiente reforma institucional: que el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) se reorganice y convierta en una agencia especializada autónoma, que podríamos llamar la Organización Mundial del Medio Ambiente.

La razón primordial que impulsa mi propuesta es que, hasta el presente, solo los países que pertenecen al Consejo de Administración del PNUMA pueden participar directamente de las discusiones y la toma de decisiones. Sin embargo, si el PNUMA adquiere la categoría de agencia especializada, todos los estados que conforman la ONU podrán integrarse en la mesa de deliberaciones.

La persuasión y el consenso constituyen la esencia del poder moderado; de modo que al restablecer el PNUMA como agencia especializada, se podrá propiciar la participación de todos los estados miembros de la ONU en sus debates, lo que es de vital importancia. Ello a su vez sentará las bases para que las Naciones Unidas se involucren de manera más eficaz y enérgica en los problemas relativos al ambiente global.

En diciembre de 2007, se llevó a cabo en Bali, Indonesia, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. En ese foro se adoptó el Mapa de Ruta de Bali, para definir el marco de las deliberaciones sobre ese tema después de 2012, y se decidió que el proceso contaría con la participación de Estados Unidos, India y China, grandes generadores de gases de invernadero, que no habían formado parte del Protocolo de Kyoto.

En 1903, Tsunesaburo Makiguchi formuló un principio al que denominó la "competencia humanitaria" entre los estados. Estoy convencido de que se trata de un enfoque que, en la actualidad, reviste una importancia crítica. Quisiera recalcar, en primer lugar, que es necesario sustraerse a la urgencia de priorizar obligaciones y cargas nacionales menores y, en cambio, encaminar fuerzas hacia el logro de objetivos globales más amplios. Haciendo prevalecer un enfoque básicamente más positivo, las grandes economías deben fijar las diferentes metas y concretarlas mediante políticas más enérgicas, al tiempo que apoyan de manera activa los esfuerzos de otros países y compiten unas con otras efectuando las mejores contribuciones para la resolución de la actual crisis planetaria.

Una de las respuestas al problema del cambio climático ha sido el enorme y ambicioso esfuerzo realizado por los estados europeos para incentivar la introducción de fuentes renovables de energía. Pero es imperativo que esa tarea se vea acompañada de esfuerzos para conservar y mejorar el rendimiento de los recursos energéticos, a fin de lograr una sociedad con bajo consumo de carbono. Japón, que posee una fructífera experiencia en ese campo, debería colaborar decididamente para contribuir a que Asia oriental se convierta en un modelo de eficiencia en el uso de la energía.

La Campaña Mil Millones de Árboles lanzada por el PNUMA ha concitado la atención pública general y ha sido reconocida como un notable esfuerzo global para contrarrestar el cambio climático. Con el apoyo y la participación de innumerables ciudadanos y organizaciones no gubernamentales, el año pasado se plantaron mil novecientos millones de árboles. Espero que el proyecto se mantenga estable y continúe su marcha, y, a la vez, que todas las alianzas con el Decenio de las Naciones Unidas de la Educación para el Desarrollo Sostenible reciban el mayor de los alicientes, en especial, en lo que respecta al aprendizaje experimental.

La defensa de la dignidad humana

Como ya he mencionado, 2008 marca el 60º aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Con el objeto de otorgarle a la ocasión todo su sentido, es vital que renovemos nuestra labor destinada a impulsar el respeto por los derechos humanos en la vida diaria y a generar conciencia pública, como base para establecer la experiencia universal de la dignidad humana. Con ese fin, debemos alentar la puesta en marcha de diversas iniciativas, tanto educativas como de otra índole.

He propuesto en varias oportunidades el establecimiento de un marco global para la educación en derechos humanos. Pero el tema no debe ser tratado únicamente por los gobiernos; tenemos que establecer una cultura de derechos humanos global, que se base en las realidades de la vida cotidiana y sea compartida por todos.

Quisiera sugerir aquí la pronta realización de una conferencia internacional para tratar el tema de la educación basada en los derechos humanos, en la que representantes de la sociedad civil de todo el orbe se congreguen para garantizar el éxito del Programa Mundial para la Educación en Derechos Humanos, iniciado en 2005 por las Naciones Unidas.

