Televisión Nacional de Bulgaria

Entrevista al presidente de la SGI, Daisaku Ikeda

Interviews (Bulgaria) Daisaku Ikeda es entrevistado para la Televisión
Nacional de Bulgaria, en Nagano, Japón (agosto de 2000)

A continuación, se transcribe el extracto de una entrevista realizada en agosto de 2000 para la Televisión Nacional de Bulgaria (transmitida el 11 de noviembre de 2000). 

Pregunta: Para comenzar, ¿podría usted dedicarle unas palabras a la gente de Bulgaria ante la publicación en noviembre de su diálogo con la doctora Axinia D. Djourova, The Beauty of a Lion's Heart [La belleza del corazón del león], en idioma búlgaro?

Ikeda: He compartido ideas con muchos importantes pensadores, formadores de opinión y figuras de la cultura de todo el mundo, y he tenido la oportunidad de publicar docenas de nuestros diálogos. Hemos intercambiado puntos de vista sobre una enorme variedad de temas: cultura, educación y, en ocasiones, incluso historia universal y la naturaleza de la humanidad. He acometido esa empresa porque considero el diálogo la ruta más significativa, el vector y el medio indispensable para la paz. […] Estoy impresionado por el importante papel que ha jugado Bulgaria en la historia; ese es un hecho indiscutible. Me resulta fascinante comprobar cómo el pueblo búlgaro ha logrado desarrollar una civilización sobresaliente, como extremo occidental de la Ruta de la Seda, incluso cuando luchaba contra el Imperio Otomano. La doctora Djourova es una académica de talento extraordinario y una persona de gran dignidad. En cuanto la conocí, me di cuenta de que ansiaba mantener un diálogo con ella. Sus aptitudes son una representación de Bulgaria, y ella sabe todo acerca de la cultura de su país […]

Pregunta: A lo largo de los años, usted ha promovido sin descanso el intercambio cultural, no solo con Bulgaria sino con muchas otras naciones. ¿Se debe eso a que usted considera que los intercambios entre las filas del pueblo son en definitiva más beneficiosos que los que se manejan en los niveles político y económico? 

Ikeda: El siglo XX ha sido una centuria de guerra. […] La guerra es una horrenda carnicería. Implica destrucción sin sentido, miseria y sufrimiento infernales. Y aunque la guerra sea la más brutal de todas las acciones humanas, ese fue el siglo en que nos tocó vivir. Ahora, hemos dado un paso adelante, hacia una era de competencia económica. La guerra es un acto de fuerza física, pero la economía se mueve según los parámetros de ganancia y pérdida. De modo que la pobreza va a cundir de manera mucho más desenfrenada […] Desde luego, esa clase de competencia desencadenará enormes divisiones que socavarán la igualdad y la libertad humanas; pero, por supuesto, el deseo de progresar es un impulso vital y propio de nuestro estilo de vida. La gente es lo más importante. El punto de partida y la razón de ser de la política y de la economía es procurar la felicidad de los seres humanos. ¿Cómo pueden ellos disfrutar de paz, felicidad y realización durante su existencia? Esa es una pregunta que toda escuela o pensamiento filosófico, cada acto político o decisión económica deben plantearse. Se ha intentado originalmente encontrar una respuesta a dicha cuestión, pero lo cierto es que hemos perdido completamente el rumbo.

En tal sentido, creo que debemos, una vez más, dirigir nuestra mira hacia el ser humano, reorientar nuestro enfoque y replantear nuestra postura. Si no emprendemos esa búsqueda, vamos a repetir los errores del pasado […]

¿Por qué existen los seres humanos? ¿Cómo deberían vivir? ¿Cómo pueden alcanzar la felicidad? ¿De qué manera pueden existir en paz? Toda disciplina académica, todo educador o líder de cualquier área de la actividad humana deben prestar la más cuidadosa atención y poner el mayor énfasis en otorgar prioridad a las personas, un principio que yo denomino “humanismo”.

Los siguientes son los requerimientos más apremiantes que hay que atender en el siglo XXI: restaurar un sentido de humanidad, por el bien todos los individuos; asociar los derechos humanos al derecho a la felicidad; propiciar que todos disfruten igualmente del derecho a vivir en paz, con dicha y plenitud; construir una auténtica nueva centuria. Es por ello que propugno una filosofía que priorice al ser humano, para reconquistar nuestra propia humanidad y restituirles a las personas su lugar legítimo. 

