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Propuesta de paz 2007

La restauración de las conexiones humanas:

El primer paso hacia la paz global

Daisaku Ikeda
Presidente de la Soka Gakkai Internacional

 

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En 2007 se cumplen cincuenta años desde que el segundo presidente de la Soka Gakkai, Josei Toda, efectuó una histórica declaración en la que definió las armas nucleares como un "mal absoluto" y urgió su prohibición con el afán de "arrancar las garras que yacen ocultas en lo más profundo de ese tipo de armas".

Su aguda perspicacia se encontraba arraigada en el plano más universal de la vida humana, aquel que trasciende toda diferencia ideológica y social, y con ella desenmascaró la esencia de esas armas apocalípticas, cuya destructividad podía poner fin a la civilización del hombre e, incluso, a la continuidad de este como especie.

En nuestros días, la amenaza de la proliferación nuclear sigue afligiendo a la comunidad internacional, que se mantiene consternada con las revelaciones del mercado negro de armamento nuclear y se pregunta sobre los verdaderos objetivos de los programas de desarrollo nuclear que están llevando a cabo, por ejemplo, Corea del Norte e Irán. En tal contexto, la importancia, la clarividencia y la gravedad de la declaración de Toda son evidentes.

Gran parte de la responsabilidad de la situación prevaleciente es atribuible a los estados poseedores de arsenales nucleares. Cualquier movimiento hacia el desarme, para que resulte eficaz, debe realizarse a partir de los auténticos esfuerzos por parte de dichos estados.

Asimismo, si deseamos detener la proliferación y encaminarnos hacia el desarme, necesitamos adoptar una nueva visión del mundo. El elemento crucial es tomar conciencia de que todos pertenecemos a una misma familia humana. Cuando podamos estructurar nuestro modo de pensar alrededor de un sentido de solidaridad con nuestros congéneres, ni siquiera las dificultades más implacables serán suficientes para que optemos por el uso de la fuerza. Pero si no se produce ese cambio, será difícil que escapemos del atolladero de la lógica de la disuasión, alimentada por la desconfianza y el temor.

El meollo del problema nuclear reside en la capacidad destructiva inherente a la naturaleza del ser humano. Es función de la destructividad paralizar nuestro sentido de solidaridad y sembrar las semillas de la desconfianza y el recelo, del conflicto y el odio. El budismo caracteriza ese potencial como la condición de vida o "estado" de Ira, que, cuando no se puede controlar ni frenar, se convierte en una fuerza enceguecida, negativa y altamente destructiva.

Las distorsiones de quienes se encuentran en dicho estado les impiden ver las cosas en su verdadero aspecto y los incapacitan para elaborar un juicio correcto sobre las cosas. Todo se vuelve un medio para satisfacer impulsos y propósitos egoístas. Tal es el estado interior que propicia el empleo de las armas nucleares.

Cuando Toda realizó su declaración contra dichas armas, tenía en mente los descomunales esfuerzos que había que emprender para impedir que la ira se desatara incontrolablemente. Por eso, pretendía inducir a las personas a comprender correctamente la función de la ira y encararla constantemente a través de un proceso de evaluación y catalogación minuciosa, desde la perspectiva de un ámbito interior de la vida sujeto a la sabiduría y al sentido de armonía.

La condición de ira se oculta detrás de muchas de las cuestiones que hoy debe confrontar la civilización contemporánea, con su elevado grado de capitalismo y desarrollo tecnológico. Es necesario analizar los valores económicos dentro de la escala integral de valores del proceso de la vida, para guiar el sistema capitalista hacia una nueva dirección. La clave se halla en el despertar del ser humano, que implica un proceso que tanto el individuo como la humanidad deben llevar a cabo.

La no proliferación y el desarme

Resulta imprescindible crear nuevas estructuras, para que los integrantes de la comunidad internacional puedan experimentar un sentido de propósito compartido y trabajen mancomunadamente para cumplir con las responsabilidades que les caben para consolidar la no proliferación y el desarme. Hay que reestructurar, sobre la base de una nueva perspectiva conceptual, las obligaciones establecidas por el Tratado sobre la no Proliferación de las Armas Nucleares (TNP). 

Todas las naciones, posean o no armas nucleares, deben trabajar en un plano de igualdad para lograr el objetivo expreso del TNP, "la seguridad de los pueblos", sin depender de las armas nucleares. El objetivo fundamental debe ser prohibir esa clase de armamento, mediante un tratado similar a los que proscriben las armas químicas y biológicas.

