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Sobre Nichiren

[Fuente: IKEDA, Daisaku: “Rissho ankoku”, La nueva revolución humana, vol. 4.]

NichirenNichiren

Alrededor de 1258, el segundo año de la era Shoka, un monje solitario fue de Kamakura a Suruga (actual prefectura de Shizuoka). Su mirada reflejaba una profunda tristeza. Se llamaba Nichiren. En Iwamoto, visitó el Jisso-ji, un templo de la escuela Tendai, que poseía una completa colección de escrituras budistas.

En la biblioteca, Nichiren leyó cuidadosamente los textos de cada una de esas enseñanzas. Estaba decidido a encontrar las pruebas documentales y teóricas que mostraran, sin lugar a dudas, que la causa fundamental de los  continuos desastres naturales, las epidemias y la hambruna yacía en la corrupción del mundo religioso, el cimiento espiritual básico de la sociedad humana. Día tras día, se entregó, en cuerpo y alma, al estudio de los sutras. Al encontrar el Sutra Daijuku (Sutra de la gran asamblea), sus ojos brillaron intensamente: allí, ante él, había una detallada descripción de la clase de desastres naturales que ocurrirían cuando el budismo estuviera declinando. Correspondía exactamente a los hechos que él había presenciado desde el gran terremoto de 1257.

“¡Es tal como dice aquí!”, exclamó en su interior.

Era agudamente consciente de la declinación del budismo y eso lo había preocupado de modo constante. Kamakura estaba repleta de templos de escuelas budistas, y parecía que esa creencia estaba en su etapa más floreciente. Pero no se encontraba allí ni el budismo genuino que Shakyamuni había expuesto ni vestigio alguno del espíritu de esa enseñanza.

Los sutras son claros en cuanto a las verdaderas enseñanzas de Shakyamuni. Por ejemplo, en el Sutra Muryogi (Sutra de los significados infinitos), que sirve de prólogo al Sutra del loto, el Buda declara: “En estos más de cuarenta años, aún no he revelado la verdad”. Esto confirma que, de las cinco décadas de prédica de Shakyamuni, los primeros cuarenta y tantos años estuvieron dedicados a exponer las enseñanzas provisionales, en las que él todavía no había revelado la verdad. El Sutra del loto explica la verdadera naturaleza de la vida en su totalidad, mientras que las enseñanzas anteriores, meramente provisionales, emplean ejemplos y parábolas para elucidar un enfoque parcial de la realidad. Además, el capítulo “Parábolas y semejanzas” del Sutra del loto insiste en “no aceptar un solo verso de otros sutras”, indicando, así, que sólo el Sutra del loto es la enseñanza budista fundamental.

[…]

En el templo Jisso-ji, Nichiren se entregó totalmente a la lectura de un sutra tras otro, olvidándose incluso de comer y dormir. El estudio de esos textos lo convenció de que los desastres y el infortunio que soportaba el Japón estaban causados por el hecho de que, virtualmente toda la población, le había vuelto la espalda al Sutra del loto, la verdadera enseñanza del Buda.

Las creencias tienen una gran influencia en nuestra vida. Por ejemplo, supongamos que ofrecemos nuestra amistad a alguien, creyendo que es una buena persona, pero, en realidad, es un ser despreciable. El trato con ella puede conducirnos hacia el camino del mal, aun antes de que nos demos cuenta de lo que está ocurriendo.

El problema es mucho más grave cuando se trata de la religión, porque ella modela el pensamiento y el accionar de la gente, en el nivel más básico. La creencia en una enseñanza errónea puede nublar la mente de las personas y hacerlas víctimas de sus deseos; puede incluso quitarles la voluntad de vivir. Esto, naturalmente, afecta a la sociedad, que es el producto del comportamiento humano, invitando al conflicto, la confusión y el estancamiento. De acuerdo con el principio de la unidad de la vida y su entorno, y con la doctrina de que la existencia momentánea de la vida posee tres mil estados (ichinen sanzen), la desarmonía en el corazón y en la mente de las personas y el desorden en la sociedad son una e inseparables. Dicha desarmonía afecta también al medio ambiente. El budismo enseña que el universo es esencialmente una única entidad viviente, y que los seres humanos y el mundo natural, que incluye nuestro ambiente físico, son mutuamente dependientes y están relacionados entre sí.

