Volver a la lista

Sobre el bodhisattva y los derechos humanos

[Fuente: IKEDA, Daisaku: “La humanidad y el nuevo milenio: Del caos al cosmos”, Propuesta de paz, 1998.]

Bodhisattva

PARTE 1

¿En qué consiste, entonces, este concepto, que tanto ha atraído la atención de pensadores de primera línea? En síntesis, el bodhisattva encarna, en forma activa, los valores de la solidaridad y el altruismo. La aspiración del que vive en dicho estado es ayudar a todas las personas a ser felices, a buscar --para decirlo con los términos de Nichiren—“lograr la iluminación sólo después de haber salvado a los demás del sufrimiento”.

Las cualidades que representa un bodhisattva pueden describirse desde muchos ángulos, pero en esta oportunidad voy a centrarme en una de ellas, especialmente importante para la cuestión de los derechos humanos. El bodhisattva asume el compromiso de ir en busca de los demás para rescatarlos del sufrimiento, y basa cada uno de sus actos en este juramento interno, que es una expresión espontánea y autónoma de altruismo. Su promesa no es sólo la manifestación de un deseo o de una determinación, sino el compromiso decisivo, al cual un bodhisattva consagra todo su ser, sin escatimar nada. Un bodhisattva no acepta que las dificultades propias del desafío lo desalienten o lo hagan retroceder. El Sutra del loto habla de una flor de loto, muy blanca y pura, que abre sus pétalos en medio de un estanque enlodado. La analogía ilustra el logro de un estado vital puro y potente, en medio de la realidad social, aunque ésta sea, a veces, degradante. De tal suerte, el bodhisattva jamás intenta escaparse de la realidad; nunca abandona a los que sufren a merced de su dolor; se sumerge de lleno en las aguas turbulentas de la vida, movido por el afán de rescatar a los que se ahogan en la angustia, y depositarlos, a salvo, en el grandioso navío de la felicidad profunda. 

Otra escritura budista describe el compromiso de Shrimala, hija del rey Prasenajit y contemporánea del buda Shakyamuni: “Si veo gente sola, gente injustamente encarcelada, gente privada de su libertad, seres que sufren a causa de la enfermedad, la desgracia o la pobreza, jamás los abandonaré. Yo les prodigaré sostén espiritual y material.”

Fiel a su promesa, trabajó durante toda su vida en beneficio de los demás, y siempre se empeñó en hacer surgir lo bueno que había en cada semejante. 

Al presentar el concepto de bodhisattva, lo que me motiva es lo siguiente: Los derechos humanos sólo serán universales e indivisibles, cuando atraviesen la frontera más elemental y existencial de la vida: la que separa al yo del otro. Y esto sólo podrá ocurrir cuando respetemos tanto el derecho como el deber de tratarnos humanamente, no ya en respuesta a normas de sanción externa, sino mediante la acción espontánea, nacida en el poderoso deseo de ayudar a aquellos semejantes cuya capacidad de vivir en forma humana se encuentra en riesgo.

En tal sentido, deseo dar a conocer palabras de Upendra Baxi, jurista india, autora de Educación en derechos humanos: ¿Promesa del tercer milenio?

La fuente más esencial de los derechos humanos es la conciencia de los pueblos del mundo que han librado la lucha más persistente por la descolonización y la autodeterminación, contra la segregación racial, la agresión y la discriminación de género, contra los obstáculos para acceder a las necesidades mínimas, la destrucción y contaminación ambiental, contra el sistemático "descuido inocente" a los desposeídos, discapacitados y menos favorecidos (incluidos, aquí, los pueblos indígenas de la Tierra).

Es, de veras, sorprendente, la semejanza entre la preocupación contenida en este fragmento y el compromiso solidario de Shrimala.

El budismo recalca la cualidad de la motivación personal, y valora aquella que nace espontáneamente del interior, expresada en la breve frase: "Nuestro corazón es lo que realmente importa".  Enseña que el objetivo primordial de la vida de Shakyamuni se reveló en el humanismo con que se condujo y actuó cotidianamente. De tal forma, en la tradición budista se considera que el auténtico propósito de la capacitación religiosa yace en cultivar y enaltecer la personalidad. Las normas que no nacen de la motivación interna y que no alientan el desarrollo de una sólida identidad terminan demostrando ser ineficaces y débiles. En todo caso, las normas externas sólo pueden capacitar a los hombres para ofrecer resistencia al mal y vivir como auténticos defensores de los derechos humanos cuando actúan en forma sintónica con los valores internos y cuando ambos encuentran mutuo sostén. 

Hace medio siglo, en pleno auge del militarismo japonés, el fundador de la Soka Gakkai, Tsunesaburo Makiguchi, declaró: “Rechazar el mal y abrazar el bien son dos acciones nacidas en un mismo impulso”. Y expresó, también: “Sólo puede ser auténtico amigo del bien quien tiene la valentía suficiente para combatir el mal”; “No sólo basta con hacer pasivamente el bien; un hombre debe tener el coraje moral de buscar el bien en forma activa”. De esta forma, Makiguchi lanzaba su crítica al régimen militarista, que ultrajaba los derechos humanos mientras imponía su guerra de invasión. Enfrentado a una persecución constante, Makiguchi no cedió jamás; se mantuvo fiel a sus convicciones hasta el momento de su muerte, tras las rejas. Es, para mí, una constante fuente de inspiración personal su lucha inquebrantable, que culminó en el martirio. Siento que allí se encuentra la vertiente espiritual que nutre todas las actividades actuales de la SGI para promover los derechos humanos. 