Este sentido de propósito compartido esclarece las respectivas responsabilidades que deben asumirse para lograr la seguridad libre de armas atómicas: la de los estados nucleares, iniciar activamente el desarme; la de los no nucleares, trabajar de manera concertada para impedir la proliferación. Sugiero que, para que tal cosa sea posible, se llame a una cumbre mundial o a una Sesión Especial de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que propicie el debate y genere consenso para la erradicación de las armas nucleares en aras de la seguridad global.

Hago un llamado a los Estados Unidos y a la Federación Rusa para que, como siguiente paso, reduzcan sus reservas de misiles estratégicos a unos cientos de ojivas y para que firmen un acuerdo bilateral en el que se comprometan a eliminar totalmente dichas reservas, lo que los colocará a la vanguardia de la gran labor global en pos del desarme. Propongo la formación dentro de la ONU de una agencia internacional para el desarme nuclear, que coordine las negociaciones de un tratado que contemple dicho objetivo.

Debemos trabajar para que el Tratado de Prohibición Completa de Ensayos Nucleares (TPCEN) entre en vigor lo antes posible o, de lo contrario, buscar la manera de impulsar su operatividad, aunque sea provisoriamente. Necesitamos un marco institucional más firme para impedir que los programas concebidos para el empleo pacífico de la energía atómica se descarrilen hacia el desarrollo de armas.

Asimismo, convoco en esta propuesta a un debate sobre el compromiso de no ser el primero en recurrir a las armas nucleares, para que se ponga en vigor las garantías negativas de seguridad. En última instancia, la única manera de resolver el problema que plantean los programas nucleares de Corea del Norte y de Irán es que el este asiático y Oriente Medio se conviertan en zonas libres de armas nucleares.

Planteo también la formación de un panel de discusión de participación amplia para la desmilitarización del espacio exterior y reitero mi llamado a la consolidación de marcos internacionales que regulen el tráfico de armas, con miras al objetivo ulterior y más amplio de desinstitucionalizar la guerra.

Cooperación en Asia

Es también mi propuesta que la década que se inicia en 2008 sea designada la década de construcción de la amistad chino-japonesa para el siglo XXI, con un enfoque anual sobre diferentes áreas de cooperación. Al Año del Intercambio Cultural y Deportivo entre China y Japón, por ejemplo, le podría seguir un año de cooperación en el área energética, luego, uno dedicado a la protección ambiental, y así, sucesivamente.

Además, como parte de ese decenio, quisiera sugerir programas de intercambio entre diplomáticos de ambos países. Sin duda, la puesta en marcha de estos intercambios entre países como China y Corea fortalecería las bases de una futura Unión del Este Asiático.

Creo que, en lo que concierne a la formación de la Unión del Este Asiático, deben realizarse programas piloto específicos que creen estructuras de cooperación capaces de despertar interés y entusiasmo en cada país. Uno de dichos programas podría contemplar el establecimiento de una organización dedicada al ambiente y al desarrollo de la región asiática oriental, que aúne todas las iniciativas regionales desplegadas hasta ahora. Sugiero asimismo la puesta en marcha de un equivalente del Colegio de Europa en la región de Asia oriental, que reúna un gran conjunto de gente capacitada, indispensable para una comunidad regional futura.

Cuando consideramos las perspectivas de una paz global, nada resulta más importante que la solidaridad consciente de los pueblos del mundo; solo eso creará una corriente humana irrefrenable de renunciación a la guerra. Todos los esfuerzos que realicé durante décadas, encontrándome con personas de las más diversas ocupaciones y condiciones sociales, embarcándome en diálogos y promoviendo los principios de la educación y los intercambios humanísticos, nacieron de mi fe en la solidaridad de la familia humana.

El objetivo del movimiento de la SGI es empoderar a los ciudadanos del mundo, de modo que puedan eliminar de la faz de la Tierra todo sufrimiento innecesario y concreten, a su vez, vidas de paz y de felicidad. Los integrantes de la SGI y yo nos aunamos al concepto de la "civilización dialógica", que fomenta el entendimiento mutuo a través del diálogo y hace resplandecer la dignidad de todas las personas, y deseamos trabajar junto a quienes alienten el mismo ideal de construir una cultura global de paz en el siglo XXI.

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