Nichiren concluyó que el único modo en que las personas podían liberarse del profundo sufrimiento, era abandonando las enseñanzas erróneas y basando sus vidas en las enseñanzas verdaderas y correctas. Además, de la lectura de los sutras surgía también que dos de las tres calamidades y los siete desastres descritos en las escrituras, y que todavía no habían ocurrido, pronto descenderían sobre el país: las luchas internas y la invasión extranjera.

Pensó que los sacerdotes de las demás escuelas budistas seguramente habían leído esos sutras. Sin embargo, no habían podido identificar en ellos la causa fundamental del infortunio que azotaba a la sociedad. Esto sólo confirmaba que habían dejado de atenerse a los sutras, como deberían haberlo hecho, y que habían perdido el ánimo de enfrentar directamente los sufrimientos de la gente o de buscar el modo de mitigarlos.

En ese entonces, las sectas Tendai, Shingon, Kegon, Ritsu y demás escuelas  del Budismo establecido, se contentaban con ser designadas oficialmente para ofrecer oraciones y ceremonias para la protección del país. A su vez, las escuelas más nuevas, como el budismo Zen y la Tierra Pura, se preocupaban sólo por obtener el respaldo de miembros prominentes del gobierno. Todas evitaban tenazmente cualquier discusión o debate sobre la validez de sus enseñanzas.

En otras palabras, sacerdotes con creencias fundamentalmente distintas, cuyos dogmas religiosos básicos estaban reñidos entre sí, habían llegado a pasar por alto esas importantes diferencias y, en connivencia, se habían aferrado al poder, para sostenerse bebiendo de la fuente de la autoridad. Habían olvidado por completo la verdadera misión de la religión: salvar a las personas.

Los gobernantes, a cambio del apoyo que brindaban, les pedían a esas escuelas budistas que cooperaran con su política; el gobierno y la religión se habían vuelto inseparables.

[…]

Nichiren escribió su tesis “Rissho ankoku ron” con el objetivo de poner fin al sufrimiento del pueblo. El 16 de julio de 1260, presentó el trabajo al regente retirado Hojo Tokiyori quien todavía era el personaje más poderoso del Japón, a través de los oficios de Yadoya Nyudo, un funcionario del gobierno de Kamakura que servía a Tokiyori.

Tokiyori había llegado al poder como regente en 1246; tenía entonces 20 años. Rápidamente había repelido toda oposición y había consolidado el poder del clan Hojo. Había sido un gobernante innovador y había trabajado para erradicar la corrupción en la clase guerrera. También era un practicante del budismo Zen, y a la temprana edad de 30 años, aduciendo razones de salud, se había retirado,  para ingresar en esa orden e instalarse en el templo Saimyo-ji, de la escuela Rinzai.

Aunque oficialmente ya no era regente, continuaba ejerciendo su enorme influencia, ahora tras bambalinas. Además, desde el gran terremoto de 1257, Tokiyori, como inveterado político, se había mostrado seriamente preocupado por los desastres naturales, las hambrunas y las epidemias que venían azotando al país. Se dice que cierta vez se había lamentado: “¿Es falla del gobierno? ¿Es porque los que gobiernan piensan sólo en el lucro personal? ¿Qué error hemos cometido, que ha enfurecido de este modo tanto al Cielo como a la Tierra? ¿Cuál fue nuestra ofensa, para que las personas deban sufrir tanto?”.

Probablemente, Nichiren había recibido informes sobre la inquietud de Tokiyori. Además, había tenido oportunidad de hablar con el ex regente en algunas ocasiones, antes de presentarle el “Rissho ankoku ron”. Lo que Nichiren había escuchado y visto contribuyó, sin duda, a su elección de Tokiyori como destinatario adecuado para su amonestación formal a las autoridades.