Pregunta: Numerosos académicos y comentaristas consideran la Soka Gakkai un movimiento de base ciudadana. Se asombran ante la preocupación demostrada por los tres primeros presidentes hacia las personas comunes y por el rotundo y constante énfasis que otorgan al empoderamiento del individuo. ¿Cuál es su opinión al respecto?

Ikeda: Es una pregunta muy importante, ya que involucra el mismísimo concepto de “gente” y al propio ser humano. La verdad es que incluso un dictador empieza como un individuo común y corriente; sin embargo, una vez que hace acopio de poder y comienza a manejarlo, cambia completamente. Y esa transformación es algo temible. Del mismo modo, quienes reúnen enormes bienes materiales se vuelven altaneros, comienzan a desdeñar a las personas que los ayudaron a lograr su fortuna y a despreciar a los pobres y necesitados. Eso es igualmente trágico. De modo que, si realmente vamos a construir un nuevo siglo, debemos asegurar que todas las personas puedan disfrutar de dicha y libertad. Un siglo así, una época y sociedad ejemplares han sido siempre la máxima aspiración de cada gran individuo, de cada filósofo. La verdadera soberanía debe estar en manos del pueblo. Cuando le preguntaron a un renombrado poeta búlgaro qué era lo que su nación necesitaba más que nada, este respondió que no precisaba un emperador; solamente, que sus ciudadanos, sin la menor excepción, llegaran a ser felices y a sentirse realmente satisfechos. La humanidad debe otorgarles a las necesidades del pueblo la prioridad más absoluta, debe hacer de ello el objeto de todos sus esfuerzos. El bienestar de los ciudadanos comunes debe ser siempre el fin, no simplemente un medio. […]

Es necesario que en el siglo XXI, la humanidad desplace su énfasis hacia las personas, para garantizar que cada emprendimiento esté orientado hacia el beneficio de la gente común. Estoy convencido de que el género humano siempre ha buscado concretar esa aspiración a lo largo de todas las épocas. Entonces, ¿qué es lo que se debe hacer? La clave se halla en la educación. Como primera medida, la educación, en sí misma, debe mejorar, para nutrir nuestra capacidad de actuar con sabiduría. Si los individuos sabios y prudentes van aumentando en número, estos no se doblegarán ante los poderosos ni tolerarán los abusos de poder. De modo que todo se reduce a mejorar la educación, por el bien de las personas.

Tenemos el deber de adquirir sabiduría, para elegir a quienes mejor representen el interés público en sus funciones y para mantener una mirada vigilante sobre los que ocupan puestos de poder. El pueblo posee la soberanía absoluta, y nunca debemos olvidar que nadie más ejerce esa prerrogativa.Si esta es en verdad una era de democracia, es el pueblo el que debe ocupar el centro de la escena. El pueblo es soberano. Y todos los que ocupan lugares de poder –gobiernos y líderes– existen para ponerse al servicio del bien público. A menos que podamos recorrer ese camino, la humanidad jamás logrará hacer realidad el ideal de felicidad, paz y libertad en el futuro.

Pregunta: Usted afirma que la educación es vital. Y sostiene que la educación Soka (creación de valor) es “humanística”, es decir, no una que abruma a los estudiantes solo con hechos, sino una que constituye un sistema educativo que realmente se centra en las personas. 

Ikeda: Desde tiempos remotos, la educación se ha considerado por lo general un medio para forjar el intelecto y la capacidad de comprensión de la gente, una búsqueda de disciplina académica. Todos esos elementos conformaban el ideal educativo. Y el objetivo era agudizar la mente y profundizar el conocimiento para beneficiar a la sociedad. Todo ello tenía sus aspectos positivos, que servían para darle aplicación práctica al conocimiento sobre máquinas, arquitectura y muchos otros elementos dentro del comercio, la política y otros campos el quehacer humano. 

