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Propuesta de paz 2006

Una nueva era del pueblo:

La creación de una red global de personas sólidas

Daisaku Ikeda
Presidente de la Soka Gakkai Internacional


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2005 fue un año signado por una serie de sucesos devastadores, como desastres naturales, constantes ataques terroristas, conflictos permanentes y la amenaza de nuevas enfermedades virulentas. Tal panorama conforma un estado de cosas que nos afecta a todos, más allá de nuestras diferencias políticas o situación geográfica, pues responden a un aspecto integral de la globalización. Sin embargo, la búsqueda de verdaderas soluciones para estos problemas mundiales debe comenzar a partir de la observación minuciosa de nuestra realidad inmediata e individual.

El proceso de modernización ha cambiado la manera en que las personas interaccionan socialmente y se relacionan con el ambiente natural, a medida que los lazos familiares, con los vecinos y con la comunidad se van perdiendo. Entonces, aunque en cierto sentido eso represente una búsqueda de mayor libertad individual, también es muy posible que su contrapartida sea el nacimiento de un individualismo descontrolado, al servicio de apetitos sin frenos. Por cierto, tal cosa bien puede ser la causa fundamental de algunos de los horrendos crímenes que se han cometido en el seno de la sociedad japonesa en años recientes.

Este vuelco hacia un individualismo excesivo puede evitarse formando individuos de una firme personalidad, capaces de confrontar los cambios que se suceden en el ámbito social, sin dejarse influir por la codicia y por el egoísmo. Esa clase de personas tiene profundos vínculos con la comunidad y con sus congéneres, y es naturalmente solidaria al momento de compartir intereses y preocupaciones. La religión puede proveer el marco propicio para capacitar a tales individuos; esa es, de hecho, su tarea primordial, pues, al tiempo que fortalece la vida interior de cada ser humano, une a las personas en un ámbito de dinámica interacción social.

Montaigne: Un modelo de humanismo

En la obra del literato francés del siglo XVI, Michel de Montaigne, podemos encontrar abundantes pautas para poner en práctica el humanismo. En sus Ensayos, el escritor despliega una visión de alcance universal al indagar profundamente en la naturaleza de su propia persona. Ello le permitió ver más allá de las violentas divisiones de su época –regida por las enseñanzas religiosas, el estatus social, y los prejuicios raciales— y descubrir las características comunes a toda la gente, fuese cual fuere su posición.

Las obras de Montaigne contienen importantes puntos en común con el humanismo de la tradición budista Mayahana y pueden desempeñar un papel crucial en la solución de acuciantes problemas globales.

En primer lugar, Montaigne fue un ardiente defensor del enfoque gradual sobre las cosas, en especial, cuando formuló su crítica a los cambios revolucionarios. Pudo comprender lo arraigadas en la sociedad que estaban las costumbres y tradiciones de la vida diaria, y cuán inútil sería imponer un cambio radical que desestimara esa realidad cotidiana. En segundo lugar, Montaigne creyó fervorosamente en el poder del diálogo. Sin dejarse llevar por las limitaciones del rígido orden social que imperaba en su tiempo, se dedicó con profundo interés a dialogar con personas de todas las condiciones sociales. Y, finalmente, hizo hincapié en la importancia de cultivar el carácter y la integridad. La implacable mirada crítica que volvió hacia sí mismo lo llevó a conocer los elementos fundamentales de la condición humana universal.

Esos tres aspectos son cruciales para el desarrollo de una forma de humanismo que pueda contribuir a resolver una serie de cuestiones contemporáneas. Si la religión los explora y pone en práctica, podrá prestar un verdadero servicio a los intereses de la humanidad toda.

La reforma de la ONU

Debemos hacer de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) el escenario clave donde tratar cuestiones globales. Para fortalecer y reformar el organismo internacional, es necesario prestar oídos a las voces de la sociedad civil y crear una red solidaria de ciudadanos comprometidos.

El año pasado, la ONU resolvió establecer un nuevo Consejo de Derechos Humanos e instituir una Comisión de Consolidación de la Paz. Tales iniciativas merecen el máximo apoyo de los diferentes sectores; con ese fin, hay que impulsar todos los medios posibles para que las nuevas estructuras reciban el aporte de la sociedad civil y de organizaciones no gubernamentales.