Hace veintitrés años, me dirigí a los miembros de la recién fundada Soka Gakkai Internacional para decirles: “No busquemos la gloria ni la alabanza personal; en cambio, dediquemos la vida a sembrar la semilla de la Ley Mística, en bien de la paz en cada rincón del mundo”. Así como la infelicidad no es algo que padecen sólo los demás, tampoco la dicha puede ser sólo para nosotros. En tal sentido, mi alegato fue casi el clamor vivo de mi corazón, exhortando a vivir como lo hace un bodhisattva: superando el egoísmo, cultivando una percepción mucho más amplia e incluyente de la propia identidad, viéndonos en los demás y sintiendo que los otros son parte de nosotros mismos. 

PARTE 2

Como ciudadanos responsables dentro de su comunidad, los miembros de la SGI, están trabajando para construir un movimiento por la paz, la cultura y la educación. En el contexto inmediato de su vida diaria, actúan con la postura de bodhisattvas, reacios a abandonar o ignorar a los que sufren. Acometen incontables actos en bien de los demás; aquí, se desvelan alentando; allá, dan todo de sí para aliviar la angustia de otro; en todas partes, ayudan a aquellos que los rodean. Estoy orgulloso de las personas que integran nuestro movimiento, y creo que la suya es una forma de vivir silenciosa, práctica y, quizá poco estridente, pero capaz de crear, sin falta, la cultura de derechos humanos que reclama nuestra época. 

Tengo la convicción de que, si podemos forjar, en lo más profundo de cada individuo, un cimiento activo e independiente que sostenga la conducta altruista encarnada por la postura del bodhisattva, entonces estarán dadas las bases éticas de responsabilidad y compromiso, sobre las cuales hacer florecer una auténtica cultura de los derechos humanos. Y lo digo, porque el sostén más vital de los derechos humanos es la motivación interna que urge a la gente a actuar, frente a todo lo que amenace la dignidad humana. 

Cabe recordar que en la "Conferencia Mundial de Derechos Humanos", de 1993, se manifestó una abrupta división de opiniones; esto demuestra que la universalidad de tales derechos no es, aún, un asunto zanjado y que exige un tratamiento cuidadoso y sensible. Como traté de exponer al analizar el ideal del bodhisattva, creo que los derechos humanos podrán trascender los límites de las normativas externas y ser una fuerza transformadora de la realidad, como valores internalizados, cuando las personas espontáneamente decidan vivir de acuerdo con las normas que les resulten más deseables, y determinen basar su propia conducta en esos mismos principios. En tal sentido, es sumamente importante dialogar, para promover una nueva síntesis entre el pensamiento de los que abogan por la universalidad de los derechos y el de los que consideran los derechos humanos insertos en el marco del relativismo cultural. Sólo mediante este intercambio podremos llegar a una comprensión realmente universal de los derechos del hombre, y vislumbrar las condiciones necesarias para implementarlos en forma igualitaria y sin distinción, entre los incontables habitantes de la Tierra. 

[…]

Nunca debemos perder de vista que el tercer milenio sólo podrá estar imbuido de respeto a la dignidad de la vida, a salvo de guerras y armas nucleares, y enriquecido con los colores polícromos de la diversidad, a través del esfuerzo de ciudadanos responsables y conscientes de sus facultades, que no dejan las iniciativas en manos de la voluntad ajena. 

Mientras las tétricas nubes de la Segunda Guerra Mundial se cernían sobre el horizonte, el novelista checo Karel Capek (1890-1938) condenó severamente la mentalidad del que se escuda diciendo “alguien tendría que...” o “las cosas no son tan simples”. En esta forma de pensar, él veía un símbolo de la pobreza espiritual que hace a los hombres aceptar pasivamente el statu quo. 

Así se dirigió a los hombres: “Cuando alguien se ahoga, no basta con quedarse a un costado de pie y pronunciar la razonable expresión: ʻAlguien debería arrojarse a las aguas a salvarlo...ʼ. La historia no necesita tanto personas que digan lo que otros deben hacer, como individuos que actúen por sí mismos. Podríamos decir que casi todas las cosas útiles o importantes que han sucedido en los últimos mil años no fueron precisamente simples. Si las personas llegaran a la convicción de que nada se puede hacer, debido a que ʻlas cosas no son simplesʼ, el mundo conocería muy pocas muestras de eso que conocemos como ʻdesafío humanoʼ”.

Esta admonición es una saeta dirigida a la responsabilidad de cada uno. Lo que más necesita el mundo es valor, para confrontar la realidad circundante, y actos concretos, para transformarla. 

Todos tenemos una responsabilidad común: la de avanzar paso a paso, en medio de una realidad penosa. Sólo mediante este esfuerzo podemos impedir la repetición de la tragedia pesadillesca que enlodó este siglo, y transmitir los frutos del desafío humano a las generaciones futuras. 

Pongámonos de pie y actuemos ya, con la firme convicción de que somos ciudadanos del mundo, capaces de construir y modelar la historia futura. Ejercitemos esa clase de optimismo profundo que no se rinde ante ninguna dificultad o temor. Los miembros de la SGI se hallan consagrados a un movimiento, inspirado en los principios del budismo, que promueve los valores de la paz, la cultura y la educación. Mediante esta acción continua, seguiremos tendiendo una anchurosa red de solidaridad entre las personas de buena voluntad del mundo entero.

▲ Arriba