Sin embargo, esa clase de educación ha fracasado puesto que han estallado grandes guerras en numerosas oportunidades. El siglo XX fue una época de guerra. Por lo tanto, el sistema educativo tenía graves defectos. La gente creía que la educación, por sí misma, lograría agudizar el entendimiento, hacer florecer las culturas y construir tierras de paz. Esa visión, empero, adolecía de una profunda falla para la civilización moderna, una que nadie pudo reconocer. Si las personas comunes hubiesen podido mejorar su propia educación y unirse en masa a las filas de las “clases educadas”, el resultado habría sido diferente. Lo que sucedió, sin embargo, fue que solo una cierta clase de gente, la intelectual o la de aquellos que impartían educación asumieron posiciones de autoridad. Se abrió entonces una enorme grieta, que ahora nos toca a nosotros corregir.

Para subsanarla, todas las personas deben tener acceso a una buena educación, pues esa es la fuente más importante de fortaleza y la energía impulsora fundamental para lograr paz y libertad. Es necesario proporcionar educación a todos los individuos, de manera meticulosa y completa.

Será un proceso arduo y sin tregua, que se completará mediante la interacción de todos y de cada uno de los individuos. Y, si bien eso puede parecer un camino largo y trabajoso, los funcionarios gubernamentales, los educadores y la gente joven nunca deben olvidar que dicho proceso es la manera más certera de construir los cimientos para la paz y la felicidad de todas las personas. La educación puede influir en la gente, de manera tanto positiva como negativa. Puesto que todos tienen la capacidad de hacer el bien o el mal, la educación puede contribuir a que cualquiera de estos se manifieste. Cuando hace surgir lo peor de las personas, el resultado es una sucesión de guerras y de violencia. Una educación humanística, por el contrario, tiene como objetivo primordial a las personas, para lograr la felicidad, la libertad y la paz de todo el género humano.

Se ha programado la inauguración de la Universidad Soka de los Estados Unidos (SUA, por su acrónimo en inglés) para el año próximo. Me complace sobremanera que la SUA haya atraído una considerable atención entre los educadores. Asimismo, me invade un enorme sentido de responsabilidad. Estoy decidido a crear una nueva senda para la educación a través de la SUA. Espero que la institución provea las bases para una educación modelo, lo que implica un intrépido experimento que deberá llevarse a cabo con la estrecha colaboración de muchos miembros de la comunidad educativa. 

¿Por qué se eligió crear la universidad en los Estados Unidos? Yo fundé una en Japón, pero los Estados Unidos son la tierra de la libertad. Ese país desempeña un papel fundamental en el mundo y se sitúa a la vanguardia de la libertad. La libertad es un requisito previo para la educación. Sin aquella, es imposible llevar a cabo una verdadera tarea pedagógica. Un país privado de libertad instruye a sus alumnos según su propio dogma nacionalista. Eso fue lo que sucedió en Japón, por ejemplo. Un sistema educativo defectuoso precipitó a los japoneses a la guerra, luego a la derrota, y sumió a la nación en un sufrimiento trágico. Jamás debemos caer en la misma trampa. Aquello fue una tragedia causada por un sistema educativo cegado por el nacionalismo.

La Alemania de los tiempos de guerra fue más o menos lo mismo. Su sistema educativo estaba totalmente consagrado al nacionalismo, al nazismo, a Hitler; carecía por completo de una perspectiva global. Tampoco valoró conceptos elevados como el de libertad; se trataba de un sistema cerrado y exclusivista, diseñado para producir sumisos servidores del estado. De modo que podemos comprobar cuán enorme es la influencia que la educación ejerce sobre los seres humanos. La educación es una fuerza impetuosa que genera una compleja cadena de efectos, razón por la cual es tan profunda y vital. […] 

Pregunta: ¿Qué le diría usted a la gente joven en relación con los desafíos que deberá enfrentar la humanidad en el siglo XXI?

Ikeda: Soy solamente una persona común, de modo que mis palabras no pueden compararse con las de grandes personalidades de talla mundial. Pero puedo decir que mi preocupación por los jóvenes y mi compromiso con ellos no tiene parangón. Ellos son los que deben abrir las puertas de una nueva era, de un nuevo futuro. Solo ellos poseen el brioso impulso, la energía y la inspiración creativa para construir algo nuevo, para concebir y crear un mejor porvenir en su propio beneficio, algo que los jefes de estado y los gobiernos, los políticos e industriales, pese a toda su experiencia y éxitos del pasado, jamás podrán igualar.