A continuación, deseo referirme a los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) promovidos por la ONU, que incluyen metas muy concretas, como la de lograr, para 2015, la reducción a la mitad del porcentaje de personas víctimas de la pobreza y el hambre. 2007 marcó un período intermedio dentro de esa fecha fijada, razón por la cual existe la preocupación de que no se alcancen los objetivos propuestos, dado el ritmo con que se avanza actualmente.

En julio de 2007, una Declaración de Objetivos de Desarrollo del Milenio, elaborada por jefes de estado, fue firmada por líderes de Estados Unidos, Canadá, Japón, Ghana, Brasil, India y numerosos países europeos. La iniciativa, impulsada por el primer ministro del Reino Unido, Gordon Brown, destaca la importancia de que tanto los países desarrollados como los que están en vías de desarrollo confirmen su voluntad política de consensuar "medidas y reformas correctas (…) combinadas con recursos suficientes".

La ONU ha resuelto denominar la década comprendida entre 2005 y 2015, Decenio Internacional para la Acción "El agua, fuente de vida"; estableció, además que 2008 sería el Año Internacional del Saneamiento. Dentro de dicho contexto, quisiera sugerir la creación de una estructura global que garantice el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, especialmente, en lo que concierne al acceso a fuentes de agua potable y a condiciones de vida más saludables para la población mundial.

Se estima que todo ese arduo trabajo requerirá gastos adicionales del orden de los diez mil millones de dólares por año. Esa cantidad, sin embargo, es el equivalente a tan solo ocho días de gastos militares en todo el planeta. En relación con ello, quisiera proponer el establecimiento de un fondo mundial destinado a proporcionar "agua para la vida", como una manera de garantizar la financiación necesaria para dicha tarea.

Al respecto, desearía también tocar el tema de las medidas que se pueden implementar para contribuir a que el nuevo siglo sea realmente el "Siglo de África", como vengo sosteniendo desde hace tiempo.

Los últimos años han presenciado la resolución de una serie de guerras intestinas y de conflictos en África. Se ha producido en muchos casos una importante transición hacia gobiernos civiles, y numerosas regiones del continente han mejorado su tasa de crecimiento económico. Además, el establecimiento de la Unión Africana ha dado un gran impulso a la búsqueda de una integración regional a largo plazo.

Desde luego, el conflicto en Darfur y la condición de los refugiados en diversas zonas del continente siguen siendo temas graves; y subsiste asimismo el problema de que en muchos países africanos, el avance hacia la concreción de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, lamentablemente, resulta insuficiente. El mundo no puede permanecer indiferente a las tribulaciones y esperanzas de los pueblos africanos, que han rehusado sucumbir, a lo largo de la historia, ante las opresiones del tráfico de esclavos y del colonialismo, y que luchan para establecer la solidaridad, en su esfuerzo por confrontar la dura realidad que tienen en común. Prueba de ello es, por un lado, la labor llevada a cabo en Sudáfrica, bajo la conducción del presidente Nelson Mandela, para sobreponerse al horrendo legado del apartheid y, por el otro, el protagonismo logrado por las mujeres así como la protección al entorno natural que trajo aparejados el Movimiento Cinturón Verde dirigido por la doctora Wangari Maathai. Es absolutamente necesario que la comunidad internacional apoye activamente los esfuerzos de los pueblos de África.

En mayo de 2008, se realizará en Yokohama la IV Conferencia Internacional de Tokio sobre el Desarrollo de África (TICAD IV, por sus siglas en inglés). Permítaseme proponer que en dicho encuentro, el empoderamiento de los jóvenes constituya la base de cualquier medida que se proponga. Es de importancia vital que se tomen lo antes posible medidas para romper el círculo vicioso que genera pobreza entre generación y generación, y crea condiciones paupérrimas para la existencia humana. Es absolutamente crucial mejorar el nivel de vida de los jóvenes, ya que eso posibilita la tarea gradual de establecer mejoras para personas de todas las generaciones. Concretamente, deseo sugerir que se establezca un Programa Conjunto para los Jóvenes de África como uno de los pilares del TICAD, para contribuir a forjar a la gente joven que jugará un papel clave ante los grandes desafíos que África debe enfrentar.

