Construyendo sociedades sostenibles

por Daisaku Ikeda, Presidente de la Soka Gakkai Internacional

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Presidente Daisaku Ikeda

El texto siguiente es un extracto de la Propuesta de paz del presidente de la SGI, Daisaku Ikeda, correspondiente al año 2014. La propuesta completa, así como las propuestas de años anteriores, pueden consultarse en: www.sgi.org/es/presidente-de-la-sgi/propuestas/propuestas/propuesta-de-paz-2014.html

La incidencia cada vez mayor de desastres y de emergencias meteorológicas registrada en los años recientes, sumada al reto de mejorar la respuesta, ha despertado una creciente preocupación por fortalecer la resiliencia de las sociedades humanas; es decir, preparar mejor a las comunidades para sobrellevar amenazas, gestionar crisis y facilitar su recuperación.

La resiliencia, por supuesto, es un término que originalmente deriva de la Física para describir la elasticidad con que un material recupera su forma original tras ser sometido a tensiones externas. Por analogía, el término ha llegado a ser utilizado en diversos ámbitos para expresar la capacidad social de recuperación en escenarios caóticos, como las crisis económicas o los desastres ambientales. En el caso de las calamidades naturales, mejorar la resiliencia significa incrementar el espectro total de capacidades: desde las gestiones para prevenir y mitigar daños, hasta las medidas de asistencia a damnificados y de apoyo a los procesos de recuperación, que en general son largos y laboriosos.

[© Joe Raedle / Getty Images] Un grupo de voluntarios ayuda a limpiar los escombros de una casa destruida por un tornado en Joplin, Missouri, EE.UU, el 27 de mayo de 2011 [© Joe Raedle / Getty Images]

Con este fin, no puede soslayarse la importancia indudable de las políticas y respuestas institucionales, en especial las que se orientan a fortalecer la resistencia sísmica de las estructuras edilicias y a renovar la infraestructura obsoleta. Pero el factor humano es fundamental en la misma medida. En sus viajes a diversas regiones del mundo, los autores norteamericanos Andrew Zolli y Ann Marie Healy han observado que allí donde existía una firme resiliencia social también había comunidades sólidas.

Es necesario reconocer la importancia de fomentar en la acción cotidiana el «capital social» representado por las interconexiones y redes que unen a los residentes de una localidad. Más que en ninguna otra cosa, la clave estriba en la voluntad y en la fuerza vital de las personas que integran una comunidad.

Las posibilidades de la resiliencia

A propósito de esto, la resiliencia es uno de los temas que estoy analizando en mi diálogo actual con el profesor Kevin P. Clements, activista y destacado investigador en Estudios sobre la Paz. Ambos coincidimos en que no basta con responder a los hechos consumados, como cuando ocurren desastres naturales; si hemos de tomar en cuenta la advertencia de las Naciones Unidas, es necesario efectuar cambios en las bases de la sociedad, como abandonar una cultura de guerra en favor de una cultura de paz.

Para usufructuar las inmensas posibilidades que ofrece la resiliencia, primero debemos ampliar y replantearnos nuestra comprensión del concepto; en otras palabras, dejar de ver la resiliencia como una mera capacidad de preparación y de respuesta ante las amenazas. Antes bien, es una facultad orientada al desarrollo de un futuro esperanzador, sustentada en el deseo natural del ser humano de trabajar en colaboración para lograr metas comunes y de medir los avances de manera tangible. Desde este punto de vista, la resiliencia debe interpretarse como un aspecto integral de la creación del futuro, entendido como el proyecto mancomunado que involucra a toda la humanidad y da cabida a todos los individuos, para trazar los sólidos cimientos de una sociedad global sostenible.

En ocasión de la Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Sostenible, celebrada en 2002, insistí en que la clave para asegurar un proceso global efectivo de cambio y de empoderamiento consistía en rescatar y revalorizar el humanismo; es decir, en transformar y activar la capacidad interior del ser humano.

artículo relacionado Una vida de valor ilimitado Una vida de valor ilimitado por  Alicestyne Turley,  Estados Unidos Alicestyne Turley describe su práctica budista como la fuerza motriz que la impulsó a interesarse en la herencia de su familia y comenzar a registrar datos de la red del Ferrocarril Subterráneo en el estado de Kentucky que guiaba a los esclavos fugitivos a la libertad. Ese proceso, que en la SGI se denomina «revolución humana», plantea el empoderamiento como el desarrollo de las infinitas posibilidades de cada individuo. En tal sentido, el significado pleno de la revolución humana no se llega a apreciar totalmente cuando el cambio se limita al mundo interior. Por el contrario, la esperanza y la valentía que surgen de esa transformación íntima deben permitir a las personas afrontar y superar incluso la realidad más adversa; hablamos aquí de un proceso creador de valor que, en última instancia, se traduce en el cambio social. La acumulación sostenida de cambios en el nivel del individuo y en el nivel comunitario despeja el camino para que la humanidad pueda superar los retos globales que la afligen.