Atesorar, capacitar y educar a los jóvenes para que lleguen a ser individuos sobresalientes es la venerable tarea que se les cabe a los educadores y políticos, el deber y la responsabilidad de todos los adultos.

Tengo fe en la gente joven. Ellos tiene el poder de crear un porvenir más venturoso para la humanidad; de construir un mundo de paz y de alegría, cálido, sereno y jovial. No podemos abrigar las mismas expectativas sobre la gente mayor o sobre los que ocupan lugares de poder. Se debe valorar a los jóvenes como el tesoro más grande de la humanidad. Esa es mi conclusión.

Pregunta: Usted ha destacado siempre la importancia de la relación entre el maestro y el discípulo, como una manera de transmitir y hacer realidad grandes ideales. ¿Ha contribuido esa convicción a sustentar su labor?

Ikeda: Es una pregunta difícil. La respuesta depende del individuo, el movimiento o el país que consideren esa cuestión. Sin embargo, puedo decir que, si bien los animales comparten lazos de padres e hijos, no pueden compartir los de mentor y discípulo. Solo los seres humanos pueden establecer esa clase de relación, que implica el lazo más noble y valioso. Es un vínculo que inspira a las personas un sentido de justicia, pasión y energía, para erigir naciones y sociedades, para crear una nueva era. Solo los seres humanos son capaces de hacerlo.

Un maestro es alguien que comparte con los discípulos las causas y los ideales que él ha aspirado lograr; una persona que enseña a los demás el valor y la justicia de esas aspiraciones. ¿Por qué razón? Porque el tiempo de vida de cada uno es limitado, y la antorcha debe ser entregada, debe pasar de una mano a otra, y luego a otra. Muchos se niegan a hacerlo, sean políticos, educadores, empresarios o celebridades; intentan conservar su sitial hasta el fin. Eso pervierte todo el proceso, y, como resultado, dichas personas se vuelven arrogantes y corruptas.

Comienzan a despreciar a sus pares más jóvenes, lo que es una vía segura para desencadenar la ruina mutua. Por el contrario, un mentor, siempre humilde con los jóvenes, confía plenamente en su capacidad como discípulos de hacer realidad aun las empresas más grandiosas; tiene la seguridad de que ellos poseen todo lo necesario para lograr sus objetivos y de que tienen la misión de mantenerlos. Tal es la dinámica del maestro, su propósito. El progreso de la humanidad depende de que ese proceso se repita incasablemente, para conducir a todos hacia un mundo mejor. Cualquier país, movimiento o persona que pierdan de vista dicho punto están destinados finalmente a estancarse. El lazo entre el maestro y el discípulo es por lo tanto una asociación inapreciable, que solo los seres humanos pueden valorar. Tenemos que otorgar un nuevo sentido a esa relación, restituirle su lugar correcto y ponerla en práctica. Y lo afirmo de esa manera, porque el colapso de la relación entre el mentor y el discípulo solo conduce a un círculo vicioso. […]

Una vida que llega a su fin sin el beneficio de esa relación es como una obra dramática insignificante y de corto aliento. Es un mero acto de autocomplacencia. Pero una existencia basada en los lazos compartidos de maestro y discípulo, por el contrario, es serena y eterna, majestuosa como un río caudaloso, que une a toda la humanidad. Es una carrera espiritual de relevos, en que la transmisión de uno a otro jamás termina. Esa es la relación de mentor y discípulo puesta en práctica.

Es un error considerar que solo el mentor es digno de respeto. El budismo sostiene que ambos son uno e inseparables. Los dos atraviesan el camino de la justicia, cada uno dedicado a la causa de un mundo de paz y de felicidad, cada uno sucediendo al otro.

El maestro y el discípulo son como los corredores de postas, que avanzan a toda velocidad. El mentor es simplemente el corredor que va adelante; es así como lo veo. A menos que alguien corra adelante, el bastón no puede ser pasado a otros corredores.

El señor [Josei] Toda, mi mentor en la vida, decía a menudo que los discípulos debían lograr cosas aun más grandiosas que las alcanzadas por quienes habían sido sus maestros. El mentor autoritario, que impone órdenes a sus discípulos todo el tiempo es un ser mezquino e indigno. Un mentor realmente grandioso, por el contrario, confía en sus discípulos y cuenta con ellos para lograr lo que él no pudo concretar. Del mismo modo, quien hereda el espíritu y la visión del mentor, y supera las expectativas de este, es en verdad un gran discípulo.