La creación de una infraestructura para la paz

En uno de los momentos de mayor tensión de la Guerra Fría y con el objeto de reducir las fricciones y de contribuir a frenar la escalada de armamentos, solicité la realización de un encuentro cumbre entre los líderes de las superpotencias. En aquellos días, cuando además de la confrontación entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, las tensiones entre esta última y la China estaban llegando a un nivel crítico (1974-1975), yo viajé a los tres países en calidad de ciudadano común y me reuní, entre otros, con el primer ministro chino Zhou Enlai; el primer ministro soviético Aleksei Kosygin, y el secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger. Lo que me alentó fue la esperanza de que los puentes que lograra tender mejorarían las relaciones entre los tres países.

Mi determinación era que debía evitarse a toda costa una guerra nuclear a gran escala, cuyos efectos serían catastróficos para la totalidad de la raza humana. Si bien desapareció esa amenaza específica con la finalización de la Guerra Fría, debemos enfrentar ahora el surgimiento de nuevos peligros en la forma de proliferación nuclear.

En la propuesta de paz que presenté en 2007, planteé que era necesario hallar medios de hacer efectiva la seguridad global sin que hubiera que recurrir a las armas nucleares; en relación con ello, propuse el establecimiento de una agencia internacional de desarme nuclear que pudiera garantizar el cumplimiento de buena fe de los compromisos legales existentes relativos al desarme. Tan importante como la abolición del armamento nuclear es el logro de consenso dentro de la comunidad internacional sobre la ilegalidad fundamental de las armas nucleares. Como una manera de contribuir al caso, quisiera enfocar y respaldar el pedido del Grupo Pugwash de Canadá de establecer una zona libre de armas nucleares en el Ártico.

Si el calentamiento global redujera los casquetes polares o incluso los hiciera desaparecer durante los meses de verano, quedaría abierto el camino hacia un aumento de la militarización en la región ártica, que ya ocupa una posición militar y geográfica estratégica de gran importancia. Eso bien podría ser el disparador de una competencia desaforada por la explotación del lecho marino y de otros recursos, lo que a su vez generaría un conflicto de intereses entre las diversas naciones.

Ya se han establecido zonas libres de armas nucleares en el Polo Antártico, Latinoamérica y el Caribe; en el sudeste de Asia, África, el Pacífico Sur, Asia Central y Mongolia. En total, más de cien estados han expresado, como partes integrantes de dichas zonas, su deseo de proscribir las armas atómicas.

El establecimiento de un tratado de desnuclearización de la región ártica podría contribuir a hacer de la ilegalidad de las armas de destrucción masiva una norma amparada por toda la humanidad. A la larga, eso conduciría a la elaboración de un tratado para la abolición completa de dichas armas. En esta empresa, el Japón debería marchar a la vanguardia, como país que ha experimentado directamente el horror de los ataques nucleares y mantiene como política nacional los tres principios de no poseer, no desarrollar y no permitir las armas atómicas en su territorio.

Del mismo modo, en lo que se refiere a la proliferación nuclear en el nordeste de Asia, creo que es importante ampliar la mira de los objetivos. Todas las acciones que se lleven a cabo en ese sentido deben seguir su curso a través de las Conversaciones de las Seis Partes, con la meta de lograr el desmantelamiento total del programa nuclear de Corea del Norte. Al mismo tiempo, Japón tiene que reafirmar su compromiso inquebrantable con su propia política antinuclear y poner en juego sus máximos esfuerzos diplomáticos para impulsar el gran objetivo de establecer una zona libre de armas atómicas que cubra el nordeste asiático.

El año pasado, para conmemorar el 50º aniversario de la declaración por la abolición de las armas nucleares, efectuada por el segundo presidente de la Soka Gakkai, Josei Toda (1900-1958), la SGI organizó la exhibición internacional "De una cultura de violencia a una cultura de paz: Transformar el espíritu humano". Desde la década de los 80, la SGI se ha embarcado activamente en acciones similares, con el objeto de generar y profundizar la conciencia ciudadana sobre la cuestión nuclear; ha cooperado en esa empresa con las Naciones Unidas y con diversos miembros de la sociedad civil. Estamos resueltos a continuar con dicha labor, trabajando con la Conferencia Pugwash y con otras organizaciones que compartan la meta de generar consenso popular respecto de la prohibición y la abolición de las armas nucleares. Consideramos ese un aspecto integral dentro de la misión social que, como budistas, llevamos a cabo para promover el respeto por la dignidad suprema de la vida.

