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Sobre la práctica del budismo

[Fuente: IKEDA, Daisaku: “La importancia del gongyo y el daimoku”, Conversaciones sobre la juventud: Para los protagonistas del siglo XXI. El texto fue publicado originalmente en el Koko Shimpo, periódico quincenal de la División de Estudiantes de Segunda Enseñanza Superior de la Soka Gakkai.]

PARTE 1

Nam-myoho-renge-kyo

En el budismo de Nichiren Daishonin, se dice que no hay oración que quede sin respuesta. Pero esto es muy distinto de pretender la gratificación instantánea de todos los deseos, como si el Gohonzon fuese mágico. Si invocan para ganar la lotería mañana, o para sacarse cien puntos en el examen de mañana sin haber estudiado, las probabilidades de que ello ocurra serán muy bajas.

No obstante, si vemos las cosas desde una perspectiva más profunda y a largo plazo, todas sus oraciones les servirán para impulsar su vida en dirección a la felicidad.

Hay oraciones que tendrán respuesta en forma inmediata; otras, no. Pero cuando miremos hacia atrás, podremos decir con total convicción que todo salió de esa forma porque ése era el mejor desenlace posible para nosotros. 

El budismo concuerda con la razón. Nuestra fe se refleja en la vida cotidiana, en nuestras circunstancias reales. Una oración no tendrá respuesta si no hacemos los esfuerzos apropiados que nuestra situación requiere.

Por otro lado, superar sufrimientos de índole “kármica” es algo que requiere considerable tiempo y esfuerzo, ya que las raíces de este padecimiento se remontan a causas hechas en el pasado. Por ejemplo, hay una gran diferencia entre el tiempo que nos lleva curarnos de una herida y recuperarnos de una grave enfermedad interna. Algunas enfermedades pueden tratarse con remedios, pero otras necesitan cirugía. Lo mismo se aplica al desafío de transformar nuestro karma mediante la fe y la práctica. 

Y, por otro lado, el nivel de fe de cada persona es distinto, como lo es, también, su karma individual. Sin embargo, a través de hacer daimoku, uno puede extraer desde su interior, sin falta, una potente sensación de esperanza que dirige la vida en dirección positiva y benéfica.

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Es irreal pensar que uno podrá lograrlo todo de la noche a la mañana. Si cada una de nuestras oraciones hallara respuesta inmediata, iríamos directo a la ruina: nos volveríamos holgazanes y viviríamos para nuestra propia satisfacción.

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Pongamos un ejemplo. A ti te apasiona el dibujo. Pero si creyeras que con sólo garabatear un par de trazos ya tendrías tu exhibición y los coleccionistas se abalanzarían a comprar tus obras, estarías siendo muy poco realista, ¿verdad?

Supongamos que, en lugar de trabajar, te gastas hasta el último centavo jugando, y que quedas en la pobreza total. ¿Crees que si alguien viniera y te diera un montón de dinero te estaría ayudando a ser feliz, a la larga?

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Sería como efectuar reparaciones superficiales en un edificio que se está desplomando, en lugar de solucionar el problema de raíz. Sólo se puede reconstruir algo sólido trazando, primero, cimientos bien firmes.

La fe nos permite transformar no sólo nuestros problemas cotidianos, sino también las bases mismas de nuestra vida. Mediante nuestra práctica budista, podemos desarrollar un sólido núcleo interior, y una reserva inagotable de buena fortuna. 

Hay dos clases de beneficios que derivan de la fe en el Gohonzon: el conspicuo e inconspicuo. El beneficio visible es el que resulta tangible y notorio, como recibir protección clara en un momento dado o poder resolver rápidamente un problema cuando se presenta, se trate ya de una enfermedad o de un conflicto de relaciones humanas, por ejemplo. A su vez, el beneficio invisible es más difícil de ver. Es la buena fortuna que se acumula en forma lenta, pero continua –como el crecimiento de un árbol o el movimiento de las mareas—, pero que se traduce en un estado de vida rico y amplio. Tal vez no sea un cambio que podamos discernir de un día para el otro, pero, a medida que pasan los años, se verá claramente que hemos llegado a ser felices, que hemos crecido como personas. Ese es el beneficio invisible. 

Si hacen daimoku, podrán obtener, decididamente, el mejor resultado posible, más allá de que el beneficio sea visible o invisible en el corto plazo.

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Pase lo que pase, lo importante es seguir haciendo daimoku. Así podrán ser felices, infaltablemente. Aunque las cosas no salgan del modo que inicialmente habían imaginado, cuando luego miren hacia atrás, comprenderán, en un nivel mucho más profundo, que ese había sido el mejor resultado. Esto, de por sí, es un beneficio tremendamente invisible.

Los auténticos beneficios que brinda el budismo de Nichiren Daishonin no son tanto los de naturaleza momentánea y notoria, sino los perdurables e intangibles, que se van acumulando en lo profundo de nuestra vida. Por ejemplo, el beneficio conspicuo puede darles hoy de comer, pero los dejará preguntándose, con aprensión, de dónde saldrá la comida de mañana. En cambio, el beneficio invisible se asemeja más a una situación de gradual crecimiento económico, donde nunca más haya que pasar preocupaciones por la comida, aun cuando, al comienzo, pueda haber algún día con el refrigerador vacío. Y, en mi opinión, es mucho más atractiva la segunda perspectiva...