Pregunta: Ya en los umbrales del siglo XXI, se les está prestando cada vez más atención al budismo y a sus principios. Como creyente budista, ¿de qué manera considera usted que esta filosofía puede contribuir a hacer del nuevo siglo una era de paz?

Ikeda: Esa pregunta es de crucial importancia. Una persona de fe o de convicciones debería sentir la necesidad de convertir sus creencias en una acción certera en bien del futuro; cualquier actitud menos resuelta que esa es mera irresponsabilidad. Un magnate de los negocios opera a partir de un conjunto de principios, tal vez, para asegurar el bienestar de una gran cantidad de personas. Otro tanto hacen los políticos, dentro de la función pública. Los budistas también tienen una misión, que naturalmente implica una responsabilidad. Como afirma usted, hay en el mundo gente de todas las profesiones y condiciones sociales, incontables organizaciones e infinidad de estilos de vida y modos de pensamiento.

Ante tanta diversidad, ¿de qué manera se puede responder a los intereses de las mayorías? Ese es el cometido original de todos los emprendimientos humanos, desde la política y la filosofía hasta las diversas escuelas de pensamiento y de administración política.

El área en que el budismo se destaca por sobre todo lo demás es la que se basa en la razón, en la ética. El budismo no es en absoluto dogmático y abraza la vida en su totalidad. Expone que la vida posee de manera inherente diez estados diversos, con tres mil permutaciones posibles en cualquier momento. Ese principio sirve a su vez para explicar la relación de la vida con el universo. El budismo sostiene que el “beneficio” es una fuerza inherente a la vida, que se manifiesta en las personas como felicidad y plenitud. Esa manifestación es prueba real de dicha fuerza puesta en acción. El budismo no es mera teoría. Todo funciona de acuerdo con la razón, y esa razón puede ser comprendida universalmente. He ahí otro aspecto esencial de esta filosofía.

Gran parte de la religión es teoría. Muchas escuelas religiosas se han tornado autoritarias, y las personas han caído bajo el influjo de esa autoridad. El budismo tiene un enfoque diferente. Es una ley basada en la razón, cuya lógica es comprensible y convincente para toda persona. Es una enseñanza que revela el majestuoso ritmo que entreteje la vida, la sociedad y el cosmos.

En segundo lugar, el budismo está absolutamente comprometido con la dignidad suprema de la vida. Prohíbe la guerra y el asesinato. Es imparcial, ya que, más allá de la posición social que ocupen, todas las personas son iguales desde el punto de vista de la vida. Cosas como el estatus y las clases sociales son espejismos, pues somos iguales en términos de la vida. Por ende, el budismo no permite la discriminación o las distinciones. Tal vez parezca una empresa simple lograr la igualdad. Sin embargo, la historia humana se ha construido sobre las diferencias y las divisiones. El budismo es extraordinario, pues brinda un avance y reestructuración fundamentales al curso de la historia.

Además, es humanístico. Muchas personas asocian la religión con iglesias, templos y sacerdotes. Shakyamuni, fundador del budismo, estableció claramente que él mismo era un mortal común y receló del autoritarismo y la formalidad religiosos. Nichiren [pensador budista cuyas enseñanzas son la base de las actividades de la SGI] era del mismo pensamiento. El establecimiento del clero fue algo que se produjo solo posteriormente. Nichiren no hacía distinciones con nadie, fuesen hombres o mujeres. La igualdad es el origen del budismo. Por esa razón es tan efectivo, convincente y fácil de aceptar. En ese sentido, trasciende el marco de las religiones convencionales.La SGI ya no posee templos. Estos no existían en tiempos de Shakyamuni, tampoco. Lo que importa es nuestro comportamiento como seres humanos. Mientras Nichiren vivió, su escuela de budismo no poseyó templos. Ese es el verdadero significado de dar, antes que nada, prioridad a las personas.

El budismo es humanismo. Todo comienza y termina con el ser humano. El budismo existe únicamente por el bien de la humanidad. Enseña a las personas a vivir en armonía con el universo y la naturaleza, y a abrazar a todos los seres vivos con amor compasivo. 

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