Las investigaciones recientes sobre la naturaleza de la resiliencia han puesto de manifiesto diversos factores. Zolli y Healy, por ejemplo, describen así sus hallazgos:

A la hora de enfrentar y resolver escenarios de perturbación, [vimos que] las comunidades resilientes solían recurrir [...] a las redes informales, construidas sobre la base de una profunda confianza. Los esfuerzos destinados a imponer resiliencia desde arriba a menudo fracasan, pero cuando esas iniciativas se sustentan genuinamente en los vínculos que nutren la vida cotidiana de la gente, la resiliencia fluye de manera natural.

Sin embargo, la dificultad está dada por la erosión constante del capital social —es decir, el entramado de lazos e interrelaciones humanas—; justamente ese es el ámbito necesario para crear y expandir redes, sostenidas en la profunda confianza que une a las personas en el contexto de su vida cotidiana. En tal sentido, constituye una barrera de protección crucial, sin la cual los sujetos se exponen directamente a las consecuencias de los desafíos y las amenazas que penden sobre la sociedad en su conjunto. En ausencia de este capital social, cuando las personas se ven obligadas a afrontar tales retos en soledad, suelen responder con aislamiento y desesperanza, o bien con la fría determinación de anteponer su bienestar personal. El filósofo y economista Serge Latouche ha expuesto la necesidad de crear una sociedad más humana (une société décente), que ayude a restablecer la dignidad de los que han quedado atrás en la despiadada competencia económica que mantiene en vilo al mundo. Con este propósito, propugna el valor de una ética de la convivencia: el placer primordial que brinda la compañía de los otros.

Ondas de impacto positivo

En las enseñanzas budistas se encuentra una frase que tiene mucho en común con este concepto: «“Alegría” denota el júbilo que uno comparte con los demás». La visión que debemos situar en el centro de la sociedad contemporánea es la de una pluralidad humana donde la dicha sea compartida por todos, donde el mundo construido se distinga no tanto por el frío brillo de la riqueza, sino por la cálida luz de la dignidad; un mundo de empatía que rehúse absolutamente abandonar a las personas que más sufren.

[ Antonio Bolfo / Getty Images] Un voluntario colabora en la reconstrucción de refugios para la población tras el terremoto de enero de 2010 en Port-au-Prince, Haití [© Antonio Bolfo / Getty Images]

Imprimir tales cambios a la sociedad será difícil en cualquier circunstancia y quizá hasta parezca imposible, en vista del debilitamiento que experimentan los lazos entre las personas en todos los niveles. En mi opinión, para superarlo debemos reafirmar nuestra confianza en la naturaleza esencial de la sociedad humana. Tal vez nadie lo haya expresado mejor que el doctor Martin Luther King (h) (1929-1968) en el contexto de su lucha por la causa de la dignidad humana:

Estamos todos atrapados en una red inevitable de mutualidad, sujetos a un único destino. [...] Hemos sido creados para vivir juntos.

El concepto budista del «origen dependiente» ofrece interesantes paralelismos con este alegato del doctor King. Por débiles que puedan parecer nuestros lazos en la superficie, lo cierto es que el mundo está sostenido por una profunda trama de vínculos que ligan cada vida con todas las demás. Y en virtud de esta red de conexiones, en cualquier momento tenemos la posibilidad de iniciar, con nuestros actos individuales, una onda expansiva de efectos positivos que se extiendan a todo el espectro de nuestras interrelaciones.

La escritora Rebecca Solnit, quien ha viajado a sitios afectados por desastres en todo el mundo, citó las siguientes condiciones que, ante situaciones de calamidad, fomentan la intervención de la gente en actividades de apoyo mutuo: «Los individuos deben sentirse parte de una comunidad; deben sentir que tienen voz, que pueden ser agentes y que disponen de un espacio de participación».

artículo relacionado La educación: un potencial transformador La educación: un potencial transformador por  María Guajardo,  Japón (Estados Unidos) María Guajardo, de la Universidad Soka, considera la conexión entre la educación y el empoderamiento. Estas condiciones, a su vez, son fundamentales para hacer surgir —tanto en épocas de crisis como en su ausencia— esa faceta de la humanidad que mencionó el doctor King cuando dijo que estábamos hechos para vivir juntos. En efecto, todas ellas permiten crear y expandir espacios solidarios de acción orientados a la resolución de problemas.

La dignidad humana no brilla en forma aislada; resplandece más y mejor en el esfuerzo por tender puentes que conecten las orillas opuestas del yo y del otro. En las enseñanzas budistas hallamos estas palabras: «Si uno enciende un farol para dar luz a otra persona, también ilumina su propio camino». Las acciones que tienen por fin iluminar la dignidad de los demás invariablemente generan una luz que revela nuestros propios aspectos más sublimes. Por difícil que sea la situación o por extrema que sea nuestra angustia, nunca perdemos la capacidad de encender la antorcha del aliento.

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