El lamentable estado de la sociedad y el sufrimiento del pueblo lo movieron a escribir el texto, que comienza así: “Otrora hubo un viajero que, con tristeza, dijo estas palabras a su anfitrión: “En años recientes, hay disturbios inusuales en los cielos, ocurrencias extrañas en la tierra, hambrunas y peste, que afectan cada rincón del imperio y se extienden por toda la tierra. Bueyes y caballos yacen muertos en las calles, los huesos de las víctimas atestan los caminos...”.

Esa misma realidad, el dolor humano, es el punto de partida del budismo, que tiene como meta aliviar el sufrimiento.

En el “Rissho ankoku ron”, el Daishonin utilizó varias formas diferentes de caligrafía china para expresar la idea de “nación” o “país”. Una consiste en un carácter chino que significa “rey” encerrado dentro de un cuadrado que representa los límites de un territorio. En la otra, el cuadro contiene el carácter que significa “pueblo”. La tercera caligrafía simboliza el acto de "tener la lanza en la mano" para proteger el ámbito del cuadrado, que representa los límites territoriales. De las setenta y una veces que aparecen las palabras “tierra” o “nación” en el texto, cincuenta y seis alrededor del ochenta por ciento están escritas utilizando el carácter chino que significa “el pueblo”, dentro de un recuadro. Esto muestra la importancia que Nichiren le dio al pueblo en su pensamiento y en sus escritos.

[…]

En el “Rissho ankoku ron”, Nichiren adopta la forma de un diálogo entre un huésped que lamenta el estado del mundo y un anfitrión que defiende al budismo. Esta estructura ilustra que el budismo se propaga a través del estímulo  y el acuerdo que nacen del diálogo personal basado en la sana lógica, y no mediante la coerción o la presión.

Nichiren no dirigió su tesis al Tokiyori político y poderoso, sino más bien al ser humano un líder con dolores y tristezas como todos los demás, movido por el sincero deseo de enseñarle los genuinos principios del budismo. Esperaba que eso le permitiría a Tokiyori descubrir el camino correcto del humanismo y empezar a influir en la creación de un gobierno que beneficiara al pueblo.

El Daishonin jamás buscó el apoyo o el auspicio de los gobernantes. Por ejemplo, después de ser perdonado del exilio en Sado, las autoridades habían sentido que se haría realidad su predicción de la amenazante invasión extranjera. Temiendo la inminente agresión de los mongoles, le ofrecieron construirle un templo, con la condición de que orara por la protección y la seguridad de la nación. Si hubiera querido congraciarse con el gobierno, no habría tenido mejor oportunidad. Pero Nichiren se rehusó categóricamente.

El “Rissho ankoku ron" contiene el siguiente intercambio de ideas: El anfitrión declara que para llevar orden y tranquilidad a la sociedad sin más demora, es vital poner fin a la calumnia a la Ley budista, que se extiende por todo el país. El huésped pregunta entonces si esto significa condenar a muerte a aquellos sacerdotes y personas que calumnia a la Ley y que violan las prohibiciones del Buda. En su respuesta, el anfitrión aclara que librar al mundo de quienes calumnian a la Ley significa, simplemente, no dar más ofrendas a los sacerdotes perversos. Con tal afirmación, Nichiren instaba al gobierno a que cesara de dar protección y auspicio a las escuelas budistas Zen, Tierra Pura y otras y a que cortara los lazos corruptos entre el gobierno y la religión. En términos contemporáneos, equivale al principio de “separar la Iglesia del Estado”. Él rechazaba la idea de que el destino de la religión deba depender del poder del Estado. Con esta convicción, se esforzó en difundir la Ley verdadera examinando la validez de cada enseñanza mediante el debate y el diálogo con las diferentes escuelas budistas.

Cuando una orden religiosa busca el apoyo del Estado, pone en evidencia su deterioro.

En el "Rissho ankoku ron", Nichiren advirtió también que, si las enseñanzas budistas erróneas no eran rechazadas, ocurrirían sin falta las dos calamidades faltantes: las luchas internas y la invasión extranjera. Esto no fue la mera predicción de una catástrofe inminente. Expresaba la profunda sabiduría obtenida mediante la contemplación de la Ley de la vida, tal como está registrada en las escrituras budistas. Y más que nada, era una advertencia basada en su enorme misericordia y en la sincera decisión de impedir que se infligiera otro sufrimiento al pueblo.