Además de dar a conocer casos concretos de abusos y de buscar resarcimiento para las víctimas, el Consejo de Derechos Humanos debe realizar una labor sostenida para modificar los paradigmas sociales y las políticas culturales que consienten violaciones a los derechos del hombre. En tal sentido, la educación en los derechos humanos y la información pública deben constituir un tema permanente en la agenda del consejo. Es importante ampliar la participación de la sociedad civil y de las organizaciones no gubernamentales, y contar con la asistencia de un cuerpo consultivo de expertos en derechos humanos que colabore con la tarea del organismo.

La Comisión de Consolidación de la Paz se designa a fin de lograr un enfoque integrado para la ayuda internacional que se puede brindar en cualquier etapa de recuperación de conflictos; pero es necesario fijar objetivos más enérgicos, como el de comprometerse con la reconstrucción de la vida cotidiana de las personas, con el restablecimiento de su felicidad. Para ello, la comisión debe relacionarse con los hombres y las mujeres que viven en áreas que se recuperan de conflictos y trabajar para erradicar las amenazas y los temores que los acechan. También es necesario que actúe de manera coordinada con la sociedad civil, para garantizar que la comunidad internacional preste su colaboración permanente al largo proceso de consolidar la paz, y para permitir que personas de países ya recuperados de los conflictos puedan aportar su valiosa experiencia.

La lucha contra el cambio climático

La resolución de la crisis ambiental en todo el planeta es una parte integral de la empresa de construir un mundo de paz. Las conversaciones sobre los nuevos marcos del Protocolo de Kioto para el período posterior a 2012 ya han comenzado, y le toca al Japón un papel especial en este proceso, ya que, por ejemplo, puede emplear el Mecanismo de Kioto para ayudar a otras naciones en la preservación y restauración de bosques, y en la introducción de recursos energéticos renovables. Es fundamental que se incentive a los países en vías de desarrollo a participar de los programas de reducción de emisiones, a través de medios constructivos que respondan a sus necesidades y exigencias específicas.

Lo que podrá garantizar el avance del Japón en el siglo XXI será su auténtico compromiso con las cuestiones ambientales y humanitarias. Por ello, la nación nipona debe esforzarse en la promoción del Decenio de las Naciones Unidas para la Educación con miras al Desarrollo Sostenible y proveer un modelo para su implementación tanto en el ámbito interno como en el internacional.

Paz e integración en Asia

Asia es una región en que las relaciones entre países están aún teñidas de los conflictos y las tensiones de la Guerra Fría. Debemos, pues, acoger las acciones recientes destinadas a propiciar el diálogo entre jefes de estado de naciones asiáticas, especialmente, si ello conduce a la formación de la Comunidad de Asia Oriental, de acuerdo al proceso de integración europea. Es necesario crear los marcos institucionales para tal propósito.

Cualquier acción para promover el entendimiento mutuo e impulsar valores y principios compartidos por todos tiene que cimentarse en el diálogo y en el intercambio entre las personas, siempre sobre la base de una "ética de la coexistencia".

Un acercamiento entre la China y el Japón es de vital importancia. Para lograrlo, hay que incentivar constantemente el establecimiento de lazos educativos y culturales entre los ciudadanos comunes; esa tarea, no obstante, debe contar con la firme decisión por parte de la nación nipona de revaluar la importancia de sus vínculos diplomáticos bilaterales. No hay que olvidar la actitud visionaria que prevaleció cuando las relaciones se restablecieron por primera vez en la década de 1970.

El problema que representa el desarrollo nuclear de Corea del Norte necesita la cooperación regional para su tratamiento. Para ello, es imprescindible llevar adelante las conversaciones de las seis partes y, si fuera posible, elevarlas a la forma de una cumbre de jefes de estado de cada una de ellas.

En el terreno crítico de la no proliferación y el desarme, importa recalcar una vez más el papel que cumplirá la educación sobre el desarme, como una manera de evolucionar de una cultura de conflictos y de confrontación hacia una cultura de paz basada en la cooperación y en la coexistencia creativa. Dado el estancamiento de las conversaciones sobre la no proliferación, la ciudadanía debe unirse en la causa de la erradicación de armas nucleares, y eso requiere incentivar enormemente la educación para la paz y el desarme.

La paz no implica solamente la ausencia de guerra. Una sociedad auténticamente pacífica es aquella en la que todas las personas son capaces de utilizar plenamente su potencial para construir una existencia que no se vea amenazada por el atropello a su dignidad. Cuando los ciudadanos comunes de todo el globo unan sus manos para reclamar la paz, se formará una red solidaria de individuos conscientes y protagónicos que impulsarán la humanidad hacia el logro del desarme y de una próspera cultura de paz. Ese es el propósito que impulsa el humanismo budista que promueve la SGI, con la esperanza puesta en el futuro.

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