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La lámpara de la mujer pobre

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En una carta que Nichiren escribió hace setecientos años como una demostración de agradecimiento por las sinceras ofrendas de una devota mujer llamada Onichi-nyo, hay un pasaje que dice: "Una mujer pobre se cortó el cabello y lo vendió para comprar aceite [para el Buda], y ni siquiera los vientos que soplaban desde el monte Sumeru pudieron extinguir la llama de la lámpara que ese aceite alimentó". (NICHIREN: Los escritos de Nichiren Daishonin, Tokio, Soka Gakkai, 2008, pág. 1135) La historia figura en una escritura budista y se conoce comúnmente como "La lámpara de la mujer pobre":

En los tiempos del buda Shakyamuni, había en la India antigua un estado llamado Magadha. Su capital era la famosa ciudad de Rajagriha, donde residía el rey del estado. También vivía allí una mujer anciana. Era una persona de fe profunda, que siempre había anhelado ofrecer algo precioso al Buda; pero estaba sola y era muy pobre, por lo que nunca había podido cumplir su deseo.

Un día, mientras caminaba por la calle, la anciana vio pasar una larga procesión de carros que cargaban grandes cantidades de aceite de lino. Al preguntar, le dijeron que el aceite era una donación que Ajatashatru, rey del país, le enviaba al Buda. Muy conmovida, la señora sintió nuevamente el ansia de realizar una ofrenda, pero no tenía ni un céntimo. Decidió entonces cortar su cabello y venderlo. (Algunas versiones sostienen que había logrado reservar algo de dinero de las limosnas que recibía). Con esas monedas, compró una pequeña cantidad de aceite de lino y fue a obsequiársela al Buda. Pero pensó: "Con tan poco aceite, esta lámpara arderá solo la mitad de la noche. Sin embargo, si el Buda reconoce mi fe y me demuestra su amor compasivo, la lámpara arderá toda la noche".

Su deseo se cumplió, y la lámpara continuó ardiendo toda la noche, mientras las demás se extinguieron a causa de los fuertes vientos que soplaban desde el monte Sumeru. Al despuntar el día, la gente trató de soplar la llama para apagar la lámpara, pero, esta siguió ardiendo más y más, tan resplandeciente, que casi llegó a iluminar el mundo entero.

Luego, el buda Shakyamuni reprendió a sus discípulos, que estaban haciendo todo lo que podían para extinguir la refulgente llama: "¡Deteneos, deteneos! Esa anciana realizó ofrendas a dieciocho millones de budas en sus existencias anteriores y en la anterior a esta, recibió de un buda la profecía de que lograría la Budeidad". Luego, el buda Shakyamuni proclamó que, en el futuro, la anciana llegaría a ser sin falta un buda llamado "Lámpara de Sumeru".

Desde luego, al oír eso, la mujer se sintió inundada de dicha. Contrariamente, pese a haber ofrecido miles y miles de veces más aceite que la anciana, Ajatashatru no recibió ninguna profecía de iluminación, porque escondía un sentimiento de inmensa arrogancia en su interior.

Se trata de una parábola, por supuesto, pero considero que contiene un aspecto filosófico, dado su profundo significado. Lo que nos enseña "La lámpara de la mujer pobre", más que cualquier otra cosa, es el valor de la sinceridad. Es muy posible que la gente, ocupada en sus asuntos mundanos, no se enterara en absoluto de la devoción con que la señora había ofrecido esa pequeña cantidad de aceite.

Pero Shakyamuni era en verdad un hombre de aguda perspicacia. Es tan imposible cortar los lazos de sinceridad que unen entre sí a los seres humanos en la profundidad de su vida, como lo es cortar el agua o el aire. Aun cuando todo lo demás decae y colapsa en el torbellino de las incesantes dificultades de la vida, esa clase de sinceridad solo brilla cada vez más. No puedo evitar sentir que, en el fulgor de la lámpara que la mujer ofreció, Shakyamuni vio la luz de la vida que jamás se apaga.

No es el valor material de la ofrenda lo que importa, sino el espíritu que la anima. Esa sola lámpara de la mujer pobre significó muchísimo más que los cinco mil barriles de aceite de lino que Ajatashatru, soberano del país, había donado al Buda. La pequeña lámpara contenía la sinceridad que esa anciana anónima había sentido con todo su ser. Alguien que les otorga importancia aun a las cuestiones más insignificantes, y las aprecia y valora, puede conmover en gran medida a los demás a través de una pequeña y sencilla acción.

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