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Cuanto más nos esforzamos en la fe, mayor es el beneficio que experimentamos. 

Desde luego, es posible tener un buen pasar en la vida sin practicar el budismo del Daishonin. Pero, a veces, nos toca enfrentar un karma sobre el cual no hay forma de tener control, o nos vemos arrojados a un gran sufrimiento a causa de nuestra propia debilidad interior. ¡Qué lástima, qué pérdida trágica sería no poder cambiar nunca, no poder exclamar con convicción, al término de nuestros días, qué hermosa vida hemos tenido! Precisamente por eso es tan importante contar con una sólida filosofía de vida.

PARTE 2

study meetingLos miembros de la SGI estudian el budismo juntos

Mi maestro, el presidente Josei Toda, decía: “¿Con qué propósito he nacido? Como dice el Sutra del loto en la frase ʻlos que habitan allí [en mi Tierra] disfrutan plenamente de la vidaʼ, hemos nacido para disfrutar. ¡Qué triste sería, entonces, no hacerlo! Cuando creemos en el Gohonzon con todo nuestro corazón, adquirimos un estado de vida en el cual todo lo que hacemos, y hasta la vida en sí, son causas de alegría”.

El presidente Toda empleaba el término “felicidad absoluta” para describir el estado de vida en el cual uno sentía que el solo hecho de vivir producía un inmenso júbilo. Si perseveran en la fe, sentirán esto sin falta. 

Nuestra práctica budista impulsa la fuerza de nuestro “motor”, fortalece nuestra vitalidad, para que siempre podamos declarar: “¡Estoy preparado para cualquier cosa!”. Si tenemos  un motor de poca capacidad, hasta el hecho de subir una ligera pendiente nos dejará boquiabiertos, jadeando de cansancio en el intento.

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Cuando uno analiza la cuestión en profundidad, termina preguntándose: ¿Acaso la riqueza material asegura que seamos felices? ¿La fama nos dará verdadera satisfacción interior? ¿Se arreglará todo si vivimos en una casa grande? Ya sabemos que la respuesta categórica es “no”. Todo el tiempo nos toca ver gente envuelta en luchas encarnizadas por el dinero; gente que conoce las mieles de la fama y luego, cuando la popularidad desaparece, se hunde en el sufrimiento; gente que echa a perder su vida por dejar que la fama y el poder se le suba a la cabeza; gente que vive en hogares fastuosos pero envenenados por una atmósfera fría y hostil, donde los miembros de la familia no se pueden soportar unos a otros...

La reputación, el dinero y las posesiones materiales sólo pueden brindar una satisfacción fugaz y transitoria, que podríamos llamar “felicidad relativa”. Sin embargo, cuando transformamos nuestra vida por dentro, cuando desarrollamos en nuestro interior un brillante palacio, puede decirse que hemos construido una "felicidad absoluta". El que establece un estado de vida inmenso y resplandeciente como un castillo magnífico, es dueño de una felicidad que nada puede destruir o socavar, por mucho que suceda en la vida.

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Lo maravilloso acerca del budismo de Nichiren Daishonin es que, a través del daimoku, los cuatro sufrimientos del nacimiento, la vejez, la enfermedad y la muerte se convierten en cuatro muros fortificados que protegen el palacio de nuestra vida. Aunque al principio sea algo difícil de apreciar, el “fango” de nuestros padecimientos es el material con que se construye un sólido murallón que resguarda el palacio de nuestra felicidad interior. Cuanto más profunda es la ciénaga del sufrimiento, más inexpugnable es el palacio que podemos erigir.


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La práctica del daimoku construye un cimiento de buena fortuna en la vida de los jóvenes. Si aprovechan ahora para trazar esas bases, no habrá límites luego, para la estructura que quieran erigir. Muchas cosas contribuyen a la construcción de los cimientos. Dedicarse a los estudios responsablemente es algo que ayuda mucho, así como el ejercicio físico ayuda a tener buena salud y fuerza muscular.

Pero lo que yace en la base del bienestar físico y mental es nuestro estado de vida. La práctica budista es la única forma de fortalecer, purificar y desarrollar nuestra condición interior.

El estudio sirve para cultivar el intelecto. Tenemos, también, que ejercitar el cuerpo mediante los deportes y la actividad física. También hay que fortalecer el estado de vida, a través del daimoku. Cuando cambia nuestro estado interior, la mente y el cuerpo también se transforman, se llenan de energía, se revitalizan.

El daimoku carga las baterías. Si tenemos el cuidado de recargar las baterías periódicamente, nunca nos sentiremos faltos de energía o de vitalidad. Pero si no cargamos las pilas, la energía nos faltará en el momento en que más la necesitemos, y entonces nuestro entorno terminará venciéndonos. 

Los que llenan su vida de daimoku y aprenden a cargar las baterías mientras son jóvenes están construyendo las bases de una felicidad perdurable.

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Sin embargo, ya que nuestra práctica budista transcurre en medio de la vida cotidiana, es demasiado fácil caer en la inercia y descuidar su cumplimiento. Así que, en tal sentido, tal vez no haya práctica más difícil que esta, en lo que respecta a la continuidad. No obstante, si nos desafiamos para mejorar un poquito más cada día, habremos construido un camino hacia la felicidad en lo profundo de nuestra vida. Habremos construido un sólido dique que nos impedirá ser arrastrados hacia el sufrimiento.

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