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Sobre el maestro

Alguien en quien confiar

march_16_ikeda_todaDaisaku Ikeda (izquierda) y Josei Toda

Algunas veces, basta un solo encuentro con una persona para cambiar enteramente el curso de nuestra vida. Eso fue lo que me sucedió cuando conocí a Josei Toda, en agosto de 1947. 

Era una tarde cálida y bochornosa. Tokio aún mostraba las cicatrices de la guerra, y en el paisaje urbano, desolado como una vasta planicie calcinada, subsistían, aquí y allá, rudimentarias barracas y viejos refugios antiaéreos.

Eran tiempos de extrema escasez económica y de cambios precipitados. Los maestros de escuela, que antes ensalzaban con ardor la grandeza del Emperador, de repente se lanzaban al elogio de la democracia. Era como si ya no quedase nada en lo que valiera la pena creer.

En un ambiente así, era imperativo encontrar algo a qué aferrarse. Me uní a un grupo de unos veinte jóvenes de mi vecindario que habían formado un círculo de lectores, en una búsqueda desesperada de respuestas dentro de la literatura y la filosofía; entre todos, tratamos de encontrar algún significado u orientación para nuestra vida.

Cada uno traía un libro, cualquier libro que se hubiera salvado de las llamas, y con eso saciábamos nuestra sed de palabra escrita. Luego intercambiábamos criterios en discusiones y debates sin fin.

Después de sufrir la peor de las traiciones por parte de los líderes militaristas japoneses, sentíamos que ya no quedaba nada ni nadie en quien confiar. Y, de existir alguien, solo podría ser una persona que se hubiese opuesto a la guerra, aunque hubiera tenido que ir a prisión por ello.

Un día, un amigo mío me invitó a una reunión sobre la “filosofía de la vida” que se iba a realizar en una casa cercana. El tema despertó mi curiosidad, de modo que decidí participar.

Al llegar, vi que un hombre de unos cuarenta años presidía el encuentro. Si bien su voz era más bien áspera, daba la impresión de estar completamente sereno. Los gruesos cristales de sus anteojos reflejaban la luz. Al principio, no pude comprender muy bien lo que decía, pues se estaba refiriendo al budismo. Pero luego comenzó a hablar de manera clara e incisiva sobre diversos temas, desde cuestiones candentes de la vida diaria hasta política contemporánea.

Era evidente que no estaba pronunciando un sermón religioso tradicional ni una disertación sobre filosofía. De manera muy concreta, empleaba ejemplos de la vida cotidiana para explicar verdades profundas. Y, aunque la habitación estaba colmada de gente pobremente vestida, flotaba en el aire una sensación de energía y de inspiración.

El señor Toda era diferente de cualquier persona que yo hubiese conocido antes. Hablaba con un lenguaje simple, casi tosco, y sin embargo, irradiaba calidez. Por extraño que pareciera, sentí que de alguna manera lo conocía, que era un viejo amigo.

Cuando hubo finalizado la charla, el amigo que me había llevado a la reunión nos presentó. El señor Toda me miró intensamente, con ojos que destellaban tras los lentes. Esbozó una cálida sonrisa de bienvenida y me preguntó: “Bien, ¿cuántos años tienes ahora?”. “Diecinueve”, respondí, impulsado por una extraña sensación de familiaridad. Él replicó con nostalgia que esa era la edad que tenía cuando había llegado por primera vez a Tokio.

Casi sin darme cuenta, me encontré haciéndole preguntas sobre cosas que me perturbaban, como la naturaleza de la vida y de la sociedad. 

Sus respuestas fueron completamente francas y directas, lo que demostraba una profunda perspicacia. Por primera vez en mi vida, sentí que la verdad estaba muy cerca, al alcance de mi mano. El señor Toda irradiaba convicción. Cuando me enteré de que había estado dos años en la cárcel por oponerse a la política de agresión japonesa, y que se había mantenido fiel a sus creencias en todo momento, supe que había encontrado a alguien en quien podía depositar mi total confianza.

Mi encuentro inopinado con el señor Toda resultó ser un momento decisivo en mi vida. Diez días después me convertí en miembro de la Soka Gakkai, la organización budista que él lideraba, cuya misión primordial era transmitir a la gente común un mensaje concreto de esperanza y de fortalecimiento. Esa organización casi había sido aplastada por la opresión militar durante la guerra. A partir de enero de 1949, comencé también a trabajar en la editorial del señor Toda. La labor era ardua y prolongada. Sacudida por la guerra y la derrota, la economía de Japón se vio atacada por feroces olas de inflación. El efecto era devastador para una compañía pequeña como aquella.

“Tal vez haya resultado vencido en los negocios, pero no en la vida”, decía él, a medida que muchos de sus colegas lo abandonaban. Nunca olvidaré el sonido de su voz en ese momento: parecía provenir de las profundidades de su vida.

Toda dedicó pacientemente su esfuerzo a alentar a quienes estaban luchando por reconstruir su vida con la ayuda del budismo. Sé de decenas de miles de individuos que, luego de recibir en forma personal su aliciente, encontraron la fuerza necesaria para enfrentar las dificultades que amenazaban con obstruir su camino.

Aunque mi salud y mi situación económica estaban al borde del colapso, nunca abandoné a mi mentor; había decidido que, si fuese necesario, lo acompañaría hasta las profundidades del infierno.

En vista de que no pude continuar con mis estudios formales, el señor Toda se ofreció a enseñarme todo lo que sabía. Se convirtió así en mi tutor, y nuestras sesiones de estudio continuaron durante los diez años siguientes.

Con toda paciencia, el señor Toda me instruyó en derecho, política, economía, física, química, astronomía y los clásicos chinos; y constantemente me hacía preguntas o me pedía comentarios sobre lo que había leído. Me alentó a convertirme en un motivo de estímulo para quienes no tienen la posibilidad de asistir a la escuela.

Naturalmente, he olvidado muchos detalles de todo lo aprendido. Pero lo esencial –el constante ejercicio del pensamiento, una manera particular de ver las cosas y de elaborar juicios— ha permanecido grabado de modo indeleble en lo profundo de mi mente. El señor Toda nunca se contentó con impartirme solo conocimientos; por el contrario, siempre insistió en desarrollar mi verdadero raciocinio mediante la observación de los procesos que hay detrás de cada cosa o circunstancia.

Solo un maestro auténtico y dotado de grandes cualidades puede brindar una educación capaz de forjar realmente a un individuo. Tuve la gran buena fortuna de encontrar en Josei Toda a esa clase de maestro, singular y talentoso en extremo. Aquellos fueron tiempos difíciles, y el camino hacia la creación de un movimiento popular por la paz estuvo lleno de dificultades. Pero la fortaleza y la aguda comprensión que desarrollé al trabajar junto a ese gran hombre me han sostenido en todo lo que he realizado desde entonces.

Llevo su fotografía conmigo en todo momento y me gusta sentir que él está siempre en mi corazón, como un padre estricto pero amoroso, observando todo lo que hago. Con cada año que pasa, mi aprecio y mi gratitud hacia él solo consiguen profundizarse.

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