[…]

Nichiren expresa su conclusión en el siguiente pasaje de la tesis: “Por lo tanto, debe reformar rápidamente los principios que ha sostenido en su corazón y abrazar el único vehículo verdadero, la única doctrina del bien [del Sutra del loto]”. ¿Cuál es el modo más seguro de “llevar paz a la tierra” y transformar una sociedad que está abrumada por el infortunio y el sufrimiento? Nichiren sostiene que ello comienza con una persona que “establece la verdad” en su corazón. El “único vehículo verdadero, la única doctrina del bien” de la cual habla es el Sutra del loto, la enseñanza verdadera del Mahayana que abraza el supremo valor y dignidad de la vida, y que enseña que todos los seres vivos son esencialmente budas. Cuando cada individuo toma conciencia de su Budeidad inherente y la revela de acuerdo con esta Ley Mística, el lugar en que esa persona vive se convierte en la brillante tierra de Buda.

La meta del budismo de Nichiren es crear paz y prosperidad en la sociedad proporcionando a los individuos principales promotores de esa sociedad y modeladores de los tiempos el requisito interno para triunfar en todo intento. El “Rissho ankoku ron” revela este principio subyacente que permite lograrlo. Como el budismo considera budas a todos los seres, en cada individuo encuentra dignidad absoluta y potencial ilimitado. Estos mismos ideales constituyen la inconmovible base filosófica de la democracia.

Además, cuando damos luz a nuestra naturaleza de Buda innata, desarrollamos misericordia hacia los demás. “Abrazar el único vehículo verdadero, la única doctrina del bien [del Sutra del loto]” significa, en un sentido, descartar todo prejuicio y visión parcial de la vida y de la humanidad, y retornar al punto primordial de respetar la dignidad suprema de la vida; significa eliminar el egoísmo y vivir según el precepto de la misericordia, basándonos en el verdadero humanismo. Aquí encontramos el principio universal que brinda la clave para la prosperidad de todos los seres humanos y la paz en la Tierra.

El "Rissho ankoku ron" fue presentado en estos términos, pero Hojo Tokiyori lo ignoró. Según se dice, cuando Tokiyori recibió el tratado, los que estaban a su alrededor le dijeron que Nichiren era un sacerdote arrogante y orgulloso que, con esa tesis, sólo buscaba establecer su propia escuela de budismo. Por eso, decidió no leerlo. Cualquiera haya sido la circunstancia real, es claro que Tokiyori no tomó seriamente el mensaje del Daishonin. Para empeorar las cosas, funcionarios cercanos a aquél deformaron y denigraron el contenido del trabajo ante los sacerdotes de la escuela Tierra Pura y de otros centros budistas. Los monjes de Kamakura ya estaban muy molestos por los esfuerzos de Nichiren en señalar los errores que predicaban. Su ira alcanzó un punto de ebullición cuando se enteraron de que había osado volcar esas críticas como una amonestación dirigida a Tokiyori.

[…]

Nichiren era absolutamente consciente de que si presentaba el “Rissho ankoku ron” a Hojo Tokiyori, se convertiría en blanco de una severa persecución. Sin embargo, preparado para esta eventualidad, siguió adelante y amonestó a las autoridades. Su actitud era el producto de una profunda empatía; el sufrimiento del pueblo vivía en él.

La empatía genuina va más allá del simple acto de compartir las aflicciones de los demás y lamentarse junto con ellos; no se queda en meras palabras de simpatía y de consuelo. Los que se involucran  verdaderamente actúan con arrojo y fortaleza para encontrar el modo de ayudar a mitigar el dolor ajeno. Son dueños de una valentía basada en la más profunda misericordia, de una fe y una convicción inconmovibles.

En el atardecer del 27 de agosto, cuarenta días después de la presentación del "Rissho ankoku ron", la modesta vivienda de Nichiren, en Matsubagayatsu, Kamakura, fue atacada por una banda de seguidores del Nembutsu. Esta agresión fue conocida como la Persecución de Matsubagayatsu.

Lo que había predicho se hacía realidad. Había comenzado el diluvio de persecuciones que lo acometerían por el resto de su vida.

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