Mi otra propuesta a favor de una infraestructura para la paz es la proscripción de las bombas de dispersión. Esas armas inhumanas, que siguen en uso actualmente, matan y mutilan a personas en todo el mundo. El año pasado, se iniciaron tareas concretas entre los estados interesados y las organizaciones no gubernamentales para elaborar y adoptar un tratado que erradicara las bombas de dispersión. Si bien es cierto que sería óptimo que el mayor número posible de estados formaran parte de ese nuevo régimen de desarme, habría que otorgar prioridad a la firma inmediata del tratado y a su puesta en vigencia. Tal como sucedió con la erradicación de las minas anti-personales, el éxito del proyecto, con fuerte respaldo de las organizaciones no gubernamentales, tendrá un impacto definitivamente positivo en las acciones por el desarme que se llevan a cabo en otras áreas.

Para finalizar, quisiera referirme a las perspectivas futuras para la región oriental de Asia.

Han transcurrido ya treinta años desde la firma del Tratado de Paz y Amistad entre China y Japón. En el aspecto comercial, ha habido mayor interdependencia entre dichas naciones, y hay señales positivas que indican que el diálogo entre los líderes de los dos países se va regularizando. En abril de 2007, el primer ministro chino Wen Jiabao realizó una visita oficial a Japón y mantuvo conversaciones con su par nipón. El resultado fue un comunicado conjunto ante la prensa en el que se definió la política bilateral y se incluyó la declaración de que ambos países estrecharían la coordinación y la cooperación para hacer frente, juntos, a los problemas regionales y globales. En ocasión de la mencionada visita, tuve la satisfacción de dialogar con el primer ministro chino y quedé realmente complacido cuando afirmó que se podía percibir claramente una relación de amistad más sólida entre la China y el Japón, lo que constituía una aspiración compartida por el pueblo de ambas naciones. Además de una mayor cordialidad entre ambas partes, se está generando también una mejora constante en las relaciones entre Japón y Corea del Sur. Es importante que la nación nipona continúe esforzándose para profundizar la confianza y construir relaciones amigables con esos dos países, y realice acciones positivas para alentar la cooperación en Asia del Este. En noviembre del año pasado, la Asociación de Naciones del Asia Sudoriental (ASEAN, por sus siglas en inglés) realizó una reunión cumbre donde se acordó la elaboración de una Carta de la ASEAN, que contemplaría objetivos como promover la paz, la seguridad y la estabilidad en la región; preservar la condición de zona libre de armas nucleares del sudeste asiático y paliar la pobreza. En esa misma reunión, los estados integrantes de la ASEAN elaboraron un proyecto con miras a la creación de una Comunidad Económica de la ASEAN en 2015. Tales iniciativas representan la esperanza concreta de crear la infraestructura de paz para Asia del este.

En 2007, el gobierno japonés lanzó un programa para invitar anualmente a seis mil jóvenes de países del este de Asia a estudiar en Japón. Tengo la esperanza de que esa oportunidad de profundizar el entendimiento y la amistad mutuos también represente una posibilidad para que los jóvenes de la región se capaciten mediante los programas educativos para el desarme y la protección ambiental impulsados por la ONU y puedan desarrollar una verdadera conciencia y sentido de responsabilidad por el futuro.

En última instancia, la clave para la resolución de todo problema está en manos de la juventud. El segundo presidente Toda declaró: "Son el poder y la pasión de los jóvenes los que crearán el nuevo siglo". Haciendo suyas las palabras y el espíritu que él nos dejó como legado, nosotros, los miembros de la SGI, estamos decididos a centrarnos en los jóvenes, a desarrollar su potencial ilimitado, al tiempo que establecemos redes de solidaridad entre los ciudadanos comunes, para alcanzar la solución de los complejos problemas que enfrenta nuestro planeta.

▲ Arriba