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Los dos haces de juncos

Straw of the rice

Hay un concepto budista llamado "origen dependiente" (en japonés, engi), que significa que todos los fenómenos están relacionados entre sí. Dicho de otra manera, las cosas existen solo en relación con otras cosas. Aunque últimamente, el uso popular [del Japón] entiende el término engi como "presagio" o "suerte", y a menudo lo emplea en un contexto negativo, originalmente, significaba ‘surgir en relación’. Es decir que ningún fenómeno, se trate de seres sensibles o insensibles, existe de manera aislada, independiente de otros fenómenos. Todo en este mundo adquiere existencia en respuesta a causas y condiciones. Lo vemos en la naturaleza; en la relación entre el hombre y la mujer, y su entorno; entre el individuo y la sociedad; entre padres e hijos; esposo y esposa, y así, sucesivamente.

Este concepto es extremadamente sofisticado, y es posible que la gente de la India antigua lo haya encontrado difícil de entender. Shariputra, discípulo de Shakyamuni, conocido como el "primero en sabiduría", lo explicó por medio de la siguiente analogía:

Suponed que hay dos atados de juncos. Pueden permanecer de pie siempre y cuando se apoyen el uno sobre el otro. De la misma manera, porque esto existe, aquello existe, y porque aquello existe, esto existe. Si se quitara alguno de los dos atados, el otro caería. Igualmente, sin esta existencia, aquello no puede existir, y sin aquella existencia, esto no puede existir.

Es una metáfora muy acertada, que incluso describe apropiadamente los trastornos ambientales por los que tanto los seres humanos como la naturaleza caen juntos. Además, creo que la metáfora tiene algo que enseñarnos en cuanto a nuestras relaciones humanas.

Las relaciones humanas no son fáciles de manejar. La falta de entendimiento entre marido y mujer, los conflictos entre las parejas y sus respectivos parientes políticos, etcétera, son tan antiguos como la historia misma, pero siguen siendo temas difíciles de resolver. No obstante, si tan solo un individuo adoptara la perspectiva de que "porque eso existe, esto existe" o, en otras palabras, "gracias a esa persona puedo desarrollarme", nunca tendría que experimentar inútiles conflictos en sus relaciones humanas.

Los aspectos buenos o malos de la otra persona no determinan nuestra felicidad o infelicidad… Quien es capaz de comprenderlo puede transformar cualquier cosa, positiva o negativa, en un ímpetu para el propio desarrollo.

Por supuesto, soy consciente de que es más fácil decirlo que hacerlo. Pienso entonces, que es realmente vital que forjemos un sentido de comunidad y de coexistencia basado en el reconocimiento de que todos estamos interconectados.

Todos somos seres humanos que, mediante un vínculo místico, hemos nacido para compartir un mismo tiempo sobre este planeta, que no es sino un pequeño oasis verde dentro del vasto universo. ¿Cómo podemos entonces pelear entre nosotros o victimizarnos mutuamente? Creo firmemente que el amor compasivo recíproco es lo que convertirá la discordia en armonía.

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