Paz y desarme 2007

Mensaje de Daisaku Ikeda para foro en Cooper Union, Nueva York


Mensaje del presidente de la SGI, Daisaku Ikeda, al Foro de la Sociedad Civil por la Paz, realizado en el centro educativo Cooper Union de la ciudad de Nueva York


8 de septiembre de 2007


El 8 de septiembre de 1957, el segundo presidente de la Soka Gakkai, Josei Toda, a quien considero mi mentor en la vida, realizó un llamado por la total abolición de las armas nucleares. En esa declaración, que proclamó pocos meses antes de su muerte, mi maestro volcó la totalidad de su ser.

La Guerra Fría había alcanzado su apogeo, y la competencia por crear armas nucleares y hacer despliegue de su potencial iba en aumento. Sin embargo, lo que el señor Toda condenó –mediante un lenguaje contundente, incluso estentóreo– fueron los impulsos humanos destructivos que subyacen tras esas armas. Basándose en la visión del budismo, que busca esclarecer las funciones internas de la vida, Toda denunció que todo aquel que las utilizara para poner en riesgo el derecho fundamental de las personas a la vida, era "un diablo encarnado, un demonio, un monstruo". Josei Toda poseía la sabiduría para comprender que la lógica que justificaba la posesión de armas nucleares surgía de una de las expresiones más extremas del deseo humano: el de dominar a los demás y de someterlos a la propia voluntad; el afán de aniquilarlos y de destruir su vida y sus medios de subsistencia, si se resistieran. Toda encomendó solemnemente la misión de lograr la abolición de las armas nucleares a los cincuenta mil jóvenes que se habían reunido ese día en Yokohama para escucharlo.

Han pasado cincuenta años desde que el señor Toda realizó su declaración. Si bien se logró evitar el peligro inmediato de un cataclismo global, que fue una amenaza constante para la humanidad durante toda la Guerra Fría, los esfuerzos en pos del desarme nuclear se encuentran ahora estancados, y la amenaza que representa la continua expansión de las armas nucleares ha llegado a un punto crítico. Ahora es el momento, ante una crisis que se agrava día a día, de que las personas comunes eleven al unísono sus voces en un llamado por la abolición nuclear. Ha llegado la hora de forjar una nueva cultura de paz que haga resplandecer realmente la dignidad de todo ser humano.

Una de las enseñanzas del budismo sostiene: "La vida, en sí, es el más preciado de todos los tesoros. Ni siquiera todas las riquezas del universo podrían compararse con el valor que posee una sola vida".

De acuerdo con este principio, cada vida individual es un tesoro invalorable colmado de posibilidades infinitas. Nada es más preciado ni posee más valor. Nadie tiene derecho a despojar a los demás del inmenso tesoro que es la vida. El precepto contra el acto de matar está presente en todas las tradiciones espirituales y debe ser el principio rector eterno de la humanidad.

Las armas nucleares pueden aniquilar instantánea y brutalmente a innumerables personas. Quienes sobreviven a su ataque quedan condenados a una vida de sufrimiento, no solo por los efectos posteriores de la radiación, sino porque las secuelas se convierten en una herencia fatídica que reciben las generaciones siguientes. ¿Qué son las armas nucleares, sino un mal atroz y absoluto que niega y pisotea la dignidad de la vida misma?

 Es fundamental que los seres humanos adquiramos la clara conciencia de que las armas nucleares constituyen un mal absoluto, de que no habrá jamás razón o circunstancia alguna que justifiquen su existencia. Debemos erradicar definitivamente la idea de que son un mal necesario que puede servir como elemento disuasorio en casos de conflictos o de guerras. Tenemos que comprender y procurar que se comprenda que es imposible construir la propia felicidad y seguridad a expensas del miedo y del sufrimiento de los demás. Dicha comprensión debe ir de la mano de la misericordia, la empatía y el coraje que nos permita resistir todos los intentos que se hagan para imponer esos procedimientos perversos. Idéntica actitud resulta fundamental a la hora de ponerse en acción para resolver conflictos globales como la pobreza, la degradación ecológica y las graves violaciones a los derechos humanos.

Hoy en día, muchas personas simplemente han dejado de creer que sea posible lograr la abolición nuclear. Pero la paz es siempre una competencia entre la resignación y la esperanza. La indiferencia y la aquiescencia frente al mal deben entenderse como funciones negativas y destructivas de la vida; ceder a dichas tendencias significa, en última instancia, hacer causa común con las fuerzas de la destrucción.

Si fue el hombre quien creó las armas nucleares, no es posible que la destrucción de dichas armas esté fuera del alcance del hombre. El budismo sostiene que la sabiduría y la misericordia que yacen en el interior de la vida humana tienen el gran poder de elevarse por sobre cualquier tentación o amenaza. Estoy convencido de que la supervivencia de la humanidad depende de que nos esforcemos por hacer surgir, en todas las personas, esas cualidades benevolentes y creativas, para, a partir de allí, forjar una nueva clase de solidaridad entre los individuos.

Se trata de un desafío de importancia monumental en la historia de la humanidad. La fuerza más poderosa para lograrlo, a escala global, es el diálogo: el diálogo individual entre personas, y el que se crea a través de lazos de amistad y de intercambio cada vez más amplios entre los pueblos del mundo.

El diálogo comienza con una valiente disposición a conocer a los demás y a darse a conocer. Se trata del esfuerzo concienzudo y persistente por eliminar todos los obstáculos que nos impiden percibir mutuamente nuestra idéntica condición humana. El diálogo genuino es un esfuerzo espiritual incesante y profundo, que busca lograr una transformación fundamental tanto en nosotros mismos como en los demás. El diálogo nos pone ante la tarea de enfrentar y transformar los impulsos destructivos inherentes a la vida. Creo sinceramente que la energía generada a través de ese esfuerzo valeroso puede romper las cadenas de la resignación y de la apatía que envuelven el corazón humano, y hacer que broten una confianza y una visión renovadas respecto del futuro.

Los líderes rebosantes de esperanza, que se encuentran en la primera línea de esta gran lucha, son siempre los jóvenes. "Lo que crea una nueva era es la pasión y la fuerza de la juventud". Esta fue la convicción inquebrantable y eterna de Josei Toda, quien libró una inflexible batalla de resistencia contra el gobierno militar japonés durante la Segunda Guerra Mundial. Completamente consustanciado con la convicción de mi mentor, estoy decidido a dedicar mi vida –junto a los jóvenes del mundo y a los distinguidos amigos reunidos aquí hoy– a la causa de la abolición nuclear y de la coexistencia pacífica de todos los seres humanos.

Mi deseo es que hagamos de hoy, 8 de septiembre, un día para reafirmar el juramento que compartimos, como personas que vivimos en el siglo XXI, de crear una sociedad en que todas las personas puedan gozar plenamente de la dicha de su propia dignidad. 

Para finalizar, como expresión de mis mejores deseos por la buena salud y el bienestar de todos nuestros amigos reunidos hoy aquí, quisiera citar unas palabras que, en 1860, Abraham Lincoln pronunció aquí, en Cooper Union. 

"Tengamos fe en el poder del bien; con esa fe, cumplamos, hasta el fin, con todo aquello que consideramos nuestro deber".


Daisaku Ikeda
Presidente
Soka Gakkai Internacional