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La duración de la vida y el juramento del bodhisattva

La duración de la vida y el juramento del bodhisattva[John Woodcock/Getty Images]

El budismo ofrece tradicionalmente dos amplios modos de comprender la duración de la vida de una persona. Uno de ellos explica que todo lo que comprende nuestra vida, desde el nacimiento hasta la muerte, está determinado por el karma, es decir, por los efectos de causas realizadas en existencias anteriores y en la existencia presente. Una vida virtuosa sería entonces la causa para nacer en circunstancias agradables y disfrutar de una larga vida. Las acciones destructivas o dañinas, por el contrario, disminuyen la propia vitalidad y acortan el tiempo en que uno puede disfrutar de la vida como ser humano.

En muchas tradiciones budistas, dado que el nacimiento en este mundo impuro se considera en sí mismo una forma de sufrimiento, el objetivo es purificar la vida y el karma personales hasta que el individuo trascienda completamente al ciclo del nacimiento y de la muerte.

Desde otra perspectiva, sin embargo, la auténtica felicidad reside no solamente en la capacidad de evitar los pesares de la existencia, sino en la de liberar a los demás del sufrimiento. Dicho de otro modo, el valor más elevado en la vida es el deseo de vivir y de trabajar en beneficio de otros. El budismo denomina ese deseo el "juramento del bodhisattva", y tal motivación es la que determina la naturaleza y el curso de nuestra existencia.

Es posible definir el juramento del bodhisattva como el impulso original de nuestra vida. La práctica budista es un modo de "recordar" ese juramento, de grabarlo aún más profundamente en nuestro corazón.

El capítulo "Duración de la vida" del Sutra del loto, una de cuyas partes recitan diariamente los miembros de la SGI de todo el mundo, esclarece que la naturaleza de Buda –la ley universal o Dharma, a la que el Buda se ha iluminado— es inherente a la vida de todas las personas. Esa naturaleza de Buda es la esencia de la vida, y despertar a ella es despertar al aspecto eterno de nuestra propia vida.

Desde esa perspectiva, nuestra esencia original es pura y libre de toda contaminación; no obstante, elegimos voluntariamente un karma negativo y decidimos nacer en circunstancias difíciles o con diversos inconvenientes físicos o sicológicos, para brindar esperanza a los demás al superar nuestras dificultades. Al mostrar la prueba del poder inherente a nuestra condición humana para vencer el sufrimiento, abrimos un camino para que los demás lo logren a su vez. Del mismo modo, somos capaces de brindar un verdadero apoyo a la gente que sufre dificultades similares. En cada nueva existencia, despertamos nuevamente a nuestro juramento original y enfrentamos con alegría cualquier desafío que se presente ante nosotros.

Ese despertar transforma nuestra experiencia vital y la conduce de un ciclo de sufrimiento a uno determinado por la misión.

De acuerdo con esa perspectiva, incluso un ser humano cuya vida es de corta duración puede crear valor perdurable en la existencia de quienes están relacionados con él. Un niño que muere tempranamente, por ejemplo, puede inspirar a sus padres a reflexionar profundamente sobre la naturaleza de la vida y, de ese modo, a transcurrir una existencia más significativa.

Por lo tanto, no es la duración de la propia existencia lo que determina el valor de la vida de un individuo; es nuestra capacidad de crear valores positivos, de acrecentar nuestra propia felicidad y la de otras personas.

Mucho más que como una simple comprensión o creencia intelectual, el despertar a la eterna naturaleza de nuestra vida se experimenta como un profundo sentimiento de confianza ante los retos constantes e inevitables de la existencia.

Esa conciencia no nos aparta de las difíciles realidades de vivir y de morir, sino que nos permite confrontarlas con renovada valentía y convicción. Como lo afirma Nichiren, somos capaces de repetir el ciclo del nacimiento y de la muerte, seguros sobre la "tierra" de nuestra naturaleza iluminada intrínseca.

La convicción que poseemos sobre la naturaleza eterna de nuestra vida no le quita importancia a nuestra existencia presente, que el budismo considera infinitamente preciosa. La doctrina budista enseña, por el contrario, que debemos luchar para vivir largos años, pues cada día presenta nuevas oportunidades para desarrollar una noble existencia, rica en contribuciones. Es dedicándonos a ese ideal que podemos hacer surgir el brillo de nuestra humanidad, extender la duración de nuestra vida y disfrutar de una existencia realmente plena y significativa.

[Nota: Adaptación de un artículo publicado en la revista SGI Quarterly, octubre 2012.]

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